sábado, 30 de abril de 2016

Una torta consistente

La semana pasada me puse a hacer un lemon pie para llevar a un cumpleaños, y uno de mis hijos llegó a la cocina con la nariz levantada, siguiendo el rastro del perfume de la masa horneada. “Hmmmm qué rico”, dijo.

No me preocupé mucho de que la atacara como tantas veces, porque en estos tiempos está encantadísimo con el crossfit y la dieta Paleo. Aunque le dije  que hay que comer de todo, según dicen los especialistas en nutrición, sigue entusiasmado entrándole a las proteínas y mirando con asco las harinas, la papa  y el azúcar.


Como le encanta cocinar me preguntó cómo se hacía esa tarta que no iba a comer, y le expliqué que tenia la clásica base de galletitas dulces, azúcar y manteca. Y encima una mezcla de leche condensada batida con 4 yemas y media taza de jugo de lima, que se lleva a horno mediano durante 20 minutos.  

Mientras yo lavaba el bowl y el batidor empezamos a hablar de un asador criollo que se está haciendo con su hermano en el jardín. En realidad hace más de dos meses que entre los dos se pusieron a hacer una especie de “piletita” en una zona que les cedí, donde quieren clavar la cruz de hierro para cocinar cordero, chancho, etc. El proyecto empezó con un entusiasmo que luego decayó, y ante mis quejas de tener una especie de tumba en medio del jardín, resolvieron retomar. Me comentó que había visto modelos de asadores con paredes de ladrillo refractario, adoquines, bloques de cemento y pensamos que tal vez podríamos comprarle piedritas blancas en el medio para que quede más lindo.



Cuando terminé de lavar y acomodar me acercó el teléfono para mostrarme unas fotos. Yo las miré atentamente y le dije que era muy rara esa base de tarta bicolor, que cómo habrían hecho para que sea así y de qué sería la masa. También comenté que estaba muy prolija y seguramente quedaría muy rica.

Ví que mi hijo se reía. Y me agrandó las fotos. No era una base de tarta de galletitas sino un asador criollo con un prolijo borde de ladrillos de dos colores. Todo esto me pasa por no tener los anteojos a mano. "No te dije nada porque estaba causando mucha gracia lo que me decías", comentó. 

Por eso es que ahora tengo varios pares de anteojos de esos descartables, repartidos en cada rincón de la casa. No quiero que crean que tengo Alzheimer o que me volví loca por haberle puesto yerba a la pizza o yoghurt al café. Lo que ocurre, sencillamente, es que en esta casa ¡hay muy poca luz! 



martes, 5 de abril de 2016

El regalo de Hernán Oliva

La noticia triste se difundió en todos los noticieros este 2 de abril: murió el mítico saxofonista “Gato” Barbieri, creador -entre otros temas inolvidables-  de “Europa”, esa obra que desborda pasión y erotismo. Barbieri fue uno de los exponentes del jazz argentino, y ya acompaña entre las nubes a otras bestias musicales como el “Mono” Villegas, Lalo Shiffrin, “Fats” Fernández y Hernán Oliva.
Justamente de Hernán Oliva quiero contar una historia que ocurrió hace casi 30 años. Yo estudiaba arquitectura de noche, y había organizado ir a comer con mi papá por San Telmo, a la salida de la facultad. Un compañero mío que se acababa de divorciar estaba un poco bajoneado y lo invitamos a sumarse a la salida. Después de comer unas pizzas fuimos a tomar un café a uno de los típicos bares del barrio, y al salir vimos venir a un hombre algo gastado, de traje y sombrero y con un violín al cuello.
¡Hernán Oliva!, dijo mi papá entusiasmado. ¡Es un fenómeno! Mi amigo y yo no sabíamos quién era, pero él, contador de profesión y músico por adopción, sabía de su talento y lo admiraba mucho. El viejo se nos acercó con pasos titubeantes; se notaba que estaba un poco “entonado” por algunos vinos o whiskies. ¿Les toco algo?, preguntó.
¡Lo que quiera, maestro!, dijo mi papá. ¿Tango o jazz?, preguntó. ¡Tango! pidió el contador pianista mientras le deslizaba un billete en el bolsillo chiquito del saco. Oliva se calzó el violín al cuello y empezó a tocar. Eligió Malena, y empezó a llenar de acordes profundos la calle desierta. 

Ese momento fue sublime, a pesar de la tristeza que despertaba que un músico de su prestigio anduviera yirando y tocando por una limosna. Y así deambulaba por los bares, tomando y tocando. Y lo hacía cada vez mejor a medida que avanzaba la noche y el alcohol le iba dando calor a las venas.   

Y aún en medio del clima de nostalgia y una cierta decadencia, esa calle solitaria de adoquines oscuros se llenó de magia. Había una luna enorme y brillante que parecía querer asomarse a escuchar con nosotros. Y ahí estábamos los tres solos frente al músico, emocionados con la melodía triste, melancólica y bella que nos regalaba en esa noche de otoño. 

Era Hernán Oliva, el violinista errante, al que le gustaba tocar por la calle. Esas mismas veredas donde fue hallado muerto en 1988, casi a los 75, abrazado al estuche de su eterno compañero de aventuras. 

Una caricia en el monitor

  Hace un tiempo terminé de vaciar el departamento de mi papá, y entre las pocas cosas que dejaron mis “hermanastras” encontré una fotito de...

La mesa del fondo