Como casi
todos los domingos, esa mañana de mediados de marzo me encontró jugando al
tenis con amigas. En un momento del partido, corrí una pelota que a mi
compañera le había quedado muy alta, y en el enroque, chocamos. Ella es
jugadora de hockey, y la colisión la encontró armada y sólida. Yo en el colegio
no elegí hockey; por lo tanto, me caí y me di un porrazo marca cañón.
Cuando me
quise incorporar, no pude apoyar mi muñeca izquierda, que se había transformado
en algo deforme y torcido. “Esto se complicó”, pensé. Me ayudaron a levantar, y
enseguida llegó un médico que estaba jugando en la cancha de al lado. Le pedí que tratara de “acomodar” el hueso, como
hacen en las películas. Se rio y me dijo que esto era, seguramente, una
fractura. Y que la tenían que tratar en el Austral, porque no había nada que
acomodar, sino más bien inmovilizar/enyesar.
Al día
siguiente del incidente viajábamos a San Juan para unas esperadas minivacaciones, donde conoceríamos la finca de unos amigos que cultivan pistachos.
Habíamos organizado el itinerario con meses de antelación, calculando que aún fuera
tiempo de cosecha, pero que no hiciera mucho calor, etc. En el momento de la
caída me acordé al toque del viaje y pensé: “Vamos igual, con yeso y todo”.
Luego de un par de horas en el Hospital Austral, volví a mi casa con un bodoque de muñeca a axila, y una orden para cirugía en un lapso no mayor de 10 días. Así que ni pensar en andar conociendo la Argentina, cuando tenía que dedicarme a buscar cirujano, conseguir un sobreturno y planificar la operación, que consistiría en colocar una placa con 6 tornillos, además de algunos grampones para reparar los ligamentos rotos.
Días antes…
Un primer
acontecimiento había ocurrido a comienzos de marzo: entró al barrio un perro con
collar y correa. Los vigiladores recordaron que habían tirado petardos en un
partido de fútbol de un club cercano, y seguramente el perro se asustó y salió
corriendo para cualquier lado. Lo publicaron en el grupo de WhatsApp de “Perros”
del barrio, para tratar de encontrar a sus dueños, y a la nochecita me acerqué
a la guardia para ver si tenían algo para darle de comer. Allí no había ningún
lugar donde poner al animal, ni lo podían dejar suelto y circulando por las
calles del barrio. Habían atado a un poste la correa de un metro, y el perro se
quedó ahí, asustado, limitado de movimientos y muerto de hambre.
Me acerqué
despacio, tanteando para ver si era buenito o mordedor. De pronto apoyó su
cabeza en el hueco de mi mano y me miró con esos ojos. Le puse un platito con
alimento balanceado que no tocó, pero aceptó comerlo de mi mano. Una vez, dos
veces, cinco veces. Le reemplacé la correa corta por un cable para que se
pudiera mover con más libertad, y me volví a mi casa. Obviamente pasé toda la
noche pensando en el perro, y compartí su foto y mi teléfono en todas las redes
sociales de "Perros Perdidos" de la zona. A la mañana siguiente lo fui a ver; estaba
hecho un ovillo chiquitito y me dio tanta pena que me lo traje a mi casa. Al
menos para darle un hogar transitorio sin correa y con algo de cariño, mientras
aparecían sus dueños. El problema era que yo me iba de viaje… mis dos perras se
quedaban en una guardería, y no podía llevarlo a él también a él, por si aparecía
su familia.
Una amiga
se ofreció a tenerlo mientras me iba a San Juan, algo que finalmente no
sucedió. Y aquí sigue Tincho en casa desde hace más de un mes y medio. Le puse
así porque a simple vista, por su pelo, me pareció un carpincho. Mi hija me
dijo exactamente lo mismo cuando lo vio, así que seguramente algo de carpincho
debe tener.
Lamentablemente,
nunca nadie lo reclamó ni lo pidió en adopción. ¡Y eso que tiene una carita preciosa!
En este tiempo, gracias a la ayuda de Marisa
—otra fan de los perros del barrio— lo castramos, vacunamos, bañamos, desparasitamos, etc. Duerme en un colchoncito en
el lavadero, porque afuera le ladra a todo lo que pasa. Pasea dos veces por día
con mis otras perras, y es un miembro más de la familia, sin duda el más
inquieto y adolescente.
Lo que no
conté, es que además de pelo de carpincho, él tiene la “muñeca” izquierda
torcida, chueca. El veterinario dice que sin duda tuvo una fractura mal
soldada, y que es necesario operarlo para remover todo el callo, ¡y colocar
una placa con 6 tornillos!
Psicoanálisis vs. fatalidad
Discuto
mucho con mi terapeuta sobre el origen de mi fractura. Si realmente quería ir a
San Juan o no. ¿Por qué busco “ir al
choque”? ¿Por qué salgo a buscar una
pelota como una tromba, sin analizar el escenario? (¡!!!) Y un montón de
elucubraciones de ese estilo, que ya le dije que no le compro, al menos en esta ocasión. Fue solo un accidente deportivo; buscarme una
caída con fractura sería, por ejemplo, ir a jugar con los cordones desatados, ojotas
o pantalones Oxford.
Pero hay un
detalle que le agrega condimento a estas dos historias que conté, y aún no lo
comenté en mi terapia. Me hace pensar mucho en don Sigmund, y lo tengo
reservado para la próxima sesión. Como ya sabrán a esta altura, me llamo
Gabriela, aunque mi mamá me decía “Gabo”. También Gabito, Gabotincho, o
sencillamente, “Tincho”.
Veré a
qué conclusión llegamos este martes a las 15, y si esta vez sí se la compro a
mi analista. Y contaré, más adelante, en qué derivó la sesión.


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