domingo, 23 de agosto de 2026

El pequeño Pá que miraba fiero

 


Dicen los registros de inmigración que mi abuelo llegó de Badajoz cuando tenía apenas un año. En ese tiempo eran solo tres: mamá Catalina, papá Francisco y el pequeño Juan, y habían decidido dejar los mezquinos campos de Extremadura en busca de una vida mejor. Se instalaron en una casita en Villa Pueyrredón, que era un poco campo y un poco caserío. Algo de fondo, dos piezas modestas y no mucho más. Creo que Francisco trabajó en la construcción, actividad que le permitió criar a todos los hijos que vinieron después: Alberto, Miguel y la pequeña Tita.

Mi abuelo Juan -o Pá, como le dijimos siempre- desde chico fue entrador y se destacaba del resto. Más de una vez la maestra lo dejaba de lado a la hora de repartir algún regalito modesto como un lápiz, una regla o una libreta para hacer la tarea: Juancito llevaba el guardapolvo ultra blanco y bien planchado. Sin duda su familia tenía las necesidades básicas satisfechas, y algo más. Pero según cuenta mi mamá, si bien lucía impecable, era el más pobre de todos sus compañeros, pero esto no impedía que Catalina pusiese el mejor esmero en que su hijo fuera prolijo a la escuela.

En mi escritorio tengo la foto familiar que siempre estuvo en la casa de mi mamá. En la imagen están todos serios, seguramente sus mejores y únicas prendas “de salir”, que hasta los hacen parecer distinguidos. Ella está sentada en una banqueta, con blusa blanca con volados, aros, pollera negra y una sombrilla. Al lado el pequeño Alberto, de meses, lleno de puntillas de arriba abajo. Atrás, de pie, mi bisabuelo con camisa y corbata, un chaleco y un saco largo. Luce unos bigotes gigantes como los de los políticos de Tía Vicenta, es buen mozo, y está serio. Delante de él, mi abuelo de unos 5 años, con flequillo, un trajecito gris con chaleco y pantalón corto, una patita cruzada con sus medias blancas y zapatos Guillermina de charol. Ya tiene la cara de cabrero enojado que lo acompañó toda la vida, cuando algo no le gustaba. Como le pasaba ahí, que lo hacían posar vestido de serio. Están sobre una alfombra, y detrás hay una tela pintada que simula un ambiente “lujoso”, con una cama de bronce con ornatos y cortinas con borlas de seda. Un ambiente muy distinto al de su casita inicial de Villa Pueyrredón.

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