sábado, 20 de septiembre de 2014

Día de picnic: sucios, cansados y felices




Ni bien empieza septiembre todo el mundo empieza a hablar de la primavera. Y cuando se acerca la semana del 21, aparece el tema del picnic. Siempre y cuando uno sea un adolescente.

¿Cómo olvidar los del secundario? Uno de los que más recuerdo fue en la quinta de un compañero, pero de verdad no sé si era en Moreno, Maschwitz o Del Viso. Era endemoniadamente lejos, de modo tal que si me dijeran que era en Tartagal, hasta podría aceptarlo como una posibilidad. 

Esa mañana madrugamos en serio para ver si llovía, si “se hacía”. Históricamente los 21 de septiembre suelen ser fríos y grises, como para arruinar todos los programas. En aquél tiempo no había celular y muchos ni siquiera tenían teléfono en su casa, de modo que había que empezar a hacer una cadena para decidir si íbamos igual, a pesar del clima hostil.

El día del que estoy hablando obviamente decidimos desafiar al pronóstico dudoso, y ahí partimos a las 7 de la mañana, en feliz aglomeración, a tomar un colectivo de media distancia con dirección desconocida. Semi dormidos y cargados como Ekekos, pero felices.

Los días previos al picnic las chicas habíamos hecho los deberes: pasar por Cabildo para comprar una remera y una bermuda o shortcito para estrenar ese día. Ir a depilarse para tener las piernas tersas como una Barbie y encargar en casa que nos prepararan una milanesa para el sándwich, o pasar por el almacén a comprar jamón y queso. Las habilidosas preparaban alguna torta o pasta frola para la tarde, las que no eran tan amantes de la cocina, elegían alfajorcitos de maicena…que para la hora del té ya estaban chorreados y pegajosos ¡pero ricos igual!

Los varones se encargaban de la música y el deporte. El idóneo llegaba cargando un minicomponente del tamaño de una heladera, una bolsa de cassettes y varios blisters de pilas de las grandes. Algún artista llevaba la guitarra y otro la pelota y algunos mazos de cartas para el truco.

Después de más de dos horas de viaje, bajábamos del colectivo para tomar un camino de tierra que nos conducía al paraíso. Había que recorrer algunas cuadras de campo hasta llegar a la tranquera: ocho. Con los bolsos, las bolsas, el equipo de música, la pelota y el sándwich que cada vez se aplastaba más en la mochila.

Pero ni bien aparecía la tranquera empezaba la gloria: todos corriendo a la casa, un cuarto para las chicas otro para ellos. ¡A cambiarse! Shorts para todo el mundo, fulbito instantáneo, y las nereidas ¡a tomar sol en bikini al borde de la pileta! La temperatura no era la mejor, había como 15 grados, pero ¡había llegado la primavera! Bajo ese sol tímido, las piernas no eran sin duda las de Barbie, sino que más bien parecían las de un pollo de supermercado: pálidas y frías.

Pero a medida que avanzaba el día, la primavera nos había regalado un lindo día de sol tibio. Y formamos un grupete homogéneo mientras comíamos sentados en ronda sobre un mantel en el paso. Tal como veíamos los picnics en las películas, aunque en la casa hubiera mesas y sillas para todo el mundo.

El artista del curso aparecía con la guitarra para tocar las canciones de siempre: Pastoral, Sui Generis, Vox Dei, León Gieco, Serrat. Las mismas que siguen asesinando hoy cuando se junta un grupo de aquella época (!!!!!!!!!!). Algunas parejitas se apartaban y se iban a caminar entre los árboles, arbustos y yuyos porque la sensualidad flotaba en el aire. ¡Y qué fuerte nos latía el corazón!  

El día iba pasando con todo tipo de actividades, gastronómicas, deportivas, musicales, eróticas, sociales, sensuales. Cuando llegaba la merienda, todos cansados y transpirados arremetíamos con lo dulce y lo quedaba de las gaseosas, sabiendo que nos quedaban dos horas de bondi por delante. 

