sábado, 13 de enero de 2018

El micro verde de Coelho

Gracias a Guillermo Laguna, de quien tomé "prestada" una foto suya
junto al micro verde, un tiempo antes de ser tuneado (este último)
No hay nada más aburrido que la bicicleta fija, y mucho peor si te olvidaste el celular en tu casa y no podés escuchar música o la radio. En esos casos no queda otra que entretenerse con los recuerdos, como hice yo, por ejemplo, con el micro verde de Coelho. .

El micro verde de Juan Coelho era el más grande y moderno de todos, y estacionaba primero, justo frente a la salida del colegio Horacio Watson. Había otros micros identificados con colores según el recorrido:  rosa, marrón, rojo y no me acuerdo más, y recuerdo tener un estúpido orgullo infantil porque "mi" micro era el más lindo de todos. Leyendo un grupo de Facebook de ex alumnos, alguien dijo que Coelho había "tuneado"el micro para que quedara más moderno;  por eso tenía una trompa cuadrada que lo hacía parecer más nuevo y grande que los demás. Pero yo ya lo conocí así impactante como lo recuerdo.

Cuando subíamos para volver a casa a las 4 de la tarde tratábamos de sentarnos en una de las ventanillas del lado derecho. Era porque había un viejito con barba blanca que tenía una bandeja colgando del cuello, como los vendedores de golosinas del cine. Tenia algunos dulces y los más baratos eran los pirulines y los bocaditos Holanda que se te pegaban en los dientes, que le comprábamos para ir comiendo en el camino de vuelta a casa.

Coelho era un hombre bajo y regordete de mediana edad, con bigotito fino y un extraño peinado engominado para el costado con el que trataba de disimular la falta de pelo. Usaba ese típico recurso de los pelados de dejarse crecer más un costado para "enrollarlo" sobre el casco despoblado como si fuera la toca. Tenía un aspecto exótico y recargado, pero era puntual, respetuoso con los padres de los alumnos y buen conductor. 

Cuando yo era chica lo acompañaba una "azafata"que iba en un pequeño asiento a la derecha del micro. Ella se bajaba a tocar el timbre si el pasajero no estaba en la puerta de su casa, y ayudaba a subir o bajar a los mas chiquitos. Recuerdo haberle dicho alguna vez a mi mamá que Coelho le decía "cositas" a la azafata, andá a saber a qué me refería. Pero estoy segura de que se hacía el galán con la chica que sería joven y linda, aunque leyendo comentarios en el grupo de Facebook que mencioné, si había conservado la misma de los años '50 y pico, era la esposa.

Con el tiempo dejó de tener la azafata, y las pasajeras más grandes hacíamos de ayudantes bajando a tocar timbre y dándole una mano para subir a los bajitos. En ese trabajo que nos hacía sentir especiales vimos a la madre de la mayoría de mis compañeros de viaje... en deshabillé. Se usaban en aquél tiempo unos largos hasta el piso hechos de matelassé estampado, obviamente con pantuflas de paño, o peludas. ¿Cómo saldrán las madres de hoy a despedir a los chicos? Supongo que con calzas y zapatillas para ir al gimnasio o a medio vestir antes de ir al trabajo...

El micro tenía una luneta delantera donde había todo tipo de objetos, desde papeles, útiles escolares, llaves, herramientas y repuestos diversos. Pero también se podía encontrar ahí la joya más preciada de la corona: los botones plateados perdidos del blazer marrón, que en aquél tiempo tenían acuñado el logo del colegio. Era un haz de trigo con el lema "Ut Severis Seges", o "Como siembres, cosecharás". Era imposible conseguir botones de repuesto si se te había perdido uno, así que lo mejor que te podía pasar es encontrar uno en ese revoltijo ecléctico de la luneta.

