Así decía mi suegra en cada aniversario de la muerte de su mamá, doña María, a quien no conocí. Ese día iba con una de sus hermanas a la bóveda familiar del cementerio de Quilmes. Llevaban flores y “cambiaban los manteles”, unas carpetitas blancas bordadas a mano que ponían sobre una repisa con retratos de los difuntos que descansaban ahí.
Le voy a
tomar prestada la expresión a mi suegra, ya que hoy “es la fecha” de mi mamá,
que decidió partir hace tres años. Es increíble lo rápido que pasa todo, y
ahora soy abuela, lamento muchísimo que no haya podido conocer a la nena. Creo
que se hubiera puesto como loca con ella, con cada una de sus monerías y su vocecita
encantadora.
Pongo esta foto de ella en Mar del Plata, que siempre me gustó. No tengo idea de la edad que tenía, pero creo que estaba muy feliz, de vacaciones con mis abuelos y mi tía.
Quería
escribir algo más para no hacer una entrada tan corta, pero solo me salieron
frases trilladas, lugares comunes, nada que valiera la pena. Pero no quería
dejar pasar este día donde la recuerdo con una cariñosa complicidad. “La fecha
de mamá”, esas palabras que siempre me parecieron una pintoresca antigüedad, empezaron a resultarme
mucho más familiares. Pero voy a quedarme solo con lo de pintoresca; lo de antigüedad mejor lo dejamos para los mantelitos.
Como dice Clint Eastwood, “no hay que dejar entrar al viejo”.
