lunes, 20 de abril de 2026

Don Sigmund y las casualidades

Como casi todos los domingos, esa mañana de mediados de marzo me encontró jugando al tenis con amigas. En un momento del partido, corrí una pelota que a mi compañera le había quedado muy alta, y en el enroque, chocamos. Ella es jugadora de hockey, y la colisión la encontró armada y sólida. Yo en el colegio no elegí hockey; por lo tanto, me caí y me di un porrazo marca cañón.

Cuando me quise incorporar, no pude apoyar mi muñeca izquierda, que se había transformado en algo deforme y torcido. “Esto se complicó”, pensé. Me ayudaron a levantar, y enseguida llegó un médico que estaba jugando en la cancha de al lado.  Le pedí que tratara de “acomodar” el hueso, como hacen en las películas. Se rio y me dijo que esto era, seguramente, una fractura. Y que la tenían que tratar en el Austral, porque no había nada que acomodar, sino más bien inmovilizar/enyesar.

Al día siguiente del incidente viajábamos a San Juan para unas esperadas minivacaciones, donde conoceríamos la finca de unos amigos que cultivan pistachos. Habíamos organizado el itinerario con meses de antelación, calculando que aún fuera tiempo de cosecha, pero que no hiciera mucho calor, etc. En el momento de la caída me acordé al toque del viaje y pensé: “Vamos igual, con yeso y todo”.

Luego de un par de horas en el Hospital Austral, volví a mi casa con un bodoque de muñeca a axila, y una orden para cirugía en un lapso no mayor de 10 días. Así que ni pensar en andar conociendo la Argentina, cuando tenía que dedicarme a buscar cirujano, conseguir un sobreturno y planificar la operación, que consistiría en colocar una placa con 6 tornillos, además de algunos grampones para reparar los ligamentos rotos.  

Días antes…

Un primer acontecimiento había ocurrido a comienzos de marzo: entró al barrio un perro con collar y correa. Los vigiladores recordaron que habían tirado petardos en un partido de fútbol de un club cercano, y seguramente el perro se asustó y salió corriendo para cualquier lado. Lo publicaron en el grupo de WhatsApp de “Perros” del barrio, para tratar de encontrar a sus dueños, y a la nochecita me acerqué a la guardia para ver si tenían algo para darle de comer. Allí no había ningún lugar donde poner al animal, ni lo podían dejar suelto y circulando por las calles del barrio. Habían atado a un poste la correa de un metro, y el perro se quedó ahí, asustado, limitado de movimientos y muerto de hambre.

Me acerqué despacio, tanteando para ver si era buenito o mordedor. De pronto apoyó su cabeza en el hueco de mi mano y me miró con esos ojos. Le puse un platito con alimento balanceado que no tocó, pero aceptó comerlo de mi mano. Una vez, dos veces, cinco veces. Le reemplacé la correa corta por un cable para que se pudiera mover con más libertad, y me volví a mi casa. Obviamente pasé toda la noche pensando en el perro, y compartí su foto y mi teléfono en todas las redes sociales de "Perros Perdidos" de la zona. A la mañana siguiente lo fui a ver; estaba hecho un ovillo chiquitito y me dio tanta pena que me lo traje a mi casa. Al menos para darle un hogar transitorio sin correa y con algo de cariño, mientras aparecían sus dueños. El problema era que yo me iba de viaje… mis dos perras se quedaban en una guardería, y no podía llevarlo a él también a él, por si aparecía su familia.

Una amiga se ofreció a tenerlo mientras me iba a San Juan, algo que finalmente no sucedió. Y aquí sigue Tincho en casa desde hace más de un mes y medio. Le puse así porque a simple vista, por su pelo, me pareció un carpincho. Mi hija me dijo exactamente lo mismo cuando lo vio, así que seguramente algo de carpincho debe tener.