Coelho tenía paciencia, y se bancaba bastante bien nuestros desbandes de a bordo. Cuando tenía la azafata la mandaba a retarnos o hacernos sentar. Pero en el tiempo que no hubo más, cuando la cosa se ponía descontrolada estacionaba, paraba el motor y ¡agarrate! Literalmente nos cagaba gritos con un vozarrón de trueno y después de eso no volaba una mosca por el resto del viaje. Y recuerdo un día que estaba muy sacado y agarró por las axilas a uno que estaba haciendo demasiado bardo y lo metió ¡en el portaequipaje que estaba encima de los asientos! No tenía tapa como los de los aviones, así que no viajó encerrado pero sí muerto de miedo.

Otro detalle gracioso que recuerdo de esos viajes era nuestra pérdida de identidad. No éramos García, Dagnino, Faverio o Chiantore sino que él nos había rebautizado con el nombre de la calle donde vivíamos. Así, "Condarco", "Altolaguirre", "Aizpurúa" o "Plaza" pasábamos las mañanas y tardes a bordo del emblemático micro verde donde nunca, nunca, faltaba la emoción.

sábado, 30 de abril de 2016

Una torta consistente

La semana pasada me puse a hacer un lemon pie para llevar a un cumpleaños, y uno de mis hijos llegó a la cocina con la nariz levantada, siguiendo el rastro del perfume de la masa horneada. “Hmmmm qué rico”, dijo.

No me preocupé mucho de que la atacara como tantas veces, porque en estos tiempos está encantadísimo con el crossfit y la dieta Paleo. Aunque le dije  que hay que comer de todo, según dicen los especialistas en nutrición, sigue entusiasmado entrándole a las proteínas y mirando con asco las harinas, la papa  y el azúcar.


Como le encanta cocinar me preguntó cómo se hacía esa tarta que no iba a comer, y le expliqué que tenia la clásica base de galletitas dulces, azúcar y manteca. Y encima una mezcla de leche condensada batida con 4 yemas y media taza de jugo de lima, que se lleva a horno mediano durante 20 minutos.  

Mientras yo lavaba el bowl y el batidor empezamos a hablar de un asador criollo que se está haciendo con su hermano en el jardín. En realidad hace más de dos meses que entre los dos se pusieron a hacer una especie de “piletita” en una zona que les cedí, donde quieren clavar la cruz de hierro para cocinar cordero, chancho, etc. El proyecto empezó con un entusiasmo que luego decayó, y ante mis quejas de tener una especie de tumba en medio del jardín, resolvieron retomar. Me comentó que había visto modelos de asadores con paredes de ladrillo refractario, adoquines, bloques de cemento y pensamos que tal vez podríamos comprarle piedritas blancas en el medio para que quede más lindo.



Cuando terminé de lavar y acomodar me acercó el teléfono para mostrarme unas fotos. Yo las miré atentamente y le dije que era muy rara esa base de tarta bicolor, que cómo habrían hecho para que sea así y de qué sería la masa. También comenté que estaba muy prolija y seguramente quedaría muy rica.

Ví que mi hijo se reía. Y me agrandó las fotos. No era una base de tarta de galletitas sino un asador criollo con un prolijo borde de ladrillos de dos colores. Todo esto me pasa por no tener los anteojos a mano. "No te dije nada porque estaba causando mucha gracia lo que me decías", comentó. 

Por eso es que ahora tengo varios pares de anteojos de esos descartables, repartidos en cada rincón de la casa. No quiero que crean que tengo Alzheimer o que me volví loca por haberle puesto yerba a la pizza o yoghurt al café. Lo que ocurre, sencillamente, es que en esta casa ¡hay muy poca luz! 



