jueves, 15 de octubre de 2026

La herencia del capitán Metralla


En Argentina, el servicio militar fue instaurado a partir de 1901. Era un entrenamiento para todos los varones de 20 años que duraba entre 12 y 24 meses, según la época y la fuerza armada que le hubiera tocado al soldado.

En 1994 el presidente Carlos Menem derogó su calidad de obligatorio. Los motivos fueron, principalmente, la baja de recursos y la fuerte presión política y social en contra de los abusos y violaciones de derechos humanos cometidos por los superiores a los soldados rasos. Es que en la también llamada “colimba”, los soldados COrrían-LIMpiaban y BArrían.  Según otros, el “BA” era porque BAilaban, que no era precisamente una danza, sino una serie de castigos físicos que se impartían a cualquier hora del día o la noche, incluso con fríos máximos o calores agobiantes. Los soldados eran obligados a correr en círculos, hacer "cuerpo a tierra" sobre terrenos ásperos o marchar hasta desfallecer, la mayoría de las veces sin motivo alguno, más que el capricho o el resentimiento del superior de turno.

Los estudiantes secundarios o universitarios podrían postergar el servicio militar y solicitar prórrogas, para cumplirlo tras haber avanzado en la carrera, o bien al finalizar sus estudios. Para ello tenían que presentar y renovar un certificado cada año, que demostrara la condición de alumno regular y un cierto rendimiento académico.

 

Alberto Pazo, el protagonista de nuestra historia, pidió la prórroga tras haber ingresado a la universidad. Entró a hacer la colimba a los 23, recién recibido de ingeniero civil, rodeado de lo que él llamaba “imberbes inmaduros” de 18 años. Para tratar de sentirse menos sapo de otro pozo, se hizo amigote de Juan Cagnoli, un flamante contador correntino de su misma edad, y de Gastón Rodríguez, un muchacho de Quilmes que acababa de conseguir su título de abogado.

 

Dicen que en la colimba hay que pasar desapercibido: no hacer nada muy bien, ni muy mal, para no llamar la atención. Nuestros tres profesionales novatos cumplían con estas premisas para no atraer la mirada y los sarcasmos o castigos, en especial los del suboficial Carino, un petiso morochón a cargo del regimiento, que se comportaba como el testaferro de Satán en la Tierra.

 

Pero había algo que lo tenía a maltraer al soldado Cagnoli: en los últimos tiempos se le venía agudizando la miopía, herencia de los varones de su familia. En otras palabras, Cagnoli no veía una vaca adentro de un baño y esto le dificultaba enormemente su desempeño en las prácticas de tiro. Sabía armar y desarmar rápidamente y a ciegas un fusil, y limpiar a la perfección cada parte. Y era uno de los más ágiles en los ejercicios de simulación de combate y las maniobras de campo. Pero en el polígono de tiro, hacía agua por todos lados.

 

Fue una tarde de práctica, donde el viento norte exasperaba especialmente el mal carácter del Príncipe de las Tinieblas, donde se pudrió todo. Cagnoli entró en pánico ante la sola idea de tener que dar en el blanco con Carino escrutándolos a todos muy de cerca, donde un desempeño mediocre podía significar quedarse sin franco, morir haciendo saltos de rana o hacer ayuno involuntario durante un par de días.

Cagnoli andaba cabizbajo, casi lloroso. “No voy a poder”, decía una y otra vez. “Este Carino-hijo-de-puta me va a dejar sin franco el fin de semana.  Susana me va a matar, ¡justo cumplimos 4 años de novios!”.  Intentaron reanimarlo diciéndole que si no se animaba iba a ser peor, pero el muchacho estaba paralizado de miedo. Hasta que el ingeniero Pazo tuvo “la idea”.

 

Pazo y Cagnoli eran físicamente parecidos: estatura normal y contextura delgada, cabello castaño, ningún dato llamativo que pudiera individualizarlos ante la mirada desinteresada de sus superiores. Y esa tarde Pazo fue Cagnoli, y pasó la práctica de tiro como el mejor. Es que Alberto había nacido con una aptitud magnífica para el tiro, cualidad que descubrió al azar, cuando le tocó el servicio militar. Nadie en su familia tiraba ni había tirado jamás, y medio en broma, lo habían apodado “el capitán Metralla”, en alusión a un personaje de historieta de los ’70.