Lamentablemente, nunca nadie lo reclamó ni lo pidió en adopción. ¡Y eso que tiene una carita preciosa!  En este tiempo, gracias a la ayuda de Marisa —otra fan de los perros del barrio— lo castramos, vacunamos, bañamos, desparasitamos, etc. Duerme en un colchoncito en el lavadero, porque afuera le ladra a todo lo que pasa. Pasea dos veces por día con mis otras perras, y es un miembro más de la familia, sin duda el más inquieto y adolescente.

Lo que no conté, es que además de pelo de carpincho, él tiene la “muñeca” izquierda torcida, chueca. El veterinario dice que sin duda tuvo una fractura mal soldada, y que es necesario operarlo para remover todo el callo,  ¡y colocar una placa con 6 tornillos!

Como es una cirugía bastante compleja y cara, organicé una colecta en el barrio, la gente lo compartió entre sus contactos, y con mucha emoción hoy puedo contar que ya casi conseguí todo el dinero  para arreglarle la patita. Es un perro muy joven como para condenarlo a estar rengueando toda la vida, además de que con el tiempo le van a empezar a doler otras cosas por caminar mal. En casa queremos lo  mejor para Tincho, y es mejor entregarlo ya curado a una familia que lo pueda cuidar.

Psicoanálisis vs. fatalidad

Discuto mucho con mi terapeuta sobre el origen de mi fractura. Si realmente quería ir a San Juan o no. ¿Por qué busco “ir al choque”? ¿Por qué salgo a buscar una pelota como una tromba, sin analizar el escenario? (¡!!!) Y un montón de elucubraciones de ese estilo, que ya le dije que no le compro, al menos en esta ocasión.  Fue solo un accidente deportivo; buscarme una caída con fractura sería, por ejemplo, ir a jugar con los cordones desatados, ojotas o pantalones Oxford.

Pero hay un detalle que le agrega condimento a estas dos historias que conté, y aún no lo comenté en mi terapia. Me hace pensar mucho en don Sigmund, y lo tengo reservado para la próxima sesión. Como ya sabrán a esta altura, me llamo Gabriela, aunque mi mamá me decía “Gabo”. También Gabito, Gabotincho, o sencillamente, “Tincho”.

Veré a qué conclusión llegamos este martes a las 15, y si esta vez sí se la compro a mi analista. Y contaré, más adelante, en qué derivó la sesión.


martes, 19 de noviembre de 2024

Una caricia en el monitor


 

Hace un tiempo terminé de vaciar el departamento de mi papá, y entre las pocas cosas que dejaron mis “hermanastras” encontré una fotito de mi papá. Ahí tendría sesenta y pico, cuando se sentía pintón, potente, exitoso y productivo. Por ende, bastante bien. Por eso mira a la cámara con sus eternos anteojos, sus ojos melancólicos y una media sonrisa tímida. Tan él.

Puse esta foto en un rincón del monitor que tengo en mi escritorio (no lo uso siempre, solo está ahí, apagado, para alguna reunión).  Y todos los días, cuando abro la laptop, inevitablemente la veo y la acaricio. Como si de esa forma, le pudiera hacer llegar mi cariño.

Junto con el cariño también me vienen ganas de pedirle perdón, por algunas cosas que hice que creo que le causaron dolor, frustración o andá a saber qué, ya que en lugar de encararme se ofendía y se metía para adentro.

Con el correr del tiempo me di cuenta de que seguramente se sintió muy mal cuando, el día de mi casamiento, elegí entrar a la iglesia con mi marido en lugar de hacerlo con él. En ese momento solo pensé en mí, en lo que yo quería, que era no tener que escuchar sus comentarios freak, ridiculizando la situación. Para mí era un momento importante y no quería que él se riera y dijera boludeces camino al altar, como seguramente hubiese hecho. Tipo: “mirá la cara de ganso del cura”, o “la tía Ofelia parece un papagayo”, o “Fulanito es un muñeco de torta con ese traje”. Y muchos otros dichos del estilo, hasta completar el recorrido por la alfombra roja.