martes, 5 de abril de 2016

El regalo de Hernán Oliva

La noticia triste se difundió en todos los noticieros este 2 de abril: murió el mítico saxofonista “Gato” Barbieri, creador -entre otros temas inolvidables-  de “Europa”, esa obra que desborda pasión y erotismo. Barbieri fue uno de los exponentes del jazz argentino, y ya acompaña entre las nubes a otras bestias musicales como el “Mono” Villegas, Lalo Shiffrin, “Fats” Fernández y Hernán Oliva.
Justamente de Hernán Oliva quiero contar una historia que ocurrió hace casi 30 años. Yo estudiaba arquitectura de noche, y había organizado ir a comer con mi papá por San Telmo, a la salida de la facultad. Un compañero mío que se acababa de divorciar estaba un poco bajoneado y lo invitamos a sumarse a la salida. Después de comer unas pizzas fuimos a tomar un café a uno de los típicos bares del barrio, y al salir vimos venir a un hombre algo gastado, de traje y sombrero y con un violín al cuello.
¡Hernán Oliva!, dijo mi papá entusiasmado. ¡Es un fenómeno! Mi amigo y yo no sabíamos quién era, pero él, contador de profesión y músico por adopción, sabía de su talento y lo admiraba mucho. El viejo se nos acercó con pasos titubeantes; se notaba que estaba un poco “entonado” por algunos vinos o whiskies. ¿Les toco algo?, preguntó.
¡Lo que quiera, maestro!, dijo mi papá. ¿Tango o jazz?, preguntó. ¡Tango! pidió el contador pianista mientras le deslizaba un billete en el bolsillo chiquito del saco. Oliva se calzó el violín al cuello y empezó a tocar. Eligió Malena, y empezó a llenar de acordes profundos la calle desierta. 

Ese momento fue sublime, a pesar de la tristeza que despertaba que un músico de su prestigio anduviera yirando y tocando por una limosna. Y así deambulaba por los bares, tomando y tocando. Y lo hacía cada vez mejor a medida que avanzaba la noche y el alcohol le iba dando calor a las venas.   

Y aún en medio del clima de nostalgia y una cierta decadencia, esa calle solitaria de adoquines oscuros se llenó de magia. Había una luna enorme y brillante que parecía querer asomarse a escuchar con nosotros. Y ahí estábamos los tres solos frente al músico, emocionados con la melodía triste, melancólica y bella que nos regalaba en esa noche de otoño. 

Era Hernán Oliva, el violinista errante, al que le gustaba tocar por la calle. Esas mismas veredas donde fue hallado muerto en 1988, casi a los 75, abrazado al estuche de su eterno compañero de aventuras. 

martes, 5 de enero de 2016

Los Reyes Magos, a veces son jodidos

Sí: aunque los Reyes Magos parezcan tres viejitos inofensivos, algunas veces pueden llegar a ser jodidos.Y lo digo porque un año me amargaron la mañana. Lo recuerdo bien, como si hubiera pasado ayer: era muy temprano cuando fui corriendo al hall del departamento de la calle Condarco, esperando encontrar mi  regalo. Pero solo había dos cajas de cartón que abrí deseando poder convertir las piedras en oro, aunque no pasó nada. ¿A cuál de los tres trastornados se le habría ocurrido dejarme 10 tomos de la "Enciclopedia Uthea para la Juventud"?

¿Acaso no habían leído el papelito que les dejé en su propias manos en Gath & Chaves? Ahí estaba todo claramente expresado con letra grande y prolija, para evitar confusiones: “Queridos Reyes Magos: quiero que me traigan una bicicleta, un hermanito o una mesa de luz”. Pero no, los señores habían decidido hacer lo que se les daba la gana haciéndome sentir mal. Como cuando para tu cumpleaños, en lugar del Cerebro Mágico que tanto querías ¡te regalan un pijama! ¿Quién puede querer un pijama? ¡Eso no es un regalo, es un castigo! Y encima tenés que decir “gracias”.

De todos modos, no todos mis 6 de enero fueron tan trágicos. El regalo más lindo que recuerdo es un monito de peluche que tocaba los platillos. Se activaba deslizando un botón que tenía en la espalda, y el juguete empezaba a mover los brazos y a entrechocar dos platillos de metal dorado  haciendo “chín, chín, chín”. A los seis o siete sonidos daba una vuelta carnero hacia atrás y volvía a caer de pie. Algunas veces la pirueta resultaba un poco fallida y aterrizaba de costado, pero seguía en el piso con su incesante “chin, chin, chin”, aunque ya no podía dar el salto fantástico.


