En Argentina, el servicio militar fue instaurado a partir de 1901. Era un entrenamiento para todos los varones de 20 años que duraba entre 12 y 24 meses, según la época y la fuerza armada que le hubiera tocado al soldado.
En 1994 el presidente Carlos Menem
derogó su calidad de obligatorio. Los motivos fueron, principalmente, la baja
de recursos y la fuerte presión política y social en contra de los abusos y
violaciones de derechos humanos cometidos por los superiores a los soldados
rasos. Es que en la también llamada “colimba”, los soldados COrrían-LIMpiaban y
BArrían. Según otros, el “BA” era porque
BAilaban, que no era precisamente una danza, sino una serie de castigos físicos
que se impartían a cualquier hora del día o la noche, incluso con fríos máximos
o calores agobiantes. Los soldados eran obligados a correr en
círculos, hacer "cuerpo a tierra" sobre terrenos ásperos o marchar
hasta desfallecer, la mayoría de las veces sin motivo alguno, más que el
capricho o el resentimiento del superior de turno.
Los estudiantes
secundarios o universitarios podrían postergar el servicio militar y solicitar
prórrogas, para cumplirlo tras haber avanzado en la carrera, o bien al
finalizar sus estudios. Para ello tenían que presentar y renovar un certificado
cada año, que demostrara la condición de alumno regular y un
cierto rendimiento académico.
Alberto
Pazo, el protagonista de nuestra historia, pidió la prórroga tras haber
ingresado a la universidad. Entró a hacer la colimba a los 23, recién recibido
de ingeniero civil, rodeado de lo que él llamaba “imberbes inmaduros” de 18
años. Para tratar de sentirse menos sapo de otro pozo, se hizo amigote de Juan
Cagnoli, un flamante contador correntino de su misma edad, y de Gastón Rodríguez,
un muchacho de Quilmes que acababa de conseguir su título de abogado.
Dicen
que en la colimba hay que pasar desapercibido: no hacer nada muy bien, ni muy mal,
para no llamar la atención. Nuestros tres profesionales novatos cumplían con
estas premisas para no atraer la mirada y los sarcasmos o castigos, en especial
los del suboficial Carino, un petiso morochón a cargo del regimiento, que se
comportaba como el testaferro de Satán en la Tierra.
Pero
había algo que lo tenía a maltraer al soldado Cagnoli: en los últimos tiempos
se le venía agudizando la miopía, herencia de los varones de su familia. En
otras palabras, Cagnoli no veía una vaca adentro de un baño y esto le
dificultaba enormemente su desempeño en las prácticas de tiro. Sabía armar y
desarmar rápidamente y a ciegas un fusil, y limpiar a la perfección cada parte.
Y era uno de los más ágiles en los ejercicios de simulación de combate y las
maniobras de campo. Pero en el polígono de tiro, hacía agua por todos lados.
Fue
una tarde de práctica, donde el viento norte exasperaba especialmente el mal carácter
del Príncipe de las Tinieblas, donde se pudrió todo. Cagnoli entró en pánico
ante la sola idea de tener que dar en el blanco con Carino escrutándolos a
todos muy de cerca, donde un desempeño mediocre podía significar quedarse sin
franco, morir haciendo saltos de rana o hacer ayuno involuntario durante un par
de días.
Cagnoli
andaba cabizbajo, casi lloroso. “No voy a poder”, decía una y otra vez. “Este Carino-hijo-de-puta
me va a dejar sin franco el fin de semana.
Susana me va a matar, ¡justo cumplimos 4 años de novios!”. Intentaron reanimarlo diciéndole que si no se
animaba iba a ser peor, pero el muchacho estaba paralizado de miedo. Hasta que
el ingeniero Pazo tuvo “la idea”.
Pazo
y Cagnoli eran físicamente parecidos: estatura normal y contextura delgada, cabello
castaño, ningún dato llamativo que pudiera individualizarlos ante la mirada desinteresada
de sus superiores. Y esa tarde Pazo fue Cagnoli, y pasó la práctica de tiro como
el mejor. Es que Alberto había nacido con una aptitud magnífica para el tiro,
cualidad que descubrió al azar, cuando le tocó el servicio militar. Nadie en su
familia tiraba ni había tirado jamás, y medio en broma, lo habían apodado “el
capitán Metralla”, en alusión a un personaje de historieta de los ’70.
El
regimiento estaba ubicado en el mismo predio del Tiro Federal, y los soldados
en servicio estaban a cargo del mantenimiento del lugar. Entre otras tareas, limpiaban,
cortaban el pasto y asistían a los tiradores en el intercambio de las siluetas
de papel que usaban como blanco. Se metían en una zanja de tierra, al resguardado de los proyectiles, desde donde bajaban los torsos perforados, indicaban con un
palo el lugar de impacto y subían los nuevos blancos.
Los
socios del Tiro Federal eran civiles y militares retirados o en actividad. Y
una tarde, mientras los soldados realizaban su entrenamiento de tiro, pasó por
ahí un capitán retirado, viejo socio del club y miembro de una de las familias
fundadoras de la institución. Cruzaba el predio conversando con otros camaradas,
cuando se detuvo sorprendido por la pericia y la actitud de uno de los
soldaditos que tiraba al blanco con un viejo Mauser.
El
hombre se acercó y le preguntó el nombre del
muchacho al suboficial al mando, el temido Carino. “Gagnoli Juan”, se
llama el soldado, señor. El anciano estaba fascinado con Cagnoli, que apuntaba
y acertaba con absoluta frialdad y precisión quirúrgica. Se aproximó al joven y lo saludó con un gesto de aprobación.
“Tire, Cagnoli, tire”, pedía entusiasmado el hombre, cuando el chico perforaba una y otra vez el corazón de la figura de papel blanco. Sacó de su billetera una tarjeta, se la extendió y le dijo seriamente, mirándolo a los ojos: “Usted tiene un gran futuro, m’hijo. Hasta las Nacionales, no para. Cuando salga de acá me llama, y lo ponemos en carrera”.
“Sí,
sí, ¿cómo no? Lo llamo, gracias”, dijo tímidamente Cagnoli. Dio media vuelta y
se dirigió lentamente hacia el pelotón, mientras recuperaba su
identidad y pensaba que si se la jugaba ¡terminaban todos en cana! No le
quedaba otra que dejar las cosas como estaban, y dar vuelta la página.
Cuando terminó
la colimba, el auténtico Cagnoli no volvió a ver un arma en su vida. En l974 el ingeniero Pazo emigró a España con un tentador contrato
en una empresa ferroviaria con sede en Extremadura. Allí conoció a Laura, su mujer. Se casó, tuvo dos hijos varones y una niña, y se jubiló luego de una buena y larga carrera. Hoy tiene
dos nietas extremeñas de 12 y 14 años, y espera que sus otros hijos españoles se
decidan a ser padres.
Ni
bien se estableció en Mérida, Alberto se hizo socio del Club de Tiro Olímpico, donde
conoció muchos amigos y ganó innumerables premios. Hoy compite en la
categoría Veteranos / Máster y sigue sumando trofeos a su colección. De sus
hijos, ninguno heredó los genes del capitán Metralla. Pero sí su nieta menor,
con quien tuvo el gran gusto de compartir dos veces el podio, cada uno en su
categoría y haciendo honor al apellido Cagnoli. O mejor dicho, Pazo.








