jueves, 14 de febrero de 2019

La mesa del fondo

Llevaba varios años de separada y ya estaba con ganas de conocer a alguien con quien recuperar mi vida de mujer, no madre, no chofer, no hija. Esperé sin éxito durante meses que alguna amiga me presentara al vecino, al hermano, o al amigo del compañero de oficina del primo. Nada. Nadie. Tampoco tuve uno de esos encuentros casuales que describen algunas  suertudas en el sector de vinos del supermercado; pero fue sin duda porque no tenía las antenas en estado de alerta y sencillamente, no miraba a nadie.


En ese tiempo no existían Tinder ni Happn; no había escuchado hablar de match.com ni de alguna otra plataforma para buscar pareja. Pero en un programa de radio que escuchaba a la mañana oí que pedían que la gente sola, en busca de pareja, escribiera para tratar de hacer un “encuentro de almas a través del éter”. O algo así.  

Con mucha vergüenza, pero sabiendo que era casi mi única alternativa, me presenté como “la morocha argentina”, esa fiel compañera gamba para todo. Y agregué que buscaba un hombre con su situación emocional y económica resuelta (así pedían todos, y me lo copié en mi carta). Me pareció lógico porque no tenía ganas de sumarme problemas o nuevas preocupaciones: ya bastante tenía con lo mío.  Como la morocha argentina recibí una docena de mails con ganas de conocerme. Descarté al guardavidas veinteañero que de cada tres palabras, dos tenían errores de ortografía. También al sexagenario que se sentía horriblemente solo, y al que vivía a 160 kilómetros de mi casa. No le respondí al casado con tres hijos que buscaba una aventura apasionada, ni al que se moría por saber si yo usaba tanga o culotte.

A los demás les respondí uno por uno, y también me encontré a tomar un café. Con el pediatra petiso que me llegaba al hombro,  cuyos encantos no fueron suficientemente convincentes como para hacerme olvidar mi preferencia por los altos grandotes entre cuyos brazos poder cobijarme. Con el vendedor de autos que se me puso a llorar porque extrañaba mucho a su mujer y a sus hijos. Y con el sesentón de peinado raro que sin disimulo alguno me relojeaba las piernas por el costado de la mesa, con una mirada un poco turbia. Posta.  


Con el último de la lista me encontré una tarde de invierno en un pub de San Isidro que ya no existe; hoy es una cervecería. Habíamos hablado por teléfono y sonaba cálido y varonil. Sabía que era divorciado, con una hija adolescente, ex rugbier ¡seguramente sería alto y grandote! ¿Podría, con el tiempo, cobijarme entre sus brazos como yo quería?

Con miedo y curiosidad entré al lugar, donde había unas pocas mesas ocupadas con parejas, cerca de la chimenea encendida. Al fondo, en una mesa redonda, un hombre solo. Sentí algo en el estómago, como ese vértigo que te agarra cuando entrás en la bajada gigante de la montaña rusa. No podía ser más buen mozo. ¿Era él? ¿Era el “mío”? ¿Podría yo tener tanta suerte? Respiré hondo, me acerqué a la mesa y me presenté.

Sentate, me dijo, tenía muchas ganas de conocerte.

miércoles, 18 de abril de 2018

Cara de bolú

"que los cuuuuumplas, que los cuuuumplas, que los cuuuumplas feeeeeliiiiiiiiz!"

Ricardo sopló fuerte la dos velas celestes y su familia y amigos lo llenaron de besos y aplausos. Más tarde, mientras ayudaba a su muer a acomodar las últimas copas en el aparador, se dio cuenta de que necesitaba estar un rato solo, para pensar. Besó a su mujer y le avisó que se iba a fumar un cigarrillo al balcón, ya que la noche estaba preciosa.