En cámara lenta juntábamos todo, llevábamos las bolsitas de la basura a la calle, cerrábamos las puertas y la tranquera y caminábamos las ocho cuadras de tierra para esperar el colectivo. Los que conseguían asiento se quedaban dormidos inmediatamente, y el resto no conversaba demasiado, sino que se sumía en sus cavilaciones y luchaba contra el cansancio.

Finalmente llegábamos a casa, con suerte tres horas después y ya de noche, cansados y sucios, pero con el alma llena de juventud. ¡Qué linda es la primavera!





viernes, 13 de junio de 2014

Vasta de vurradas


Atilio, el marido de Ofelia, puso en su portafolio los utensilios para ir al concilio sobre familias en el exilio.

Mientras Atilio se va al concilio, vamos a mirar un rato algún programa en la tele donde enseñen a cocinar. Ahí aprenderemos cómo hacer algún rico plato fusión… y también un nuevo y pobre uso de nuestra vapuleada gramática.

Son varios los jóvenes cocineros que se valen de los “utensiyos” para preparar sus platos de autor. Hasta hace poco, los cucharones, espumaderas y sacacorchos se llamaban utensilios. Hoy han pasado a ser “utensillos”, y por ende, los nombramos a la argentina, con una sonora y reverberante Ye.

Puede ser que en un tiempo, finalmente se resuelva simplificar, y usar indistintamente la c, la s y la z. Amalgamar la v y la b, emparentar la j y la g, erradicar la h inicial. Seguramente leeremos que la casa y la pesca son actividades para jente baliente a la que le gusta acer cosas ejtrabagantes. O algo así. Pero para eso falta, ya que todavía no han dado la orden de descuartizar y archivar para siempre nuestro idioma.

Ya que estamos en el canal de recetas, nay que contar cuántas veces el cocinero usa la palabra incorporar. En el colegio nos habían enseñado que los sinónimos de agregar pueden ser sumar, mezclar, aunar; acá sólo se incorpora, no se suma ni se mezcla ni se agrega. Se incorpora y se incorpora y se incorpora. Entre tanto ejercicio de cortar la cebolla en brunoise, los tomates concassé y la salsa demi-glace, no vendrían mal unos ejercicios de lengua castellana.

¡Vamos chicos y muchachos de los cursos de gastronomía! El mercado esta lleno de échalotes, vieiras y cardamomo, pero el diccionario cuenta con palabras preciosas que le darán algo de riqueza a su forma de expresión.Y no estamos pidiendo que tengan la verba de Mariano Grondona, pero tampoco la de Bernardo, el ayudante del zorro. O la de Tarzán.

Pero si perdemos la batalla, los utensilios serán utensillos para siempre, y los llamaremos utensiYos. Y Atillo, el marido de Ofella, pondrá en su portafollo los utensillos para ir al concillo sobre famillas en el exillo. Y cuando leamos, sabremos que AtiYo, el marido de OfeYa, puso en su portafoYo los utensiYos para ir al conciYo sobre famiYas en el exiYo.

¿No es beYo?

Vos ¿merecés festejar el Día de la Mujer?



Felipe y Lula se están peleando por el control remoto para ver quién elige el programa de TV. En un momento, Lula le rajuña la mano a su hermano, y le deja cuatro surcos bien marcados de los que asoma un poquito de sangre, y le arrebata el control. El chico se pone loco y la agarra de las mechas. “Pará que soy mujer, ¡sos un animal!", le grita mientras sale corriendo a la cocina para contarle a su mamá lo que el bruto Felipe le había hecho.

Situaciones como estas se dan a diario, y carecen de toda ética. No se puede atacar con munición gruesa como el peor de los gurkas (rajuñar duele tanto como una piña, y tiene riesgo de infectarse) y después ponerse en el rinconcito de las niñas adoratrices, impolutas e inocentes. Si jugás rudo, bancatelá hasta el final. O no juegues.