Para ser honesta, la Enciclopedia Uthea para la Juventud fue un buen regalo y tenía sus encantos. En cada tomo había una sección con fábulas y cuentos de todo el mundo, donde conocí muchas de las historias de Las Mil y Una Noches, las originales y no las del gordito autoritario de Onur. Los cuentos venían maravillosamente ilustrados, y me encantaba pasar las tardes apreciando cada detalle de la ropa de los personajes, los animales fabulosos y los monstruos y seres mitológicos más extravagantes.  También había capítulos con juegos, planos para construir juguetes y recetas de cocina para niños. Con el tiempo, ese regalo tan odiado se convirtió en un entretenimiento y una compañía que me duró varios años.

Cuando tuve mis hijos, la tradición del 5 de enero era hacer cuencos de barro para poner el pasto para los camellos. Juntábamos tierra en una palangana de plástico y le agregábamos agua de a poquito hasta formar una pasta chocolatosa. Mis hijos disfrutaban muchísimo metiendo las manos hasta la muñeca dentro de la mezcla, de donde sacaban grandes bolas para modelar. Cada uno hacía su propio recipiente, que dejaban secar toda la tarde al sol.

Al anochecer ya estaban bastante consistentes como para convertirse en bowls donde poníamos el “alimento” para que los animales cansados pudieran recobrar fuerzas. A un costado dejábamos un balde con agua, para que pudieran también saciar su sed. ¡Con qué alegría comprobaban al día siguiente que los camellos se habían comido todo el pasto! De todos modos, siempre quedaba alguna que otra brizna en el suelo; aunque fueran vehículos de la realeza, eran finalmente animales y comían como tales. 

Pasado el primer impacto de ver los cuencos vacíos, venía la apertura de paquetes colocados a un costado de los tres pares de zapatos. Y curiosamente, los Reyes Magos de esa casa nunca, nunca, dejaron ni un pijama ni un libro.




Mi primera pool-party


Cuando yo era chica, ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo se llamaba “ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo” (o amiga). Todo empezaba a media mañana, y al llegar nos acomodábamos en una reposara o lonita. Ahí nomás empezaba el ritual de embadurnarnos con Rayito de Sol, un bronceador que venía en un pomo de aluminio pintado de naranja y verde que se compraba en las perfumerías Ivonne. Era una crema espesa que salía del envase en choricitos como si fuera un dentífrico marrón, y te dejaba un color fantástico sin rostizarte,  ya que tenía un efectivo filtro solar.  


Después de tomar sol un buen rato, comíamos algo liviano. Y mientras escuchábamos un cassette tras otro en un aparato reproductor tan grande como un bebé elefante, tomábamos Coca Cola, fumábamos Marlboro y pasábamos una tarde genial.



El tiempo pasa y algunas cosas cambiaron mucho. Y lo que antes era ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo… se convirtió en “pool party”. Hace poco tuve mi primera experiencia en casa, esta vez no como la adolescente del Rayito de Sol sino como la mamá de un hijo veinteañero que decidió festejar así su cumpleaños. Fue un sábado de noviembre, aunque el día anterior ya habían empezado a traer las bebidas: varios packs de botellas de Coca Cola y cajas de jugo de naranja. ¡Y unas 300 latas de cerveza, Fernet, Speed, vodka, Campari, Cynar y Martini!

El día “D” resultó lleno de sol y calor, y a eso de las 11 empezaron a llegar los primeros invitados con varios tachos de plástico donde metieron hielo y las primeras latas de cerveza. Al ratito ya estaban abriendo las primeras, con ese clásico “snatch” que escucharía infinitas veces durante el resto de la tarde y la noche. Al rato llegó una camioneta con un castillo inflable, que regaron con agua y detergente de la cocina para convertirlo en un deslizador jabonoso donde se morían de risa con cada revolcón. También instalaron un futbol tenis en el pasto, colgaron banderines multicolores y cuando llegó “el hermano del Bocha”, empezó la música que salía de unos parlantes gigantes. No sé cómo pero también llegó a mi casa un cartel de Personal, que se deben haber robado de algún evento, que le daba a la reunión un aspecto más mundano, ya que hasta parecía que tenían un sponsor.

