miércoles, 30 de diciembre de 2015

Un postre de Año Nuevo


Mi abuela no sabía cocinar; los ingredientes que más conocía eran el rimmel, la sombra  compacta, la base y el delineador líquido para ojos. De todos modos, cuando llegaban las fiestas de fin de año ponía empeño y preparaba un postre. Era una de las cuatro recetas que sabía,  y la verdad es que le salía muy bien.

Antes de que se conociera el tiramisú en nuestro país, en las casas de inmigrantes italianos se preparaba el “postre de vainillas”. Es bastante parecido, aunque en lugar de mascarpone lleva bastante manteca y la cubierta llena de nueces picadas.

Antes de empezar con el ritual de cocina, mi abuela ponía un mantel blanco en la mesa del comedor, y disponía todos los utensilios de cocina como seguramente hacía cuando estaba en el quirófano: dos espátulas, una cuchara de madera, una cuchara de té y otra de sopa, un cuchillo, un gran batidor de alambre y otro pequeño. Todo perfectamente ordenado de menor a mayor.

Cuando había puesto el último cubierto alineaba los ingredientes. Y recién ahí echaba una taza de azúcar en un bowl de vidrio;  tomaba un huevo, lo golpeaba ligeramente contra el borde del bowl y hundía los dedos en la frágil cáscara blanca hasta abrirla en dos. Con movimientos rápidos pasaba de una mitad a otra el contenido del huevo, hasta que la clara gelatinosa se deslizaba mágicamente dentro de un recipiente de acero que la esperaba debajo. Repetía este procedimiento hasta vaciar la pequeña caja de cartón lila de 6 huevos, mientras juntaba por otro lado las yemas con el azúcar.

Luego tomaba el pequeño batidor de alambre y revolvía hasta formar una mezcla espesa color amarillo pálido; le agregaba una torre de cuadraditos de manteca, oporto, esencia de vainilla y café. Dejaba esta preparación a un costado, y con el gran batidor de alambre revolvía enérgicamente las claras gelatinosas. Recuerdo cómo me gustaba  escuchar el sonido rítmico de los alambres cuando golpeteaban contra el metal del recipiente. Enseguida se empezaba a formar una espuma que se hacía cada vez más alta, más blanca y más espesa El punto   “nieve” estaba listo cuando ella invertía el molde y las claras no se caían, sino que se quedaban aferradas como si estuvieran pegadas.

Un día se apresuró y equivocó con el punto de batido, y la espuma se volcó íntegra sobre la mesa. Juntó todo entre suspiros, lo tiró a la basura… y comenzó de nuevo con su ritual de abrir otra media docena de huevos. Yo la miraba asustada, y también un poco tentada, pero sabía que estaba prohibido reírse en ese momento tan trágico.

Las veces que todo salía bien y la espuma no aterrizaba en medio del mantel, la unía con la crema amarilla ayudándose con una espátula.  Luego preparaba dos fuentes de vidrio: una grande, rectangular para ella, y otra cuadrada, chiquita,  para mí. En esta yo preparaba mi pequeño postre, en el que cabían exactamente cuatro vainillas alineadas. Entonces cada una comenzaba con el armado: una capa de vainillas mojadas en café, una capa de crema de manteca. Una segunda capa de vainillas, otra capa de crema, hasta completar todo el molde.


La última capa era siempre de crema de manteca, que espolvoreábamos con una lluvia de nueces picadas y ralladura de chocolate. Después guardábamos nuestros postres en la heladera con gran cuidado, y juntábamos las herramientas de trabajo, y con una expresión satisfecha, lavábamos todo en la cocina, orgullosas de nuestras dotes de cocinera y cocinerita. 