En el colegio siempre había un gordito de anteojos que era un flor de guacho, ya que con la excusa de que no lo podían fajar, hacía algunas cosas por las que hubiera merecido un par de piñas. No es fair play. Merece la piña, por abusar de su impunidad.

Algunas veces escucho que la presidente hace algo parecido. No quiero darle un tinte político a este comentario, solo va como ejemplo de una conducta de alguien conocido por todos, y que no veo ética. Por momentos arremete con todos los misiles, argucias legales, verborrágicas o técnicas capaces de derribar al más fuerte. Pero cuando viene el contraataque, aduce que la atacan “porque es mujer”. Una mina que pega patadas, tira dardos, manda indirectas fulminantes y tiene todo el peso del poder, pelea a la par de un hombre. Y se la tiene que bancar con honor, como si tuviera bigotes y el pecho lleno de pelos.  

Por eso no comparto eso de festejar el Día de la Mujer. ¿A qué tipo de mujer se homenajea? ¿Es lo mismo que el día del animal, el día del niño o el día del empleado público? Y entonces ¿cuándo es el día del hombre? En estos tiempos en que las mujeres trabajan a la par de los hombres, aspiran a los  mismos puestos y con los mismos sueldos, donde se capacitan a la par o más, y tienen cargos políticos que manejan igual que los hombres (Bachelet, Merkel), ¿cuál es la diferencia? 

Andamos por la vida proclamando que queremos igualdad, pero a la vez festejamos el Día de la Mujer. La verdad es que estamos más locas que un plumero, y si después nos dicen bipolares, indecisas, rompebolas o gatafloras, ¡tienen razón!

Por eso me parece más sensato tomar partido: si nos gusta ser mujeres, cantarlo mientras nos peinamos en el baño, dejar que nos atiendan, declinar decisiones importantes y ser las princesitas que esperan dulcemente al galancete, ¡adelante! Si por el contrario, elegimos ser ese tipo de minas que se la bancan y no salen llorando ante la primer adversidad, tal vez no sea una buena idea. Pero hagamos una elección honesta, ya que cuando exigimos "derechos", también tenemos que hacernos cargo de las "obligaciones" que los acompañan.

No me gusta que ser mujer quiera decir estar del bando de las cocoritas o las que juegan sucio, aprovechando una supuesta “debilidad” para sacar ventaja. Esos ejemplares dan vergüenza de género porque cambian las reglas de juego según como sople el viento. Como las Lulas, que lo fajan a su hermano y salen corriendo mientras lloriquea por el pasillo. 
Entre toda la fauna que anda por el mundo, están las que quieren manejar un camión, escupiendo por la ventanilla mientras puteas a los transeúntes. Y se ofenden si no les arriman la silla en el restaurant. Por eso si querés que te abran la puerta del auto, te paguen las cuentas, te atiendan, te corran la silla, te solucionen todos los problemas y sigue la lista, acordate de que también deberás estar dispuesta a asumir que no podés hacer cosas de hombres. O comprás todo el combo, o elegís otro menú.  Si participás, es con todos los números, y no solo con los que te gustan. Aunque siempre hay algún que otro pollerudo que consiente. Débil es la carne del hombre, tierna la de la mujer. Al menos por fuera. 
Por mi parte, no estoy de acuerdo con el día de la mujer. Soy cero feminista, sino más bien machista, pero me parece bastante careta decir que soy "el sexo débil" cuando me conviene, y arremeter ferozmente cuando hace falta. Es un recurso de algunos animales para sobrevivir, pero lo veo como jugar sucio.  Una bestialidad.

Después de todo esto,  ¡Feliz día, a quien recoja el guante… rosa y con puntillas!