Como todas las madres, que nos preocupamos de que los chicos no salgan sin un buzo porque hace frío… empecé a preguntar por la comida. Pero no estaba prevista, y me imaginé decenas de chicos tomando cerveza y Fernet con el estómago vacío y vomitando entre mis plantas. Y aunque sé que no tenía que hacerlo ni meterme, me fui a comprar unos combos de panchos y hamburguesas para que al menos tuvieran algo más que alcohol en la panza. Pensé que así evitaría males mayores, descomposturas y malos momentos que empañarían la jornada. Recién ayer, hablando del tema, me dijeron algo así como: “en las pool party, no hay comida, mamá”. A pesar de este postulado,  cuando llegaron los panchos y los devoraron con entusiasmo y sin protestar.

Las horas fueron pasando y a medida que seguían llegando los invitados, las risas eran más sonoras al igual que la música y el “snatch,  snatch”. Chicas a la vista no había, salvo dos que conversaban en un costado tiradas en unas reposeras. A eso de las 4 o 5 llegaron “ellas”, y empezó la verdadera fiesta. La música subió el volumen, la mesa larga que oficiaba de barra estaba a pleno y había dos o tres barman improvisados. Para que nadie cruzara a la zona roja donde estaban las botellas, pusieron unas cintas plásticas coloradas con la inscripción “NO PASAR”, de esas que usan en las obras para impedir el acceso a los transeúntes.

El estímulo, el alcohol, el vértigo, la música y la excitación iban in crescendo, y a medida que fue bajando el sol también se llenó el jardín. Había decenas de chicos y chicas bailando animadamente, todos con su latita o su vaso de plástico en mano. Corrían, gritaban, se reían, y si bien era  un “descontrol controlado”, cada tanto hacía la "ronda del sargento García" (con algo menos de panza y bigote) para ver si había algún problema. Pero uno de los chicos tuvo la mala suerte de pisar el vidrio roto de una botella y se hizo un gran corte en el pie. Entró a la casa, que en principio estaba vedada para todos según había aclarado el anfitrión y en el camino al baño fue dejando botones de sangre a lo largo del living. Cuando lo encontré traté de frenar la hemorragia con agua oxigenada y gasa y una de las chicas lo llevó a la guardia del hospital cercano para que lo atendieran. 

Gracias a Dios, esa fue la mayor complicación del día “P”. En un momento de la noche uno de los “ingenieros de luz y sonido” se trepó al techo y puso unos focos con leds que iluminaban la pileta con destellos multicolores; era una verdadera fiesta, y me sorprendió lo bien que se organizan cuando quieren. Cerca de las 21 un voluntario prendió la parrilla y empezaron a circular las hamburguesas que todos aceptaban con alegría. Aunque en las pool party… no haya comida.

Y así, entre caras risueñas, algunos caminaban dando vueltas como trompo, otros se abrazaban y se hacían la clásica declaración de los borrachos: “te quiero mucho”. Por suerte, el festejo terminó, paró la música y los autos que rodeaban la manzana se fueron yendo. Aunque dejaron las inmediaciones llenas de latitas de cerveza, vasos, y chapitas del “snatch”. Con la promesa de limpiar todo al día siguiente, mi hijo, su novia y un amigo se fueron a dormir. Cuando me levanté al día siguiente fui a inspeccionar el campo de batalla: había miles de vasos, cajas de cigarrillos, latas, panes de hamburguesa aplastados contra los adoquines, colillas, chicles, parvas de botellas vacías, y bastante pegote y barro en el piso de la galería. Ni bien se levantaron, los sobrevivientes juntaron todos los restos en una carretilla y empezaron el operativo limpieza.


Debo reconocer que todo quedó bastante bien y salió mejor de lo que esperaba, aunque más de una pool party por año prometo no permitir que se festeje en casa. Todavía no creció de nuevo el pasto, aun tengo los enormes parlantes alquilados en la galería, siguen los flecos de la cinta de “NO PASAR” y el cartel de Personal que ya pasó a formar parte del jardín. Allá arriba, en el borde de la rama de un árbol, una latita de cerveza reposa vacía el sueño de los justos. Hasta que alguien se digne a traer una escalera y bajarla para tirar a la basura.