 

El regimiento estaba ubicado en el mismo predio del Tiro Federal, y los soldados en servicio estaban a cargo del mantenimiento del lugar. Entre otras tareas, limpiaban, cortaban el pasto y asistían a los tiradores en el intercambio de las siluetas de papel que usaban como blanco. Se metían en una zanja de tierra, al resguardado de los proyectiles, desde donde bajaban los torsos perforados, indicaban con un palo el lugar de impacto y subían los nuevos blancos.

 

Los socios  del Tiro Federal eran civiles y militares retirados o en actividad. Y una tarde, mientras los soldados realizaban su entrenamiento de tiro, pasó por ahí un capitán retirado, viejo socio del club y miembro de una de las familias fundadoras de la institución. Cruzaba el predio conversando con otros camaradas, cuando se detuvo sorprendido por la pericia y la actitud de uno de los soldaditos que tiraba al blanco con un viejo Mauser.

 

El hombre se acercó y le preguntó el nombre del  muchacho al suboficial al mando, el temido Carino. “Gagnoli Juan”, se llama el soldado, señor. El anciano estaba fascinado con Cagnoli, que apuntaba y acertaba con absoluta frialdad y precisión quirúrgica. Se aproximó al joven y lo saludó con un gesto de aprobación.

 

“Tire, Cagnoli, tire”, pedía entusiasmado el hombre, cuando el chico perforaba una y otra vez el corazón de la figura de papel blanco. Sacó de su billetera una tarjeta, se la extendió y le dijo seriamente, mirándolo a los ojos: “Usted tiene un gran futuro, m’hijo. Hasta las Nacionales, no para. Cuando salga de acá me llama, y lo ponemos en carrera”.

 

“Sí, sí, ¿cómo no? Lo llamo, gracias”, dijo tímidamente Cagnoli. Dio media vuelta y se dirigió lentamente hacia el pelotón, mientras recuperaba su identidad y pensaba que si se la jugaba ¡terminaban todos en cana! No le quedaba otra que dejar las cosas como estaban, y dar vuelta la página.

 

Cuando terminó la colimba, el auténtico Cagnoli no volvió a ver un arma en su vida. En l974 el ingeniero Pazo emigró a España con un tentador contrato en una empresa ferroviaria con sede en Extremadura.  Allí conoció a Laura, su mujer. Se casó, tuvo dos hijos varones y una niña, y se jubiló luego de una buena y larga carrera. Hoy tiene dos nietas extremeñas de 12 y 14 años, y espera que sus otros hijos españoles se decidan a ser padres.

 

Ni bien se estableció en Mérida, Alberto se hizo socio del Club de Tiro Olímpico, donde conoció muchos amigos y ganó innumerables premios. Hoy compite en la categoría Veteranos / Máster y sigue sumando trofeos a su colección. De sus hijos, ninguno heredó los genes del capitán Metralla. Pero sí su nieta menor, con quien tuvo el gran gusto de compartir dos veces el podio, cada uno en su categoría y haciendo honor al apellido Cagnoli. O mejor dicho, Pazo.  

 

 

domingo, 6 de septiembre de 2026

Hoy es “fecha de mamá”


 Así decía mi suegra en cada aniversario de la muerte de su mamá, doña María, a quien no conocí. Ese día iba con una de sus hermanas a la bóveda familiar del cementerio de Quilmes. Llevaban flores y “cambiaban los manteles”, unas carpetitas blancas bordadas a mano que ponían sobre una repisa con retratos de los difuntos que descansaban ahí.

Le voy a tomar prestada la expresión a mi suegra, ya que hoy “es la fecha” de mi mamá, que decidió partir hace tres años. Es increíble lo rápido que pasa todo, y ahora soy abuela, lamento muchísimo que no haya podido conocer a la nena. Creo que se hubiera puesto como loca con ella, con cada una de sus monerías y su vocecita encantadora.

Pongo esta foto de ella en Mar del Plata, que siempre me gustó. No tengo idea de la edad que tenía, pero creo que estaba muy feliz, de vacaciones con mis abuelos y mi tía. 