¡Sesenta años, que lo reparió! Se había convertido en un sexagenario, como dicen en los noticieros. Que rima con dinosaurio y obituario. Por primera vez en su vida se sintió viejo, pero viejo de adentro. Físicamente estaba bien, su familia y su trabajo marchaban sin problemas. Carla, su segunda mujer, era una buena compañera: sus dos hijos se habían casado con buenas chicas, agradables y simpáticas. Todavía no le habían dado nietos, pero ya llegarían.

No toleraba lo de sexagenario, porque estaba orgulloso de sus dotes de "galán maduro". Recordó a Laura, la secretaria del estudio de un amigo: unos 45 años, divorciada, de caderas rotundas, pechera apretadita y tentadora como cajón de frutillas. Cada vez que iba a ver a Jorge le divertía ver cómo ella buscaba hacerse notar. "psé... todavía este dinosaurio tiene las garras afiladas", pensó entre divertido y conforme, mientras jugaba con el humo del cigarrillo.

Pero no era un tema de verse gastado como hombre sino que sentía que se le había pasado la vida y todavía tenían tantos sueños por cumplir... El sábado siguiente caminó treinta cuadras hasta la estación Colegiales, hasta aquél terrenito que conocía tan bien, el de la calesita donde había llevado a sus hijos durante tanto tiempo. El lugar estaba casi igual, el espacio contenido entre dos medianeras, la casilla de madera y los dibujos en las paredes. Ya no estaban Hijitus, Anteojito y Petete; ahora había un Mickey anoréxico , un pato Donald bastante bien logrado y algunos otros personajes de Disney.

Estiró el cuello buscando al tano, y se acercó a la casilla. "¿Está Salvatore?", preguntó.
- Salvatore era mi viejo, respondió un hombre desde adentro. Murió el año pasado. Cáncer.
- Lo lamento mucho, che. Era joven, comentó Ricardo. Yo venía acá a traer a mis hijos cuando eran chicos. Creo que vos no habías nacido todavía.
- Bueno, le doy la bienvenida, en nombre de mi viejo que ya no está. Y en el mío también. ¿En qué lo puedo ayudar?
- Esteeee, ¿no me vendés una vuelta... para mí?, preguntó Ricardo casi en un susurro.
- La casa invita. Suba nomás.

Ricardo se trepó a la calesita con cierta vergüenza. Solo había tres chicos en unos autitos. Empezó la vuelta con unas estrofas de Xuxa "es la hora es la hora, es la hora de bailar". Y mientras tanto el sexagenario, el obituario, el dinosaurio  se sentía nuevamente chico, divertido mientras daba vueltas semisentado en la cola de un avioncito de madera.

En un banco, a un costado, dos mucamas veinteañeras esperaban mientras sus "patroncitos" giraban una y otra vez adentro de los pequeños autos. Mientras tanto chateaban con sus celulares, se reían y cuchicheaban. "Para mí que está loco, se está riendo, mirá qué cara de bolú..."

sábado, 13 de enero de 2018

El micro verde de Coelho

Gracias a Guillermo Laguna, de quien tomé "prestada" una foto suya
junto al micro verde, un tiempo antes de ser tuneado (este último)
No hay nada más aburrido que la bicicleta fija, y mucho peor si te olvidaste el celular en tu casa y no podés escuchar música o la radio. En esos casos no queda otra que entretenerse con los recuerdos, como hice yo, por ejemplo, con el micro verde de Coelho. .

El micro verde de Juan Coelho era el más grande y moderno de todos, y estacionaba primero, justo frente a la salida del colegio Horacio Watson. Había otros micros identificados con colores según el recorrido:  rosa, marrón, rojo y no me acuerdo más, y recuerdo tener un estúpido orgullo infantil porque "mi" micro era el más lindo de todos. Leyendo un grupo de Facebook de ex alumnos, alguien dijo que Coelho había "tuneado"el micro para que quedara más moderno;  por eso tenía una trompa cuadrada que lo hacía parecer más nuevo y grande que los demás. Pero yo ya lo conocí así impactante como lo recuerdo.

