jueves, 5 de mayo de 2022

Metete el gato en el culo

 

Un hombre pinchó una goma en mitad del campo. Se bajó del auto y allá lejos vio una luz encendida en una casa y empezó a caminar hacia ahí para buscar ayuda.  

Mientras caminaba pensaba: “¿Y si no tienen gato?, ¿y si no me quieren ayudar?, ¿y si tienen gato pero los malparidos me piden plata? ¿Cuánto me pedirán?, ¿10.000 pesos? ¿20.000 pesos?, ¿50.000 pesos?”.  Y así siguió imaginando situaciones, una peor que otra.

Cuando llegó a la casa, tocó el timbre y un hombre le abrió la puerta. Sin dudarlo, nuestro personaje le dijo: “¿Sabés qué? ¡Metete el gato en el culo!” 


Este chiste viejo pero muy real describe lo mal que estamos predispuestos muchas veces, por las dudas, o por hábito. Algunos dicen que la situación, el estrés, la sociedad, el mundo, la guerra, la pandemia, etc., hacen que todos estemos siempre al borde del estallido. 

Personalmente tengo que admitir que estaba acostumbrada a defenderme "por las dudas". Y a pensar que el otro venía irremediablemente a tratar de joderme la vida. Por suerte, con los años y la terapia, pude ir reconociendo las situaciones, y al menos, reflexionar antes de tirar la primera piña. 

El disparador de tanta filosofía barata fue que cerca de mi barrio hay una barrera muy transitada, donde, como siempre, los que la cruzan tienen prioridad de paso. Como se juntan muchos autos, hay una fila que aguarda del lado izquierdo, donde más de una vez los conductores empiezan a tocar bocina impacientes. Pero no les queda otra que esperar, porque la prioridad de paso es así. Sabiendo que estoy ejerciendo mi derecho, hasta me gusta tirarle el auto encima al que atisba a pasar cuando no le corresponde. 

El otro día, mientras yo "ejercía mi derecho", cruzaba la barrera y doblaba, un hombre que esperaba sobre la izquierda me hizo una seña con los dedos como de "parpadeo". Yo frené junto a su ventanilla y le dije con voz metálica: "tengo prioridad". "Ya sé, por eso te estoy esperando, pero tenés que poner el guiño, para que el otro sepa si vas a doblar o a seguir derecho", me respondió.

¡El hombre tenía toda la razón! Y me sentí una cocorita insoportable, igual al del cuento. Juro que desde ese día me propuse respirar hondo y pensar unos segundos, antes de decirle a otro que se mata el gato en el culo. Es que la mitad de las veces, alguno ya te está esperando con el gato en la mano... 

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