No hace mucho, entendí que era su manera de defenderse de las situaciones que lo sensibilizaban. Y entonces, para no dejarse llevar por la emoción, ¿qué mejor que ridiculizarlo para que no te llegue? Como joven mujer insegura de 29 o 30 años, para mí era una etapa linda de mi vida, que quería que fuera perfecta, todo flores, moños, crataegus y glamour como el que había visto en la revista Novias. Donde los comentarios burlones no existían, y el padre de la novia se veía emocionado, al entregar a su hija al otro hombre que se haría cargo de ella a partir de ese momento.

Ese fue el mayor error que cometí con mi papá, y creo que fue el que más lo lastimó. Porque no supe o no pude ponerme en su lugar. Él tampoco pudo ni supo manejar la situación, no me encaró ni hablamos del tema. Un error de los dos, de no tomar el toro por las astas y abordar la cosa como los adultos que no éramos, ni él, ni yo.

¿Qué otro momento lo puede haber enojado? Cuando no cumplí sus expectativas con la facultad, y fui bastante pajera en lugar de ser constante y aprovechar mis -supuestas- dotes naturales para razonar, entender y aprender. Justo ahora me viene a la mente el primer desengaño de ese tipo: fue cuando, a mis 10 años, me compró un tablero profesional de Go, con 4 libros de autoaprendizaje. Él esperaba que yo los estudiara y me convirtiera en una joven gran maestra argentina. Pero si casi no tengo disciplina ahora, menos la tenía a los 10 años, para ponerme a aprender sola y sin un interés genuino. Sumado a que no me gustan los juegos de estrategia... tal vez por eso no le di ni pelota y no pasé del primer libro. En cambio, el Scrabble me encantaba, porque se me dan mejor las letras que la táctica estratégica.

Paso al tercer gran error, que fue no aceptar que se dejara morir. De nuevo, con el tiempo, comprendí que no quería ser viejo. Tampoco quiso ser abuelo, sino que prefería decir que los chicos eran los hijos de su hija. Y entonces se enfermó y se murió. Pero no cumplió 70, que era de viejos.

Decía Ringo Bonavena, en su sabia brutalidad, que la experiencia es un peine que te entrega la vida cuando te quedaste pelado. Por eso acaricio la foto cada mañana, como una forma de pedirle disculpas, decirle que yo también hice lo que pude, y que no me di cuenta de que tal vez lo estaba lastimando.

De haberlo sabido, seguramente hubiera tratado de complacerlo, o al menos, hablar sobre los temas complicados, tal vez enojarnos, putearnos como nunca lo hicimos. Para amigarnos después y llegar a un acuerdo que nos dejara conformes a los dos. Como sea, nos quisimos mucho, y el balance es bueno. Así que ahora lo acaricio de nuevo, y me pongo a trabajar... que ya estoy atrasada. 

miércoles, 6 de marzo de 2024

Celulares en las nubes

 Mi mamá nació el 3 de marzo de 1935, y hoy hubiera sido su cumpleaños. Y este es el primero que no se festeja, que no se saluda, que no se soplan las velitas ni se hace una torta. Es otra de las cosas que me van haciendo dar cuenta de esa pérdida a la que todavía no me acostumbro.