Cuando subíamos para volver a casa a las 4 de la tarde tratábamos de sentarnos en una de las ventanillas del lado derecho. Era porque había un viejito con barba blanca que tenía una bandeja colgando del cuello, como los vendedores de golosinas del cine. Tenia algunos dulces y los más baratos eran los pirulines y los bocaditos Holanda que se te pegaban en los dientes, que le comprábamos para ir comiendo en el camino de vuelta a casa.

Coelho era un hombre bajo y regordete de mediana edad, con bigotito fino y un extraño peinado engominado para el costado con el que trataba de disimular la falta de pelo. Usaba ese típico recurso de los pelados de dejarse crecer más un costado para "enrollarlo" sobre el casco despoblado como si fuera la toca. Tenía un aspecto exótico y recargado, pero era puntual, respetuoso con los padres de los alumnos y buen conductor. 

Cuando yo era chica lo acompañaba una "azafata"que iba en un pequeño asiento a la derecha del micro. Ella se bajaba a tocar el timbre si el pasajero no estaba en la puerta de su casa, y ayudaba a subir o bajar a los mas chiquitos. Recuerdo haberle dicho alguna vez a mi mamá que Coelho le decía "cositas" a la azafata, andá a saber a qué me refería. Pero estoy segura de que se hacía el galán con la chica que sería joven y linda, aunque leyendo comentarios en el grupo de Facebook que mencioné, si había conservado la misma de los años '50 y pico, era la esposa.

Con el tiempo dejó de tener la azafata, y las pasajeras más grandes hacíamos de ayudantes bajando a tocar timbre y dándole una mano para subir a los bajitos. En ese trabajo que nos hacía sentir especiales vimos a la madre de la mayoría de mis compañeros de viaje... en deshabillé. Se usaban en aquél tiempo unos largos hasta el piso hechos de matelassé estampado, obviamente con pantuflas de paño, o peludas. ¿Cómo saldrán las madres de hoy a despedir a los chicos? Supongo que con calzas y zapatillas para ir al gimnasio o a medio vestir antes de ir al trabajo...

El micro tenía una luneta delantera donde había todo tipo de objetos, desde papeles, útiles escolares, llaves, herramientas y repuestos diversos. Pero también se podía encontrar ahí la joya más preciada de la corona: los botones plateados perdidos del blazer marrón, que en aquél tiempo tenían acuñado el logo del colegio. Era un haz de trigo con el lema "Ut Severis Seges", o "Como siembres, cosecharás". Era imposible conseguir botones de repuesto si se te había perdido uno, así que lo mejor que te podía pasar es encontrar uno en ese revoltijo ecléctico de la luneta.

Coelho tenía paciencia, y se bancaba bastante bien nuestros desbandes de a bordo. Cuando tenía la azafata la mandaba a retarnos o hacernos sentar. Pero en el tiempo que no hubo más, cuando la cosa se ponía descontrolada estacionaba, paraba el motor y ¡agarrate! Literalmente nos cagaba gritos con un vozarrón de trueno y después de eso no volaba una mosca por el resto del viaje. Y recuerdo un día que estaba muy sacado y agarró por las axilas a uno que estaba haciendo demasiado bardo y lo metió ¡en el portaequipaje que estaba encima de los asientos! No tenía tapa como los de los aviones, así que no viajó encerrado pero sí muerto de miedo.

Otro detalle gracioso que recuerdo de esos viajes era nuestra pérdida de identidad. No éramos García, Dagnino, Faverio o Chiantore sino que él nos había rebautizado con el nombre de la calle donde vivíamos. Así, "Condarco", "Altolaguirre", "Aizpurúa" o "Plaza" pasábamos las mañanas y tardes a bordo del emblemático micro verde donde nunca, nunca, faltaba la emoción.

sábado, 30 de abril de 2016

Una torta consistente

La semana pasada me puse a hacer un lemon pie para llevar a un cumpleaños, y uno de mis hijos llegó a la cocina con la nariz levantada, siguiendo el rastro del perfume de la masa horneada. “Hmmmm qué rico”, dijo.