Quería escribir algo más para no hacer una entrada tan corta, pero solo me salieron frases trilladas, lugares comunes, nada que valiera la pena. Pero no quería dejar pasar este día donde la recuerdo con una cariñosa complicidad. “La fecha de mamá”, esas palabras que siempre me parecieron una pintoresca antigüedad, empezaron a resultarme mucho más familiares. Pero voy a quedarme solo con lo de pintoresca; lo de antigüedad mejor lo dejamos para los mantelitos. Como dice Clint Eastwood, “no hay que dejar entrar al viejo”.

domingo, 23 de agosto de 2026

El pequeño Pá que miraba fiero

 


Dicen los registros de inmigración que mi abuelo llegó de España cuando tenía apenas un año. En ese tiempo eran solo tres: mamá Catalina, papá Francisco y el pequeño Juan, y habían decidido dejar los mezquinos campos de Badajoz, en Extremadura, en busca de una vida mejor. Se instalaron en una casita en Villa Pueyrredón, que era un poco campo y un poco caserío. Algo de fondo, dos piezas modestas y no mucho más. Creo que Francisco trabajó en la construcción, actividad que le permitió criar a todos los hijos que vinieron después: Alberto, Miguel y la pequeña Tita.

Mi abuelo Juan -o Pá, como le dijimos siempre- desde chico fue entrador y se destacaba del resto. Más de una vez la maestra lo dejaba de lado a la hora de repartir algún regalito modesto como un lápiz, una regla o una libreta para hacer la tarea: Juancito siempre llevaba el guardapolvo ultra blanco y bien planchado. Por su aspecto, seguramente pensaba que ese nene venía de una familia sin grandes necesidades. Pero según cuenta mi mamá, era el más pobre de todo el grado, aunque esto no impedía que Catalina pusiese el mejor esmero en que su hijo fuera prolijo a la escuela.

En mi escritorio tengo la foto que siempre estuvo en la casa de mi mamá. En la imagen están todos serios, seguramente sus mejores y únicas prendas “de salir”, que hasta los hacen parecer distinguidos. Mi bisabuela Catalina está sentada en una banqueta, con blusa blanca con volados, aros, pollera negra y una sombrilla. Al lado el pequeño Alberto, de meses, lleno de puntillas de arriba abajo. Atrás, de pie, mi bisabuelo con camisa y corbata, un chaleco y un saco largo. Luce unos bigotes gigantes como los de los políticos de Tía Vicenta, es buen mozo y serio. Delante de él, mi abuelo de unos 5 años, con flequillo, un trajecito gris con chaleco y pantalón corto, la patita cruzada con unas medias blancas y zapatos Guillermina de charol. Ya tiene esa cara de cabrero enojado que lo acompañó toda la vida cuando algo no le gustaba, como por ejemplo, estar ahí posando con esa ropa. La familia está instalada sobre una alfombra tipo persa, y detrás se ve una tela pintada que representa una atmósfera sofisticada, “lujosa”, con una cama de bronce con ornatos y cortinas con borlas de seda. Un ambiente muy distinto al de su primera casita de Villa Pueyrredón.


lunes, 20 de abril de 2026

Don Sigmund y las casualidades

Esta entrada tiene dos partes; la segunda es la del perro, por eso la foto. Pero ambas están curiosamente vinculadas. 

Va la primera. Como casi todos los domingos, esa mañana de mediados de marzo me encontró jugando al tenis con amigas. En un momento del partido, corrí una pelota que a mi compañera le había quedado muy alta, y en el enroque, chocamos. Ella es jugadora de hockey, y la colisión la encontró armada y sólida. Yo en el colegio no elegí hockey; por lo tanto, me caí y me di un porrazo marca cañón.

Cuando me quise incorporar, no pude apoyar mi muñeca izquierda, que se había transformado en algo deforme y torcido. “Esto se complicó”, pensé. Me ayudaron a levantar, y enseguida llegó un médico que estaba jugando en la cancha de al lado.  Le pedí que tratara de “acomodar” el hueso, como hacen en las películas. Se rio y me dijo que esto era, seguramente, una fractura. Y que la tenían que tratar en el Austral, porque no había nada que acomodar, sino más bien inmovilizar/enyesar.

Al día siguiente del incidente viajábamos a San Juan para unas esperadas minivacaciones, donde conoceríamos la finca de unos amigos que cultivan pistachos. Habíamos organizado el itinerario con meses de antelación, calculando que aún fuera tiempo de cosecha, pero que no hiciera mucho calor, etc. En el momento de la caída me acordé al toque del viaje y pensé: “Vamos igual, con yeso y todo”.

Luego de un par de horas en el Hospital Austral, volví a mi casa con un bodoque de muñeca a axila y una orden para cirugía en un lapso no mayor de 10 días. Así que ni pensar en andar conociendo la Argentina, cuando tenía que dedicarme a buscar cirujano, conseguir un sobreturno y planificar la operación, que consistiría en colocar una placa con 6 tornillos, además de algunos grampones para reparar los ligamentos rotos.  