Venus va de shopping


Cuando terminó la de Hugh Grant ella lo abrazó se recostó en su hombro. Tenía esos ojos soñadores de la Cenicienta cuando describía la noche del baile en palacio, y esa sonrisa entre suspiros que ponemos las mujeres cuando el romanticismo nos invade desde la pantalla.

Durante un rato recordaron por vigésima vez el día que se conocieron, aquel cumpleaños en la quinta de un amigo de la facultad. Las charlas, las risas, esos momentos que tratamos de rescatar cada vez que podemos.

- Y decime, ¿qué fue lo que te gustó de mí? Porque si mal no recuerdooooo, había varias revoloteando a tu alrededor. Esa Vanesa que no te dejaba de mirar ¡tan tarada! Y Paula, que casi se te tira encima cuando te vio llegar. Para no seguir…. Dale, dale, ¿qué fue lo que te gustó de mí? Porque yo no era tan tarada como esas dos, que lo único que hacían era dar grititos y saltar todo el tiempo. Además no podían decir dos frases coherentes juntas y no sab…

- El culo y los ojos, dijo él.

- ¿Cómo el culo? Me estás jodiendo. ¿Me vas a decir que en medio de ese séquito de cotorras que hablaban estupideces, llegué yo que tengo un poco más de cerebro y no influyó para nada? ¿Me vas a decir que lo mejor que viste en mí fue…

- El culo y los ojos, repitió él.

El portazo fue terrible, y él se quedó toda la tarde solo y feliz disfrutando del control remoto, del partido del Arsenal contra el Tottenham de abril del ‘83 y de la historia de las trompadas de los welter juniors de los últimos años.


Por mucho que nos ofenda, es lo que ellos buscan: lo llevan en la sangre y es una cuestión de supervivencia. Y esto no es nada nuevo ya que para muestra, ¿qué mejor que comprobarlo mirando las redondeces de las Venus paleolíticas? Señoras pura panza, lolas, cola, caderas, una exaltación a la fertilidad, ya que si no procreaban, se les extinguía la especie. A muchas de estas minas ni siquiera les hacían brazos o piernas, ¿Para qué?

No creo que esos salvajes se preocuparan por tener una sexualidad generosa, compartida, ni que se tomaran el tiempo para el disfrute de su mujer. Palo y a la bolsa, y a seguir de cacería. Las primeras Venus ni siquiera tenían cara. Ni boca, así no hablaban.

En la mentalidad primitiva de aquellos semi humanos, las minas estaban para procrear y cuidar los hijos. Ellos mientras tanto salían de cacería para llevar el sustento a la cueva. Y estaba bien. Esta sería la explicación científica o la justificación de porqué los hombres son en general unos trogloditas sin descanso.

Si vamos a seguir con la historia, cuando los hombres se iban de cacería con la lanza o el arpón en busca de algún yak, mamut o fiera prehistórica, ellas se quedaban en la cueva con los críos. Y recolectaban frutos y semillas para el sustento diario mientras esperaban el regreso del hombre. Eso de salier de la cueva con la canastita de piel de oso a juntar bayas, ¿no es lo mismo que ir al shopping? No es entonces que nosotras estamos haciendo pelota la tarjeta comprando cosas superficiales, no señor. Estamos respetando nuestros instintos mas primitivos, sencillamente, ¡estamos recolectando!

Así que por favor no jodan con eso de los gastos, el resumen de la tarjeta y la declaración jurada. Cada uno obedece el llamado de la sangre y la naturaleza; contra esta fuerza no hay nada que hacer. Que ellos miren nomás nuestras redondeces, pero que no protesten cuando llega el resumen del banco. Porque es nuestro grito interno el que nos llama a salir a recolectar para asegurarnos la continuidad de la especie. Y si es un Miércoles Super Mujer o Viernes de CitiWoman, ¡tanto mejor!



Debut ¿y despedida?