No me preocupé mucho de que la atacara como tantas veces, porque en estos tiempos está encantadísimo con el crossfit y la dieta Paleo. Aunque le dije  que hay que comer de todo, según dicen los especialistas en nutrición, sigue entusiasmado entrándole a las proteínas y mirando con asco las harinas, la papa  y el azúcar.


Como le encanta cocinar me preguntó cómo se hacía esa tarta que no iba a comer, y le expliqué que tenia la clásica base de galletitas dulces, azúcar y manteca. Y encima una mezcla de leche condensada batida con 4 yemas y media taza de jugo de lima, que se lleva a horno mediano durante 20 minutos.  

Mientras yo lavaba el bowl y el batidor empezamos a hablar de un asador criollo que se está haciendo con su hermano en el jardín. En realidad hace más de dos meses que entre los dos se pusieron a hacer una especie de “piletita” en una zona que les cedí, donde quieren clavar la cruz de hierro para cocinar cordero, chancho, etc. El proyecto empezó con un entusiasmo que luego decayó, y ante mis quejas de tener una especie de tumba en medio del jardín, resolvieron retomar. Me comentó que había visto modelos de asadores con paredes de ladrillo refractario, adoquines, bloques de cemento y pensamos que tal vez podríamos comprarle piedritas blancas en el medio para que quede más lindo.



Cuando terminé de lavar y acomodar me acercó el teléfono para mostrarme unas fotos. Yo las miré atentamente y le dije que era muy rara esa base de tarta bicolor, que cómo habrían hecho para que sea así y de qué sería la masa. También comenté que estaba muy prolija y seguramente quedaría muy rica.

Ví que mi hijo se reía. Y me agrandó las fotos. No era una base de tarta de galletitas sino un asador criollo con un prolijo borde de ladrillos de dos colores. Todo esto me pasa por no tener los anteojos a mano. "No te dije nada porque estaba causando mucha gracia lo que me decías", comentó. 

Por eso es que ahora tengo varios pares de anteojos de esos descartables, repartidos en cada rincón de la casa. No quiero que crean que tengo Alzheimer o que me volví loca por haberle puesto yerba a la pizza o yoghurt al café. Lo que ocurre, sencillamente, es que en esta casa ¡hay muy poca luz! 



martes, 5 de abril de 2016

El regalo de Hernán Oliva

La noticia triste se difundió en todos los noticieros este 2 de abril: murió el mítico saxofonista “Gato” Barbieri, creador -entre otros temas inolvidables-  de “Europa”, esa obra que desborda pasión y erotismo. Barbieri fue uno de los exponentes del jazz argentino, y ya acompaña entre las nubes a otras bestias musicales como el “Mono” Villegas, Lalo Shiffrin, “Fats” Fernández y Hernán Oliva.
Justamente de Hernán Oliva quiero contar una historia que ocurrió hace casi 30 años. Yo estudiaba arquitectura de noche, y había organizado ir a comer con mi papá por San Telmo, a la salida de la facultad. Un compañero mío que se acababa de divorciar estaba un poco bajoneado y lo invitamos a sumarse a la salida. Después de comer unas pizzas fuimos a tomar un café a uno de los típicos bares del barrio, y al salir vimos venir a un hombre algo gastado, de traje y sombrero y con un violín al cuello.
¡Hernán Oliva!, dijo mi papá entusiasmado. ¡Es un fenómeno! Mi amigo y yo no sabíamos quién era, pero él, contador de profesión y músico por adopción, sabía de su talento y lo admiraba mucho. El viejo se nos acercó con pasos titubeantes; se notaba que estaba un poco “entonado” por algunos vinos o whiskies. ¿Les toco algo?, preguntó.
¡Lo que quiera, maestro!, dijo mi papá. ¿Tango o jazz?, preguntó. ¡Tango! pidió el contador pianista mientras le deslizaba un billete en el bolsillo chiquito del saco. Oliva se calzó el violín al cuello y empezó a tocar. Eligió Malena, y empezó a llenar de acordes profundos la calle desierta. 

