Hace un
tiempo terminé de vaciar el departamento de mi papá, y entre las pocas cosas
que dejaron mis “hermanastras” encontré una fotito de mi papá. Ahí tendría
sesenta y pico, cuando se sentía pintón, potente, exitoso y productivo. Por
ende, bastante bien. Por eso mira a la cámara con sus eternos anteojos, sus ojos
melancólicos y una media sonrisa tímida. Tan él.
Puse esta
foto en un rincón del monitor que tengo en mi escritorio (no lo uso siempre,
solo está ahí, apagado, para alguna reunión). Y todos los días, cuando abro la laptop, inevitablemente
la veo y la acaricio. Como si de esa forma, le pudiera hacer llegar mi cariño.
Junto con
el cariño también me vienen ganas de pedirle perdón, por algunas cosas que hice
que creo que le causaron dolor, frustración o andá a saber qué, ya que en lugar
de encararme se ofendía y se metía para adentro.
Con el
correr del tiempo me di cuenta de que seguramente se sintió muy mal cuando, el
día de mi casamiento, elegí entrar a la iglesia con mi marido en lugar de
hacerlo con él. En ese momento solo pensé en mí, en lo que yo quería, que era
no tener que escuchar sus comentarios freak, ridiculizando la situación. Para
mí era un momento importante y no quería que él se riera y dijera boludeces camino
al altar, como seguramente hubiese hecho. Tipo: “mirá la cara de ganso del cura”,
o “la tía Ofelia parece un papagayo”, o “Fulanito es un muñeco de torta con ese
traje”. Y muchos otros dichos del estilo, hasta
completar el recorrido por la alfombra roja.
No hace mucho, entendí que era su manera de defenderse de las situaciones que lo sensibilizaban. Y entonces, para no dejarse llevar por la emoción, ¿qué mejor que ridiculizarlo para que no te llegue? Como joven mujer insegura de 29 o 30 años, para mí era una etapa linda de mi vida, que quería que fuera perfecta, todo flores, moños, crataegus y glamour como el que había visto en la revista Novias. Donde los comentarios burlones no existían, y el padre de la novia se veía emocionado, al entregar a su hija al otro hombre que se haría cargo de ella a partir de ese momento.
Ese fue el
mayor error que cometí con mi papá, y creo que fue el que más lo lastimó. Porque
no supe o no pude ponerme en su lugar. Él tampoco pudo ni supo manejar la situación,
no me encaró ni hablamos del tema. Un error de los dos, de no tomar el toro por
las astas y abordar la cosa como los adultos que no éramos, ni él, ni yo.
¿Qué otro
momento lo puede haber enojado? Cuando no cumplí sus expectativas con la
facultad, y fui bastante pajera en lugar de ser constante y aprovechar mis -supuestas- dotes naturales para razonar, entender y aprender. Justo ahora me viene a la
mente el primer desengaño de ese tipo: fue cuando, a mis 10 años, me compró un
tablero profesional de Go, con 4 libros de autoaprendizaje. Él esperaba que yo los estudiara y me convirtiera en una joven gran
maestra argentina. Pero si casi no tengo disciplina ahora, menos la tenía a los 10 años,
para ponerme a aprender sola y sin un interés genuino. Sumado a que no me
gustan los juegos de estrategia... tal vez por eso no le di ni pelota y no pasé
del primer libro. En cambio, el Scrabble me encantaba, porque se me dan
mejor las letras que la táctica estratégica.
Paso al
tercer gran error, que fue no aceptar que se dejara morir. De nuevo, con el tiempo, comprendí que no quería ser
viejo. Tampoco quiso ser abuelo, sino que prefería decir que los chicos eran los
hijos de su hija. Y entonces se enfermó y se murió. Pero no cumplió 70, que era
de viejos.
Decía Ringo
Bonavena, en su sabia brutalidad, que la experiencia es un peine que te entrega
la vida cuando te quedaste pelado. Por eso acaricio la foto cada mañana, como
una forma de pedirle disculpas, decirle que yo también hice lo que pude, y que
no me di cuenta de que tal vez lo estaba lastimando.
De haberlo sabido, seguramente hubiera tratado de complacerlo, o al menos, hablar sobre los temas complicados, tal vez enojarnos, putearnos como nunca lo hicimos. Para amigarnos después y llegar a un acuerdo que nos dejara conformes a los dos. Como sea, nos quisimos mucho, y el balance es bueno. Así que ahora lo acaricio de nuevo, y me pongo a trabajar... que ya estoy atrasada.



