El matrimonio de Clara nació con un enamoramiento psicológico más que fisiológico. Si bien él era muy atractivo, a ella lo que más le seducía de su marido eran su inteligencia, su creatividad y su genio. Así fue que llevaron adelante una relación de amor pero sin una gran pasión de los cuerpos, aunque sí de las almas.

El paso de los años y otros ingredientes terminaron con esa relación de la que ella nunca había hablado en forma apasionada. Tal vez por su educación tan austera en esa familia numerosa donde no se permitía o no se usaba demostrar abiertamente las emociones, tal vez porque ella tenía algunos complejos que le impedían disfrutar abiertamente de su cuerpo. Clara tuvo toda su vida un rollo con su altura y con su estampa, como un pudor gigante que la inhibía de considerar eróticamente a su anatomía.

Por esas cosas de la vida, reencontró en su nueva vida de divorciada a un antiguo colega del trabajo. Otro genial ocurrente, lector de todo, hasta del prospecto de los remedios. Y nuevamente ella se enamoró de una mente, olvidando por segunda vez eso de que “de carne somos”.

El la invitó a su casa en La Paloma a fines de marzo, donde tendrían todo el horizonte y todo el mar a su disposición. Y también mucho tiempo para conversar largamente disfrutando de sus códigos mutuos. Preparó su valija con camisolas hindúes que taparían pudorosamente sus caderas y también sus rodillas, para poder circular por la casa y por la arena sin vergüenzas. Pero no supo qué tipo de atuendo elegir para taparse del fantasma y del monstruo; del fantasma de su cuerpo, del monstruo del sexo, de las horribles bestias de la intimidad con un hombre. A su edad…

Llegaron a la casa que ella había visto varias veces por Internet y era realmente más fascinante que en las fotos, porque se agregaba el resplandor de las paredes blancas con el brillo del sol, el ruido de las olas, el olor de la sal. Pasaron el día divertidos caminando en la arena y charlando bajo una sombrilla de paja, hasta que se puso el sol y se fueron adentro a preparar unos tragos.

Ella empezó a sentir nuevamente ese miedo infantil a los espíritus malignos, pero él era un hombre sabio, sabio de anécdotas, de literatura, de biología, de política, de mecánica… y también de detalles. En el living la luz llegaba suave y tamizada desde las lámparas anaranjadas de papel y organza. Como fondo, una bossa de Rita Lee y un tequila generoso para cada uno.

- ¿Vamos para arriba?

Ella empinó el vaso sin respirar, uno, dos, tres, cuatro tragos de esa bebida ardiente para conseguir tomar, junto con el alcohol, un poco de coraje.

Vamos – respondió ella – alineando disimuladamente los botones de su camisola larga que le tapaba las rodillas.


Ella estaba muerta de miedo y vergüenza. Nunca se detuvo a pensar que él también podría sentirse por lo menos, ansioso. El era un hombre con experiencia pero también tenía sus años, y no tenía pudor por sus arrugas o su figura poco atlética, pero sí temía no gustarle y no poder responderle con su masculinidad. Ella nunca cuenta lo que pasó aquella tarde, sólo dice que él vive por allá y ella vive por acá, pero sin aclarar si fue porque esa semana de marzo fue muy mala, o tan buena que no lo pudieron soportar.





La verdad de la milanesa


- Hola querida
- Hola ¿Qué pasa? ¿Hoy salís tarde del trabajo?
- Es que me voy a quedar con los muchachos a ver el partido.
- A ver, esperá un momento
(Voz en off de “querida” gritando): “Juani ¡dejá de mojar el pan en la salsa que es para la cena!”
- Mmm, ¿hiciste salsa casera?
- Sí, pero anda tranquiiii
- Mejor veo el partido en casa, estoy un poco cansado
(Voz en off de “querida” con tono apurado): “Juani, andá rápido a la esquina a comprar una salsa Acme estilo casero”
- Sí mami

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Palabras más, palabras menos, este es el diálogo de una propaganda de salsa que se escucha estos días por la radio. Un asco, no por el producto porque no lo probé, sino por la idea. ¡Fea la actitud! Y en lugar de incitarme a comprarla, esa marca mentirosa sólo me genera rechazo. Por trucha.