Ese momento fue sublime, a pesar de la tristeza que despertaba que un músico de su prestigio anduviera yirando y tocando por una limosna. Y así deambulaba por los bares, tomando y tocando. Y lo hacía cada vez mejor a medida que avanzaba la noche y el alcohol le iba dando calor a las venas.   

Y aún en medio del clima de nostalgia y una cierta decadencia, esa calle solitaria de adoquines oscuros se llenó de magia. Había una luna enorme y brillante que parecía querer asomarse a escuchar con nosotros. Y ahí estábamos los tres solos frente al músico, emocionados con la melodía triste, melancólica y bella que nos regalaba en esa noche de otoño. 

Era Hernán Oliva, el violinista errante, al que le gustaba tocar por la calle. Esas mismas veredas donde fue hallado muerto en 1988, casi a los 75, abrazado al estuche de su eterno compañero de aventuras. 

martes, 5 de enero de 2016

Los Reyes Magos, a veces son jodidos

Sí: aunque los Reyes Magos parezcan tres viejitos inofensivos, algunas veces pueden llegar a ser jodidos.Y lo digo porque un año me amargaron la mañana. Lo recuerdo bien, como si hubiera pasado ayer: era muy temprano cuando fui corriendo al hall del departamento de la calle Condarco, esperando encontrar mi  regalo. Pero solo había dos cajas de cartón que abrí deseando poder convertir las piedras en oro, aunque no pasó nada. ¿A cuál de los tres trastornados se le habría ocurrido dejarme 10 tomos de la "Enciclopedia Uthea para la Juventud"?

¿Acaso no habían leído el papelito que les dejé en su propias manos en Gath & Chaves? Ahí estaba todo claramente expresado con letra grande y prolija, para evitar confusiones: “Queridos Reyes Magos: quiero que me traigan una bicicleta, un hermanito o una mesa de luz”. Pero no, los señores habían decidido hacer lo que se les daba la gana haciéndome sentir mal. Como cuando para tu cumpleaños, en lugar del Cerebro Mágico que tanto querías ¡te regalan un pijama! ¿Quién puede querer un pijama? ¡Eso no es un regalo, es un castigo! Y encima tenés que decir “gracias”.

De todos modos, no todos mis 6 de enero fueron tan trágicos. El regalo más lindo que recuerdo es un monito de peluche que tocaba los platillos. Se activaba deslizando un botón que tenía en la espalda, y el juguete empezaba a mover los brazos y a entrechocar dos platillos de metal dorado  haciendo “chín, chín, chín”. A los seis o siete sonidos daba una vuelta carnero hacia atrás y volvía a caer de pie. Algunas veces la pirueta resultaba un poco fallida y aterrizaba de costado, pero seguía en el piso con su incesante “chin, chin, chin”, aunque ya no podía dar el salto fantástico.


Para ser honesta, la Enciclopedia Uthea para la Juventud fue un buen regalo y tenía sus encantos. En cada tomo había una sección con fábulas y cuentos de todo el mundo, donde conocí muchas de las historias de Las Mil y Una Noches, las originales y no las del gordito autoritario de Onur. Los cuentos venían maravillosamente ilustrados, y me encantaba pasar las tardes apreciando cada detalle de la ropa de los personajes, los animales fabulosos y los monstruos y seres mitológicos más extravagantes.  También había capítulos con juegos, planos para construir juguetes y recetas de cocina para niños. Con el tiempo, ese regalo tan odiado se convirtió en un entretenimiento y una compañía que me duró varios años.