Seguramente no llevaré la cuenta del PNC (primer no cumpleaños), ni del SNC (segundo no cumpleaños), y así. No soy de esas que dicen “hoy papá hubiera cumplido 98 años” o peor: “hoy el abuelo hubiera cumplido 125 años”. Lamentablemente, no llegó. Por eso sé que no voy a llevar la cuenta, y que desde ahora y para siempre, el 3 de marzo va a ser distinto.
También me pasa que me parece raro ver posteos que muchos le dedican a un ser querido que ya no está… como si este pudiera efectivamente leerlo. Obviamente, quien lo publica lo sabe, pero aun así, necesita hacerlo, para hacer catarsis y para ilusionarse o jugar a que sí, lo va a leer.
La otra noche, mientas pensaba medio dormida cómo iba a atravesar este día, se me ocurrió -o soñé- una idea loca, linda pero poco probable. Había un grupo de ángeles viejitos recién llegados al cielo, sentados en el borde de las nubes, con las piernas colgando para abajo, mirando cada uno su flamante celular obsequiado por San Pedro al llegar. Era un aparato solo permitido a los viejitos novatos, porque todavía no se acostumbraban a estar lejos de sus seres queridos. Y como excepción, se les permitía mirar lo que publicaban los suyos en las redes sociales… solo por un tiempo.
El privilegio, que los distinguía del resto de los ángeles, duraba unos largos meses, hasta que se les fuera disipando la sensación de ausencia, y se acostumbraran a su nuevo hogar. Con esta práctica, la mayoría se quedaba tranquilo y feliz, viendo como su familia y amigos los recordaba con cariño, y sentían, en su nuevo corazón no corpóreo… un calorcito reconfortante.
Por eso, por las dudas, si es posible, y si ya tenés el celular, ¡feliz cumple, Peta! Te extraño, te quiero y te queremos, siempre.

P.D. cuando publiqué esto en FB recibí unos mensajes tan cariñosos y lindos que merecen ser pegados acá. Ahí van:

Silvia: A Peta, que estoy segura nos está espiando con el celu
Ana: Hermoso escrito. Si que se la extraña a Elsita!!!
Federico: Abrazo sentido querida Gaby! He pasado por esas sensaciones. Por esos sentimientos y aunque no sea necesario lleves la cuenta, el tiempo la llevará por vos y cada vez se extraña menos y en su lugar cada vez se recuerda más. Todo mi cariño para vos en este día del natalicio de la mamá que te dio la vida
Hugo: Es bueno hacer o escribir lo que uno cree que ayuda a llevar eso, que todos sentimos, la enorme ausencia!!! Pero lo mejor de todo es pensar todo el tiempo que la vida nos permitió tenerlos y disfrutarlos. (Cuando ví tan cerca la bandera a cuadros, el único santo que invoque, fue mi vieja. No se si me curó ella, pero que bien me hacía). Le mando a Elsa un beso de los que tantos años no le di.
Caro: Gaby, me emociona mucho la idea del celular para los que están allá arriba. Siempre me encantó escuchar cómo te ocupabas de tu mamá. Cómo te ocupabas tanto porque estuviera bien. Feliz PNC
Euge: Feliz Cumple Peta querida acá estamos conectadas desde ese celular imaginario para decirte Feliz Cumple!!!!!
Vale: Lindísimo sueño, Gaby ... y siguen estando aunque no estén

miércoles, 10 de enero de 2024

Mi cuento de Navidad


Siempre que voy al cementerio voy con una especie de ilusión. Corto flores y ramas de mi jardín y las ato con un lindo moño, y cargo una botella de agua “de la casa” para poner en el florerito. A medida que avanzo por el camino lateral ya adivino desde lejos el lugar, junto a un nogal antiguo y un banco de cemento.