Trucha la agencia de publicidad que propuso la idea. Trucha la esposa que hace caer al marido con el cuento de la salsita casera. Truchísima la madre cuando lo manda al Juani a la esquina para engañar a su papá. Y horribleel ejemplo que le da al hijo: mamá usa carnada inventada sólo para joderle la noche a papá y que no pueda ver el partido con los amigos. Espantoso es también que lo haga cómplice. ¡Y flor de pollerudo el Juani ese, que en lugar de defender a viejo sale corriendo al almacén!

Mad Men, esa gran serie que describe el mundo de la publicidad en el New York de los ’60 nos muestra lo bien que cuidan al cliente y cómo se preocupan de que el consumidor reciba una idea clara y que respete la ética. Una buena empresa ofrece productos también buenos. En Argentina lo vemos cuando una marca tradicional como La Serenísima elige a Pancho Ibáñez, María Laura Santillán o Mónica y César como la cara de sus productos. Todos tienen chapa de buena gente, tan buenos como lo que intentan vender. ¿Quién pondría como protagonista de su producto a personajes como la Hiena Barrios? ¿Una marca de bizcochuelo instantáneo con el slogan "La Hiena te hace torta"? Difícil. Y con esta salsa Acme ¡nada bueno puede venir de algo tan retorcido! Y si lo fuera, no se lo merece.

¿Cuánto hay de malo en mentir? Es cuestión de criterio. Si la mujer se lo quiere enganchar al posible novio/marido halagándole el estómago, vale. Ella puede mentir y comentar que se pasó horas en la cocina picando la cebolla y el tomate para él. Pero es un arma de seducción que sólo se utiliza entre ellos dos.

Todos mentimos alguna vez. Lo hicimos con el corpiño con push up y relleno donde parece que hay, pero no. Lo hacen los señores maduros cuando se clavan un Viagra para recuperar por unas horas la turgencia de sus épocas pasadas. Mienten muchos en el chat cuando se describen como el hermano gemelo de Brad Pitt o la fotocopia de Angelina, cuando en realidad sólo tienen de parecido el negro de las pupilas. A la hora de la seducción todo vale, desde una goma espuma alambrada en la ropa interior hasta una comida "casera" comprada en la rotisería. Pero sólo son eso: armas de seducción que deberían quedan entre los dos “con-trincantes”. Stop.

Distinto es cuando la truchada se hace vox populi en el seno de la mesa familiar. Con los chicos no jodamos: en un segundo se derrumba con el (mal) ejemplo varios años de machacar con eso de no mentir. Y lo más peligroso de todo es el mensaje:

- mi mamá le miente a mi papá
- mi mamá me hace cómplice de su engaño
- las mujeres no son tan confiables
- por las dudas siempre hay que andar con cuidado con ellas

Después no se quejen de que no hay hombres. Si nos encargamos de mostrarles nuestros lados más oscuros, nosotras solas nos estamos cavando la fosa. Compremos la salsa, dejemos el envase bien a la vista y banquémonos la cara de desaprobación con valentía. Tal vez 1) la salsa sea realmente buena y zafemos 2) daremos un paso importante para demostrar que lo que se escribe con la mano… no se borra con el cucharón de la cocina.

¿Qué es exo?