Ahora, la segunda 

A comienzos de marzo entró a mi barrio un perro con collar y correa. Los vigiladores recordaron que habían tirado petardos en un partido de fútbol de un club cercano, y seguramente el perro se asustó y salió corriendo para cualquier lado. Lo publicaron en el grupo de WhatsApp de “Perros” del barrio, para tratar de encontrar a sus dueños, y a la nochecita me acerqué a la guardia para ver si tenían algo para darle de comer. Allí no había ningún lugar donde poner al animal, ni lo podían dejar suelto y circulando por las calles del barrio. Habían atado a un poste la correa de un metro, y el perro se quedó ahí, asustado, limitado de movimientos y muerto de hambre.

Me acerqué despacio, tanteando para ver si era buenito o mordedor. De pronto apoyó su cabeza en el hueco de mi mano y me miró con esos ojos. Le puse un platito con alimento balanceado que no tocó, pero aceptó comerlo de mi mano. Una vez, dos veces, cinco veces. Le reemplacé la correa corta por un cable para que se pudiera mover con más libertad, y me volví a mi casa. Obviamente pasé toda la noche pensando en el perro, y compartí su foto y mi teléfono en todas las redes sociales de "Perros Perdidos" de la zona. A la mañana siguiente lo fui a ver; estaba hecho un ovillo chiquitito abajo de una planta, y me dio tanta pena que me lo traje a mi casa. Al menos para darle un hogar transitorio sin correa y con algo de cariño, mientras aparecían sus dueños. Cuando empezamos a caminar hacia mi casa, noté que rengueaba; lo revisé y descubrí que tenía la pata delantera izquierda totalmente chueca.

El problema que se me presentó con este nuevo integrante de la familia fue que yo me iba de viaje… Mis dos perras se quedaban en una guardería, y no podía llevarlo también "al nuevo", por si aparecía alguien a reclamarlo. Una amiga se ofreció a cuidarlo mientras nos íbamos, algo que finalmente no sucedió. Y aquí sigue Tincho en casa desde hace más de un mes y medio. Le puse así porque a simple vista, por su pelo, me pareció un carpincho. Mi hija me dijo exactamente lo mismo cuando lo vio, así que seguramente algo de carpincho debe tener.

Lamentablemente, nunca nadie lo reclamó ni pidió en adopción. ¡Y eso que tiene una carita preciosa! Hoy duerme en un colchoncito en mi lavadero, porque afuera le ladra a todo lo que pasa. Pasea dos veces por día con mis otras perras y es un miembro más de la familia, sin duda el más inquieto y adolescente. En este tiempo, gracias a la ayuda de Marisa —una vecina fan de los perros— lo castramos, vacunamos, bañamos, desparasitamos, etc. También lo llevamos al veterinario, donde nos dijeron que sin duda tuvo una fractura mal soldada, y lo ideal es operarlo para remover todo el callo, enderezar los huesos... ¡y colocar una placa con 6 tornillos!

Como es una cirugía bastante compleja y cara, organicé una colecta entre vecinos del barrio, amigos y conocidos. A su vez, ellos lo compartieron entre sus contactos, y con mucha emoción hoy puedo contar que ya casi conseguí todo el dinero para arreglarle la patita, hacer los estudios, comprar la plaqueta y los medicamentos. ¡Hasta ayudó gente que no conozco 💓! Es un perro muy joven como para condenarlo a estar rengueando toda la vida, además de que con el tiempo le van a empezar a doler otras cosas por caminar mal. Obviamente, todos queremos lo  mejor para Tincho, y es mejor entregarlo ya curado a una familia que lo pueda cuidar.

Psicoanálisis vs. fatalidad

Discuto mucho con mi terapeuta sobre el origen de mi fractura. Si realmente quería ir a San Juan o no. ¿Por qué busco “ir al choque”? ¿Por qué salgo a buscar una pelota como una tromba, sin analizar el escenario? (!!!) Y un montón de elucubraciones de ese estilo, que ya le dije que no le compro, al menos en esta ocasión.  Para mí fue solo un accidente deportivo; buscarme una caída con fractura sería, por ejemplo, ir a jugar con los cordones desatados, ojotas o pantalones Oxford.

Pero hay un detalle que para mí conecta estas dos historias que conté, que me hace pensar mucho en don Sigmund, y lo tengo reservado para mi próxima sesión de terapia. Como ya sabrán a esta altura, me llamo Gabriela, aunque mi mamá me decía “Gabo”. También Gabito, Gabotincho, o sencillamente, “Tincho”.