Último momento: acaba de llegar una citación del Tribunal de Disciplina del Club, por quejas de los vecinos. El cargo: ruidos molestos, autos mal estacionados y jóvenes ebrios circulando por las calles y haciendo desmanes. (Ya me parecía raro que todo fuera tan perfecto. Continuará.)

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Un postre de Año Nuevo


Mi abuela no sabía cocinar; los ingredientes que más conocía eran el rimmel, la sombra  compacta, la base y el delineador líquido para ojos. De todos modos, cuando llegaban las fiestas de fin de año ponía empeño y preparaba un postre. Era una de las cuatro recetas que sabía,  y la verdad es que le salía muy bien.

Antes de que se conociera el tiramisú en nuestro país, en las casas de inmigrantes italianos se preparaba el “postre de vainillas”. Es bastante parecido, aunque en lugar de mascarpone lleva bastante manteca y la cubierta llena de nueces picadas.

Antes de empezar con el ritual de cocina, mi abuela ponía un mantel blanco en la mesa del comedor, y disponía todos los utensilios de cocina como seguramente hacía cuando estaba en el quirófano: dos espátulas, una cuchara de madera, una cuchara de té y otra de sopa, un cuchillo, un gran batidor de alambre y otro pequeño. Todo perfectamente ordenado de menor a mayor.

Cuando había puesto el último cubierto alineaba los ingredientes. Y recién ahí echaba una taza de azúcar en un bowl de vidrio;  tomaba un huevo, lo golpeaba ligeramente contra el borde del bowl y hundía los dedos en la frágil cáscara blanca hasta abrirla en dos. Con movimientos rápidos pasaba de una mitad a otra el contenido del huevo, hasta que la clara gelatinosa se deslizaba mágicamente dentro de un recipiente de acero que la esperaba debajo. Repetía este procedimiento hasta vaciar la pequeña caja de cartón lila de 6 huevos, mientras juntaba por otro lado las yemas con el azúcar.

Luego tomaba el pequeño batidor de alambre y revolvía hasta formar una mezcla espesa color amarillo pálido; le agregaba una torre de cuadraditos de manteca, oporto, esencia de vainilla y café. Dejaba esta preparación a un costado, y con el gran batidor de alambre revolvía enérgicamente las claras gelatinosas. Recuerdo cómo me gustaba  escuchar el sonido rítmico de los alambres cuando golpeteaban contra el metal del recipiente. Enseguida se empezaba a formar una espuma que se hacía cada vez más alta, más blanca y más espesa El punto   “nieve” estaba listo cuando ella invertía el molde y las claras no se caían, sino que se quedaban aferradas como si estuvieran pegadas.

Un día se apresuró y equivocó con el punto de batido, y la espuma se volcó íntegra sobre la mesa. Juntó todo entre suspiros, lo tiró a la basura… y comenzó de nuevo con su ritual de abrir otra media docena de huevos. Yo la miraba asustada, y también un poco tentada, pero sabía que estaba prohibido reírse en ese momento tan trágico.

Las veces que todo salía bien y la espuma no aterrizaba en medio del mantel, la unía con la crema amarilla ayudándose con una espátula.  Luego preparaba dos fuentes de vidrio: una grande, rectangular para ella, y otra cuadrada, chiquita,  para mí. En esta yo preparaba mi pequeño postre, en el que cabían exactamente cuatro vainillas alineadas. Entonces cada una comenzaba con el armado: una capa de vainillas mojadas en café, una capa de crema de manteca. Una segunda capa de vainillas, otra capa de crema, hasta completar todo el molde.


La última capa era siempre de crema de manteca, que espolvoreábamos con una lluvia de nueces picadas y ralladura de chocolate. Después guardábamos nuestros postres en la heladera con gran cuidado, y juntábamos las herramientas de trabajo, y con una expresión satisfecha, lavábamos todo en la cocina, orgullosas de nuestras dotes de cocinera y cocinerita. 



