Dicen los registros
de inmigración que mi abuelo llegó de España
cuando tenía apenas un año. En ese tiempo eran solo tres: mamá Catalina, papá Francisco
y el pequeño Juan, y habían decidido dejar los mezquinos campos de Badajoz, en Extremadura,
en busca de una vida mejor. Se instalaron en una casita en Villa Pueyrredón,
que era un poco campo y un poco caserío. Algo de fondo, dos piezas modestas y
no mucho más. Creo que Francisco trabajó en la construcción, actividad que le
permitió criar a todos los hijos que vinieron después: Alberto, Miguel y la
pequeña Tita.
Mi abuelo
Juan -o Pá, como le dijimos siempre- desde chico fue entrador y se destacaba
del resto. Más de una vez la maestra lo dejaba de lado a la hora de repartir
algún regalito modesto como un lápiz, una regla o una libreta para hacer la
tarea: Juancito siempre llevaba el guardapolvo ultra blanco y bien planchado. Por
su aspecto, seguramente pensaba que ese nene venía de una familia sin grandes
necesidades. Pero según cuenta mi mamá, era el más pobre de todo el grado, aunque
esto no impedía que Catalina pusiese el mejor esmero en que su hijo fuera
prolijo a la escuela.
En mi
escritorio tengo la foto que siempre estuvo en la casa de mi mamá. En la imagen
están todos serios, seguramente sus mejores y únicas prendas “de salir”, que
hasta los hacen parecer distinguidos. Mi bisabuela Catalina está sentada en una
banqueta, con blusa blanca con volados, aros, pollera negra y una sombrilla. Al
lado el pequeño Alberto, de meses, lleno de puntillas de arriba abajo. Atrás,
de pie, mi bisabuelo con camisa y corbata, un chaleco y un saco largo. Luce
unos bigotes gigantes como los de los políticos de Tía Vicenta, es buen mozo y serio. Delante de él, mi abuelo de unos 5 años, con flequillo, un
trajecito gris con chaleco y pantalón corto, la patita cruzada con unas medias
blancas y zapatos Guillermina de charol. Ya tiene esa cara de cabrero enojado
que lo acompañó toda la vida cuando algo no le gustaba, como por ejemplo, estar
ahí posando con esa ropa. La familia está instalada sobre una alfombra tipo
persa, y detrás se ve una tela pintada que representa una atmósfera
sofisticada, “lujosa”, con una cama de bronce con ornatos y cortinas con borlas
de seda. Un ambiente muy distinto al de su primera casita de Villa Pueyrredón.

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