Soy adicta a la radio, seguramente porque desde chica siempre estaba encendida en mi casa. Había una en la cocina y otra en el living encima de la estufa, que más la usábamos como estante que como calefactor. En los ’70 estaban de moda los helechos como planta de interior y también la gansada esa de que había que hablarles para que estuvieran lindos. Mi mamá no tenía tiempo para chamuyarse al helecho porque se tenía que ir a trabajar al banco, pero como siempre fue muy práctica le dejaba la radio encendida para que creciera contento. No creo que el helecho fuera tan inteligente como para diferenciar la voz en vivo y en directo de mi mamá de la de la locutora de turno que llegaba a través “del éter”. Así era entonces que la radio funcionaba todo el día en mi casa, aún cuando no hubiera humanos a la vista. Y fueron Betty Elizalde y Nucha Amengual las encargadas de poner turgente al vegetal con el terciopelo de sus palabras ratoneras. ¿Qué tal, mi pretendiente?, le preguntaban al susodicho. Como para no ponerse tieso…

Pero lo de tieso engancha al pelo con mi cuestión de hoy. Dada mi afición a la radio, hoy también está prendida en el auto, y muchas veces cuando llevo o traigo los chicos de algún lado, suelen escuchar algún programa conmigo. Si la audición que elegí habla sobre el arte del medioevo, dura tres segundos ya que ellos mismos manotean las perillas y ponen cualquier otra cosa. Pero si está sintonizada en Metro o la Rock’n Pop la dejo, porque suelen engancharse con los locutores, la música o lo que venga.

Los problemas empiezan cuando en el programa de Andy está el sexólogo doctor K respondiendo las consultas de los oyentes. Y así es como mis hijos y yo, de vuelta del colegio, nos enteramos de que UNA oyente tiene una NOVIA pero además disfruta del cibersexo con otras mujeres, y quiere saber si eso está bien o no. El doctor K es muy criterioso, y le pregunta a la enviciada si además de estar colgada con las hormonas tiene una vida, ya sea una facultad, un trabajo, actividad social, etc.

Ese día en especial me pasó que dejé escuchar por la mitad de la consulta y empecé a sentirme incómoda, mientra la oyente describía con lujo de detalles las intimidades y prácticas sexuales que tiene con su pareja mujer. Y mientras lo contaba trataba de imaginar qué le pasaría a mi hijo que estaba sentado en el asiento de al lado. ¿Qué pensará? ¿Estará escuchando? ¿Le gustará oír esto? ¿Lo calentará? ¿O definitivamente estará en otra mirando por la ventanilla? ¿Tendré que cambiar de dial o quedará muy evidente que lo hice porque estaban hablando de un tema escabroso? Lo único que tengo claro es que no me molesta que escuchen hablar de esos temas; el problema es que no me banco del todo que lo hagan cuando están conmigo porque me empieza a dar cosita.

Algo parecido me pasó un sábado estábamos mirando una película de unos surfistas lindos y lindas estilo Baywatch que intentaban recuperar un tesoro de un galeón hundido. Y entre búsqueda y búsqueda se metían entre las palmeras y daban vía libre a las lujurias del verano. Y otra vez me dio esa mezcla de turbación y vergüenza de tener que poner cara de póker mientras miraba soft porno con mis hijos un mediodía en el sillón del living.

Gran dicotomía, entre parecer del cenozoico, ser una madre moderna, hacer lo que hay que hacer y no provocar a Freud y a sus principios. No es normal ver escenas de sexo por la tele con los hijos y tampoco es normal que las pasen a las doce del mediodía por un canal de cable de los comunes, ni Venus, ni Playboy. Tampoco es normal que una trastornada cuente por la radio sus intimidades sexuales abiertamente a medio Buenos Aires en el horario del pool. Y no es que quiera censurar, no es ese el tema. Lo que me preocupa es que no sé qué actitud tomar cuando estoy con mis hijos porque me siento incómoda, y hago como que no pasa nada. Desde afuera todo controlado, todo civilizado, todo joya, man. Pero por adentro quisiera con toda la fuerza que venga la propaganda… Me falta evolucionar, parece. Estoy como mi abuela, o la abuela de mi abuela. Caracho.


La herencia del capitán Metralla

En Argentina, el servicio militar fue instaurado a partir de 1901. Era un entrenamiento para todos los varones de 20 años que duraba entre 1...

La mesa del fondo