Receta (parecida) al postre de vainillas y café de mi abuela Angélica
Ingredientes
1.   300 gramos de manteca
2.    250 gramos de azúcar
3.    2 yemas y 2 claras a nieve
4.    2 tazas de café bien cargado
5.    1 cucharadita de esencia de vainilla
6.    2 paquetes de vainillas
7.    ½  pocillo de oporto
8.    1 pocillo de licor de café (Tía María)
9.    Nueces picadas y chocolate rallado para decorar

+* Batir la manteca con el azúcar hasta que esté bien cremosa. Incorporar las  2 yemas y batir bien. Perfumar con la esencia de vainilla y el oporto y agregar las claras batidas a nieve con una pizca de sal.

* Mojar las vainillas en el café frío mezclado con licor de café y disponer en una fuente rectangular. Cubrir con una capa de la crema de café, luego con otra de vainillas y así hasta terminar con una capa de crema. Decorar con las nueces y el chocolate y dejar al frío al menos por 6 horas.

* Si lo querés hacer más liviano, reemplazá la manteca por Casancrem azul,  o cualquier queso crema que no sea muy ácido. Y si lo querés más consistente, le podés agregar a la crema de café un sobrecito de gelatina sin sabor bien disuelto en medio pocillo de agua caliente.







jueves, 3 de diciembre de 2015

Hombres desnudos en mi casa


Un día tomaron la costumbre de dormir desnudos, y cuando yo tenía que entrar a sus cuartos a buscar o hacer algo, hacía un esfuerzo para desviar la vista. Con suerte, estaban durmiendo tapados con la sábana…


Un estudio del Instituto del Sueño de EE.UU. enumeró las bondades de dormir desnudo. Por ejemplo, que se aprovecha el termostato natural del organismo que ayuda a regular la  temperatura corporal y evita despertarse sudoroso a la mitad de la noche. Al dormir bien mejora el carácter, se tiene menos hambre y mayor rendimiento, se beneficia la salud genital y propicia el encuentro sexual.

Dudo mucho de que mis hijos hayan leído la investigación; sin embargo decidieron empezar a dormir en traje de Adán… pero sin la hoja. Esta costumbre se les despertó a ambos cuando empezó el verano, y debe ser alguna especie de pulsión ya que ni siquiera comparten el cuarto.
Desde adolescentes empezaron a dormir con la puerta cerrada, sobre todo para tener oscuridad y silencio tras volver de bailar de día.

Este nuevo hábito de la desnudez me empezó a provocar una mezcla de miedo y pudor cada vez que  tengo que entrar en sus cuartos mientras duermen.  ¿Para qué tengo que entrar en sus cuartos cuando están durmiendo? La verdad es que el vestidor de mi hijo mayor tenía unos estantes extra en la parte superior… y se lo usurpé  para guardar las toallas. Antes, si necesitaba sacar alguna toalla abría la puerta y entraba sin hacer ruido para no despertarlo. Pero todo eso era antes.

Mi hijo menor no tiene estantes usurpables. Pero parece ignorar la función “sleep” del televisor, y muchas veces a las 3 o 4 de la mañana me despierto escuchando un grito de gol, la música de una publicidad o un diálogo. Veo que por enésima vez se quedó dormido con el televisor prendido y me levanto para entrar y apagarlo. O me levantaba… antes.

Desde que a estos grandotes peludos duermen desnudos acecha un dragón detrás de sus puertas. Con suerte, puedo entrar y ver que están tapados, aún cuando me esfuerce en mirar para otro lado. Pero siempre me asusta pensar en ese día en el que me encuentre con una versión de carne y hueso de un yacente David de Miguel Ángel, durmiendo en mi propia casa.

¿Qué es lo que temo y qué es lo que me molesta? Creo que me preocupa violar, sin querer, su intimidad y su pudor. También comprobar que los niños que tuve ya  tienen la estampa de un hombre, pero absolutamente asexuado. Como sea, cualquiera sea la respuesta, tengo que hacer sin falta un lugar extra en otra parte de la casa para mis toallas. Y cada noche, dormir con tapones en los oídos. 

Don Sigmund y las casualidades

Esta entrada tiene dos partes; la segunda es la del perro, por eso la foto. Pero ambas están curiosamente vinculadas.  Va la primera. Como c...

La mesa del fondo