Cuando tuve mis hijos, la tradición del 5 de enero era hacer cuencos de barro para poner el pasto para los camellos. Juntábamos tierra en una palangana de plástico y le agregábamos agua de a poquito hasta formar una pasta chocolatosa. Mis hijos disfrutaban muchísimo metiendo las manos hasta la muñeca dentro de la mezcla, de donde sacaban grandes bolas para modelar. Cada uno hacía su propio recipiente, que dejaban secar toda la tarde al sol.

Al anochecer ya estaban bastante consistentes como para convertirse en bowls donde poníamos el “alimento” para que los animales cansados pudieran recobrar fuerzas. A un costado dejábamos un balde con agua, para que pudieran también saciar su sed. ¡Con qué alegría comprobaban al día siguiente que los camellos se habían comido todo el pasto! De todos modos, siempre quedaba alguna que otra brizna en el suelo; aunque fueran vehículos de la realeza, eran finalmente animales y comían como tales. 

Pasado el primer impacto de ver los cuencos vacíos, venía la apertura de paquetes colocados a un costado de los tres pares de zapatos. Y curiosamente, los Reyes Magos de esa casa nunca, nunca, dejaron ni un pijama ni un libro.




Mi primera pool-party


Cuando yo era chica, ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo se llamaba “ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo” (o amiga). Todo empezaba a media mañana, y al llegar nos acomodábamos en una reposara o lonita. Ahí nomás empezaba el ritual de embadurnarnos con Rayito de Sol, un bronceador que venía en un pomo de aluminio pintado de naranja y verde que se compraba en las perfumerías Ivonne. Era una crema espesa que salía del envase en choricitos como si fuera un dentífrico marrón, y te dejaba un color fantástico sin rostizarte,  ya que tenía un efectivo filtro solar.  


Después de tomar sol un buen rato, comíamos algo liviano. Y mientras escuchábamos un cassette tras otro en un aparato reproductor tan grande como un bebé elefante, tomábamos Coca Cola, fumábamos Marlboro y pasábamos una tarde genial.



El tiempo pasa y algunas cosas cambiaron mucho. Y lo que antes era ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo… se convirtió en “pool party”. Hace poco tuve mi primera experiencia en casa, esta vez no como la adolescente del Rayito de Sol sino como la mamá de un hijo veinteañero que decidió festejar así su cumpleaños. Fue un sábado de noviembre, aunque el día anterior ya habían empezado a traer las bebidas: varios packs de botellas de Coca Cola y cajas de jugo de naranja. ¡Y unas 300 latas de cerveza, Fernet, Speed, vodka, Campari, Cynar y Martini!

El día “D” resultó lleno de sol y calor, y a eso de las 11 empezaron a llegar los primeros invitados con varios tachos de plástico donde metieron hielo y las primeras latas de cerveza. Al ratito ya estaban abriendo las primeras, con ese clásico “snatch” que escucharía infinitas veces durante el resto de la tarde y la noche. Al rato llegó una camioneta con un castillo inflable, que regaron con agua y detergente de la cocina para convertirlo en un deslizador jabonoso donde se morían de risa con cada revolcón. También instalaron un futbol tenis en el pasto, colgaron banderines multicolores y cuando llegó “el hermano del Bocha”, empezó la música que salía de unos parlantes gigantes. No sé cómo pero también llegó a mi casa un cartel de Personal, que se deben haber robado de algún evento, que le daba a la reunión un aspecto más mundano, ya que hasta parecía que tenían un sponsor.

Como todas las madres, que nos preocupamos de que los chicos no salgan sin un buzo porque hace frío… empecé a preguntar por la comida. Pero no estaba prevista, y me imaginé decenas de chicos tomando cerveza y Fernet con el estómago vacío y vomitando entre mis plantas. Y aunque sé que no tenía que hacerlo ni meterme, me fui a comprar unos combos de panchos y hamburguesas para que al menos tuvieran algo más que alcohol en la panza. Pensé que así evitaría males mayores, descomposturas y malos momentos que empañarían la jornada. Recién ayer, hablando del tema, me dijeron algo así como: “en las pool party, no hay comida, mamá”. A pesar de este postulado,  cuando llegaron los panchos y los devoraron con entusiasmo y sin protestar.