Voy con cuidado, tratando de no pisar la cara visible de los otros muertos. Elijo cuidadosamente el pasto, como harían los chicos en un juego de no pisar las baldosas blancas, o como sin duda lo haría el maniático personaje de Jack Nicholson en “Mejor… imposible”.
Llegar a la parcela y ver la lápida familiar fue un shock. Durante mucho tiempo, solo habían estado los nombres de mis abuelos, grises y erosionados por años de lluvias y soles. Esta vez ya habían agregado el nombre de mi mamá, cuyas letras negras resaltaban sobre la piedra blanca. Y también el de mi papá, que por un error administrativo, no habían grabado en su momento, hace más de 15 años.
Mi última imagen de "ella" fue una urnita de madera cubierta de pétalos de rosa en un pozo cuadrado, aún abierto. Y hoy, ver ese nombre en grandes letras negras fue un sello que me hizo más evidente lo innegable.
Pero no fui este día con ganas de estar triste, sino con ánimo de saludar y agradecer. A ella y también a mi viejo y a mis abuelos Pá y Piti. Por cómo me cuidaron, las comidas ricas que me hicieron, los paseos, los retos, los consejos, las prohibiciones, toda la ayuda, las charlas, el ejemplo.
Y para decirle a mi vieja, que partió hace ya 3 meses, que la extraño, que me hacen falta sus rabietas, sus historias y sus tejidos. También que sabía que estaba cansada, aunque creo que le hubiera gustado estar esta noche brindando con nosotros, aunque estuviera medio cascoteada.
Pero bueno, allá en el parque quedaron las flores con el agua de la casa, y desde acá la recordaré esta noche en esta primera navidad sin ella, mirando para arriba, buscando alguna estrellita que brille más que el resto, y pensando que a lo mejor … es ella.

jueves, 5 de mayo de 2022

Metete el gato en el culo

 

Un hombre pinchó una goma en mitad del campo. Se bajó del auto y allá lejos vio una luz encendida en una casa y empezó a caminar hacia ahí para buscar ayuda.  

Mientras caminaba pensaba: “¿Y si no tienen gato?, ¿y si no me quieren ayudar?, ¿y si tienen gato pero los malparidos me piden plata? ¿Cuánto me pedirán?, ¿1000 pesos? ¿2000 pesos?, ¿5000 pesos?”.  Y así siguió imaginando situaciones, una peor que otra.

Cuando llegó a la casa, tocó el timbre, y un hombre le abrió la puerta. Sin dudarlo, nuestro personaje le dijo: “¿Sabés qué? ¡Metete el gato en el culo!” 


Este chiste viejo pero muy real describe lo mal que estamos predispuestos muchas veces, por las dudas, o por hábito. Algunos dicen que la situación, el estrés, la sociedad, el mundo, la guerra, la pandemia, etc. hacen que todos estemos siempre al borde del estallido. 

Personalmente tengo que admitir que estaba acostumbrada a defenderme por las dudas. Y a pensar que el otro venía irremediablemente a tratar de joderme la vida. Por suerte, con los años y la terapia, pude ir dándome cuenta de esto y al menos, reflexionar antes de tirar la primera piña. 

En mi barrio hay una barrera muy transitada, donde los que la cruzan tiene prioridad de paso. Como se juntan muchos autos, hay una fila que aguarda del lado izquierdo, donde más de una vez los conductores empiezan a tocar bocina impacientes. Pero no les queda otra que esperar, la prioridad de paso es así. Sabiendo que estoy ejerciendo mi derecho, hasta me gusta tirarle el auto encima a que atisba a pasar cuando no le corresponde. 

El otro día, mientras yo "ejercía mi derecho", cruzaba la barrera y doblaba, un hombre que esperaba sobre la izquierda me hizo una seña como de "poné el guiño". Yo frené junto a su ventanilla y le dije con voz metálica "tengo prioridad". "ya sé, por eso te estoy esperando, pero tenés que poner el guiño para que el que espera sepa si vas a doblar o a seguir derecho". 

El hombre tenía toda la razón, y me sentí una cocorita insoportable, igual al del cuento. Juro que desde ese día me propuse respirar hondo y mirar antes de decir "metete el gato en el culo" porque la mitad de las veces, la gente solo quiere ayudar. 

domingo, 30 de enero de 2022

Desde arriba



La sala solo tenía algunos apliques encendidos, que dejaban ver torres de butacas de terciopelo morado. Habían sido removidas del piso y ahora estaban amontonadas en un costado, contra las paredes. Los palcos estaban en penumbra, aunque se podía adivinar también un juntadero de sillas apiladas. ¡El escenario sí que estaba iluminado a pleno!  Y realzaba los pliegues del inmenso telón borravino, sostenido a cada lado por sogas doradas, rematadas con borlas de seda al tono.