Veré a qué conclusión llegamos este martes a las 15, y si esta vez sí se la compro a mi analista. Y tal vez contaré, más adelante, en qué derivó la sesión.


miércoles, 6 de marzo de 2024

Celulares en las nubes

 Mi mamá nació el 3 de marzo de 1935, y hoy hubiera sido su cumpleaños. Y este es el primero que no se festeja, que no se saluda, que no se soplan las velitas ni se hace una torta. Es otra de las cosas que me van haciendo dar cuenta de esa pérdida a la que todavía no me acostumbro.

Seguramente no llevaré la cuenta del PNC (primer no cumpleaños), ni del SNC (segundo no cumpleaños), y así. No soy de esas que dicen “hoy papá hubiera cumplido 98 años” o peor: “hoy el abuelo hubiera cumplido 125 años”. Lamentablemente, no llegó. Por eso sé que no voy a llevar la cuenta, y que desde ahora y para siempre, el 3 de marzo va a ser distinto.
También me pasa que me parece raro ver posteos que muchos le dedican a un ser querido que ya no está… como si este pudiera efectivamente leerlo. Obviamente, quien lo publica lo sabe, pero aun así, necesita hacerlo, para hacer catarsis y para ilusionarse o jugar a que sí, lo va a leer.
La otra noche, mientras pensaba medio dormida cómo iba a atravesar este día, se me ocurrió -o soñé- una idea loca, linda pero poco probable. Había un grupo de ángeles viejitos recién llegados al cielo, sentados en el borde de las nubes, con las piernas colgando para abajo, mirando cada uno su flamante celular obsequiado por San Pedro al llegar. Era un aparato solo permitido a los viejitos novatos, porque todavía no se acostumbraban a estar lejos de sus seres queridos. Y como excepción, se les permitía mirar lo que publicaban los suyos en las redes sociales… solo por un tiempo.
El privilegio, que los distinguía del resto de los ángeles, duraba unos largos meses, hasta que se les fuera disipando la sensación de ausencia, y se acostumbraran a su nuevo hogar. Con esta práctica, la mayoría se quedaba tranquilo y feliz, viendo como su familia y amigos los recordaba con cariño, y sentían, en su nuevo corazón no corpóreo… un calorcito reconfortante.
Por eso, por las dudas, si es posible, y si ya tenés el celular, ¡feliz cumple, Peta! Te extraño, te quiero y acá todos te queremos, siempre.

P.D.: cuando publiqué esto en FB recibí unos mensajes tan cariñosos y lindos que merecen ser pegados acá. Ahí van:

Silvia: A Peta, que estoy segura nos está espiando con el celu
Ana: Hermoso escrito. Sí que se la extraña a Elsita!!!
Federico: Abrazo sentido querida Gaby! He pasado por esas sensaciones. Por esos sentimientos y aunque no sea necesario lleves la cuenta, el tiempo la llevará por vos y cada vez se extraña menos y en su lugar cada vez se recuerda más. Todo mi cariño para vos en este día del natalicio de la mamá que te dio la vida
Hugo: Es bueno hacer o escribir lo que uno cree que ayuda a llevar eso, que todos sentimos, la enorme ausencia!!! Pero lo mejor de todo es pensar todo el tiempo que la vida nos permitió tenerlos y disfrutarlos. (Cuando ví tan cerca la bandera a cuadros, el único santo que invoqué fue mi vieja. No se si me curó ella, pero que bien me hacía). Le mando a Elsa un beso de los que tantos años no le di.
Caro: Gaby, me emociona mucho la idea del celular para los que están allá arriba. Siempre me encantó escuchar cómo te ocupabas de tu mamá. Cómo te ocupabas tanto porque estuviera bien. Feliz PNC
Euge: Feliz Cumple Peta querida, acá estamos conectadas desde ese celular imaginario para decirte Feliz Cumple!!!!!
Vale: Lindísimo sueño, Gaby ... y siguen estando aunque no estén

miércoles, 10 de enero de 2024

Mi cuento de Navidad


Siempre que voy al cementerio voy con una especie de ilusión. Corto flores y ramas de mi jardín y las ato con un lindo moño, y cargo una botella de agua “de la casa” para poner en el florerito. A medida que avanzo por el camino lateral ya adivino desde lejos el lugar, junto a un nogal antiguo y un banco de cemento.