Receta (parecida) al postre de vainillas y café de mi abuela Angélica
Ingredientes
1.   300 gramos de manteca
2.    250 gramos de azúcar
3.    2 yemas y 2 claras a nieve
4.    2 tazas de café bien cargado
5.    1 cucharadita de esencia de vainilla
6.    2 paquetes de vainillas
7.    ½  pocillo de oporto
8.    1 pocillo de licor de café (Tía María)
9.    Nueces picadas y chocolate rallado para decorar

+* Batir la manteca con el azúcar hasta que esté bien cremosa. Incorporar las  2 yemas y batir bien. Perfumar con la esencia de vainilla y el oporto y agregar las claras batidas a nieve con una pizca de sal.

* Mojar las vainillas en el café frío mezclado con licor de café y disponer en una fuente rectangular. Cubrir con una capa de la crema de café, luego con otra de vainillas y así hasta terminar con una capa de crema. Decorar con las nueces y el chocolate y dejar al frío al menos por 6 horas.

* Si lo querés hacer más liviano, reemplazá la manteca por Casancrem azul,  o cualquier queso crema que no sea muy ácido. Y si lo querés más consistente, le podés agregar a la crema de café un sobrecito de gelatina sin sabor bien disuelto en medio pocillo de agua caliente.







jueves, 3 de diciembre de 2015

Hombres desnudos en mi casa


Un día tomaron la costumbre de dormir desnudos, y cuando yo tenía que entrar a sus cuartos a buscar o hacer algo, hacía un esfuerzo para desviar la vista. Con suerte, estaban durmiendo tapados con la sábana…


Un estudio del Instituto del Sueño de EE.UU. enumeró las bondades de dormir desnudo. Por ejemplo, que se aprovecha el termostato natural del organismo que ayuda a regular la  temperatura corporal y evita despertarse sudoroso a la mitad de la noche. Al dormir bien mejora el carácter, se tiene menos hambre y mayor rendimiento, se beneficia la salud genital y propicia el encuentro sexual.

Dudo mucho de que mis hijos hayan leído la investigación; sin embargo decidieron empezar a dormir en traje de Adán… pero sin la hoja. Esta costumbre se les despertó a ambos cuando empezó el verano, y debe ser alguna especie de pulsión ya que ni siquiera comparten el cuarto.
Desde adolescentes empezaron a dormir con la puerta cerrada, sobre todo para tener oscuridad y silencio tras volver de bailar de día.

Este nuevo hábito de la desnudez me empezó a provocar una mezcla de miedo y pudor cada vez que  tengo que entrar en sus cuartos mientras duermen.  ¿Para qué tengo que entrar en sus cuartos cuando están durmiendo? La verdad es que el vestidor de mi hijo mayor tenía unos estantes extra en la parte superior… y se lo usurpé  para guardar las toallas. Antes, si necesitaba sacar alguna toalla abría la puerta y entraba sin hacer ruido para no despertarlo. Pero todo eso era antes.

Mi hijo menor no tiene estantes usurpables. Pero parece ignorar la función “sleep” del televisor, y muchas veces a las 3 o 4 de la mañana me despierto escuchando un grito de gol, la música de una publicidad o un diálogo. Veo que por enésima vez se quedó dormido con el televisor prendido y me levanto para entrar y apagarlo. O me levantaba… antes.

Desde que a estos grandotes peludos duermen desnudos acecha un dragón detrás de sus puertas. Con suerte, puedo entrar y ver que están tapados, aún cuando me esfuerce en mirar para otro lado. Pero siempre me asusta pensar en ese día en el que me encuentre con una versión de carne y hueso de un yacente David de Miguel Ángel, durmiendo en mi propia casa.

¿Qué es lo que temo y qué es lo que me molesta? Creo que me preocupa violar, sin querer, su intimidad y su pudor. También comprobar que los niños que tuve ya  tienen la estampa de un hombre, pero absolutamente asexuado. Como sea, cualquiera sea la respuesta, tengo que hacer sin falta un lugar extra en otra parte de la casa para mis toallas. Y cada noche, dormir con tapones en los oídos. 

Una caricia en el monitor

  Hace un tiempo terminé de vaciar el departamento de mi papá, y entre las pocas cosas que dejaron mis “hermanastras” encontré una fotito de...

La mesa del fondo