Mientras subía a la plataforma por una escalerita central, ella no pudo evitar sentirse -solo por un instante- una estrella de Hollywood en busca de su Oscar. Sonrió y se puso a pensar cuál sería su discurso de agradecimiento, cómo sería su vestido y cómo se vería todo ese gran público desde las tablas.  Pero la voz del muchacho de la inmobiliaria la volvió a la realidad.


-         "Hay otro interesado, pero la empresa cree que sería bueno poner acá una librería para proteger el edificio. Las molduras, los óleos del cielorraso, los balcones de los palcos...son trabajos artesanales que ya no se hacen. Y el edificio parece que lo quieren declarar monumento histórico, así que no sería ético alquilarlo para conciertos de rock. Al segundo show seguro que algún desubicado se sube a un palco y rompe todo. O se cuelga del telón y le arranca un pedazo…"

Mientras el empleado seguía con su discurso ella se puso a curiosear detrás de las bambalinas. Nunca había vuelto a caminar por la “parte de atrás” de un cine teatro, desde aquellos actos escolares en el “25 de Mayo” de la calle Triunvirato, en Villa Urquiza. Mientras esperaban que los chicos de otros grados hicieran sus representaciones, los de segundo habían recorrido el escenario de punta a punta por detrás del cortinado. Hasta que finalmente les llegó el turno y quedaron frente al público para cantar “Old McDonald had a farm”, disfrazados de pollitos, vacas, cerdos y conejos.

El recuerdo de esa foto suya disfrazada de chanchito rosado la hizo sonreír, hasta que su pie se topó con una paloma muerta apoyada contra un rollo de gruesas sogas. El hallazgo la trajo de vuelta a la realidad u una sensación de asco e impresión empañó la fascinación por el lugar. 

Impresionada, volvió al escenario, y caminó hasta el borde. La sala semi oscura se abría al frente:  la planta vacía sin butacas era inmensa, los tres pisos de palcos acotaban aquél  recinto majestuoso. Un poco más arriba, el cielorraso circular rodeado de tenues luces amarillentas realzaba las pinturas de figuras femeninas rodeadas de ángeles.. De nuevo se puso a pensar cómo sonarían los aplausos desde ahí arriba. Cómo se sentiría las actrices y los actores al recibir el reconocimiento del público.

La charla del empleado, que seguía conversando animadamente con su ex marido, la sacó del ensueño. Ya estaban ultimando los detalles del contrato de alquiler, en principio por 5 años, con derecho a renovar. Solo faltaba una última recorrida por el sótano y la sala de máquinas. Antes de bajar, y mientras los hombres se dirigían a la escalera de servicio, ella miró una vez más hacia los palcos superiores. Y no pudo evitar extender  los brazos (total nadie la veía); hizo un reverencia como las que vio hacer tantas veces a las actrices de Hollywood en la teles. Sonrió y dijo en voz muy baja: “gracias a todos, muchas gracias”.  


jueves, 7 de octubre de 2021

Ros ¿quéeee?

 Los mil y uno cortes... mandá tu versión

De milagro éste le pegó

Amigo de Jaime


Las carnes rojas, que le dicen


de 
Sencillez ante todo



Más IVA


Barroco el muchacho


ay casiiii


fafafa


empata en el podio


Economía de recursos se llama esto


Ros Stewart


vamo la remolacha


Los precios están por las nubes...o por el techo



Don Sigmund y las casualidades

Como casi todos los domingos, esa mañana de mediados de marzo me encontró jugando al tenis con amigas. En un momento del partido, corrí una ...

La mesa del fondo