Voy con cuidado, tratando de no pisar la cara visible de los otros muertos. Elijo cuidadosamente el pasto, como los chicos tratando de no pisar las baldosas, o como el maniático Jack Nicholson en “Mejor… imposible”.
Llegar a la parcela y ver la lápida familiar fue un shock. Durante mucho tiempo, solo habían estado los nombres de mis abuelos, grises y erosionados por años de lluvias y soles. Esta vez ya habían agregado el de mi mamá, con unas letras negras que resaltaban sobre la piedra blanca. Y también el de mi papá, que por un error administrativo, no habían grabado en su momento, hace más de 15 años.
Mi última imagen de "ella" fue una urnita de madera cubierta de pétalos de rosa en un pozo cuadrado, aún abierto. Y hoy, ver su nombre en grandes letras negras fue el sello que reforzó la idea de que no va a estar más.
Pero este día no fui para estar triste, sino para saludar y agradecer. A ella y también a mi viejo y a mis abuelos Pa y Piti. Por cómo me cuidaron, las comidas ricas que me hicieron, los paseos, los retos, los consejos, las prohibiciones, toda la ayuda, las charlas, el ejemplo.
Y para decirle a mi vieja, que partió hace ya 3 meses, que la extraño, que me hacen falta sus rabietas, sus historias y sus tejidos. También que yo e daba cuenta de que estaba cansada, aunque creo que le hubiera gustado estar esta noche brindando con nosotros, medio cascoteada pero en casa.
Pero bueno, allá en el parque quedaron las flores y las ramas con el agua de la casa, y desde acá la recordaré esta noche en esta primera Navidad sin ella. Y cuando tiren los fuegos artificiales, que tanto le gustaban, los voy a disfrutar con doble atención, mirándolos por ella y por mí.

jueves, 5 de mayo de 2022

Metete el gato en el culo

 

Un hombre pinchó una goma en mitad del campo. Se bajó del auto y allá lejos vio una luz encendida en una casa y empezó a caminar hacia ahí para buscar ayuda.  

Mientras caminaba pensaba: “¿Y si no tienen gato?, ¿y si no me quieren ayudar?, ¿y si tienen gato pero los malparidos me piden plata? ¿Cuánto me pedirán?, ¿10.000 pesos? ¿20.000 pesos?, ¿50.000 pesos?”.  Y así siguió imaginando situaciones, una peor que otra.

Cuando llegó a la casa, tocó el timbre y un hombre le abrió la puerta. Sin dudarlo, nuestro personaje le dijo: “¿Sabés qué? ¡Metete el gato en el culo!” 


Este chiste viejo pero muy real describe lo mal que estamos predispuestos muchas veces, por las dudas, o por hábito. Algunos dicen que la situación, el estrés, la sociedad, el mundo, la guerra, la pandemia, etc., hacen que todos estemos siempre al borde del estallido. 

Personalmente tengo que admitir que estaba acostumbrada a defenderme "por las dudas". Y a pensar que el otro venía irremediablemente a tratar de joderme la vida. Por suerte, con los años y la terapia, pude ir reconociendo las situaciones, y al menos, reflexionar antes de tirar la primera piña. 

El disparador de tanta filosofía barata fue que cerca de mi barrio hay una barrera muy transitada, donde, como siempre, los que la cruzan tienen prioridad de paso. Como se juntan muchos autos, hay una fila que aguarda del lado izquierdo, donde más de una vez los conductores empiezan a tocar bocina impacientes. Pero no les queda otra que esperar, porque la prioridad de paso es así. Sabiendo que estoy ejerciendo mi derecho, hasta me gusta tirarle el auto encima al que atisba a pasar cuando no le corresponde. 

El otro día, mientras yo "ejercía mi derecho", cruzaba la barrera y doblaba, un hombre que esperaba sobre la izquierda me hizo una seña con los dedos como de "parpadeo". Yo frené junto a su ventanilla y le dije con voz metálica: "tengo prioridad". "Ya sé, por eso te estoy esperando, pero tenés que poner el guiño, para que el otro sepa si vas a doblar o a seguir derecho", me respondió.

¡El hombre tenía toda la razón! Y me sentí una cocorita insoportable, igual al del cuento. Juro que desde ese día me propuse respirar hondo y pensar unos segundos, antes de decirle a otro que se mata el gato en el culo. Es que la mitad de las veces, alguno ya te está esperando con el gato en la mano... 

La herencia del capitán Metralla

En Argentina, el servicio militar fue instaurado a partir de 1901. Era un entrenamiento para todos los varones de 20 años que duraba entre 1...

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