Las horas fueron pasando y a medida que seguían llegando los invitados, las risas eran más sonoras al igual que la música y el “snatch,  snatch”. Chicas a la vista no había, salvo dos que conversaban en un costado tiradas en unas reposeras. A eso de las 4 o 5 llegaron “ellas”, y empezó la verdadera fiesta. La música subió el volumen, la mesa larga que oficiaba de barra estaba a pleno y había dos o tres barman improvisados. Para que nadie cruzara a la zona roja donde estaban las botellas, pusieron unas cintas plásticas coloradas con la inscripción “NO PASAR”, de esas que usan en las obras para impedir el acceso a los transeúntes.

El estímulo, el alcohol, el vértigo, la música y la excitación iban in crescendo, y a medida que fue bajando el sol también se llenó el jardín. Había decenas de chicos y chicas bailando animadamente, todos con su latita o su vaso de plástico en mano. Corrían, gritaban, se reían, y si bien era  un “descontrol controlado”, cada tanto hacía la "ronda del sargento García" (con algo menos de panza y bigote) para ver si había algún problema. Pero uno de los chicos tuvo la mala suerte de pisar el vidrio roto de una botella y se hizo un gran corte en el pie. Entró a la casa, que en principio estaba vedada para todos según había aclarado el anfitrión y en el camino al baño fue dejando botones de sangre a lo largo del living. Cuando lo encontré traté de frenar la hemorragia con agua oxigenada y gasa y una de las chicas lo llevó a la guardia del hospital cercano para que lo atendieran. 

Gracias a Dios, esa fue la mayor complicación del día “P”. En un momento de la noche uno de los “ingenieros de luz y sonido” se trepó al techo y puso unos focos con leds que iluminaban la pileta con destellos multicolores; era una verdadera fiesta, y me sorprendió lo bien que se organizan cuando quieren. Cerca de las 21 un voluntario prendió la parrilla y empezaron a circular las hamburguesas que todos aceptaban con alegría. Aunque en las pool party… no haya comida.

Y así, entre caras risueñas, algunos caminaban dando vueltas como trompo, otros se abrazaban y se hacían la clásica declaración de los borrachos: “te quiero mucho”. Por suerte, el festejo terminó, paró la música y los autos que rodeaban la manzana se fueron yendo. Aunque dejaron las inmediaciones llenas de latitas de cerveza, vasos, y chapitas del “snatch”. Con la promesa de limpiar todo al día siguiente, mi hijo, su novia y un amigo se fueron a dormir. Cuando me levanté al día siguiente fui a inspeccionar el campo de batalla: había miles de vasos, cajas de cigarrillos, latas, panes de hamburguesa aplastados contra los adoquines, colillas, chicles, parvas de botellas vacías, y bastante pegote y barro en el piso de la galería. Ni bien se levantaron, los sobrevivientes juntaron todos los restos en una carretilla y empezaron el operativo limpieza.


Debo reconocer que todo quedó bastante bien y salió mejor de lo que esperaba, aunque más de una pool party por año prometo no permitir que se festeje en casa. Todavía no creció de nuevo el pasto, aun tengo los enormes parlantes alquilados en la galería, siguen los flecos de la cinta de “NO PASAR” y el cartel de Personal que ya pasó a formar parte del jardín. Allá arriba, en el borde de la rama de un árbol, una latita de cerveza reposa vacía el sueño de los justos. Hasta que alguien se digne a traer una escalera y bajarla para tirar a la basura.

Último momento: acaba de llegar una citación del Tribunal de Disciplina del Club, por quejas de los vecinos. El cargo: ruidos molestos, autos mal estacionados y jóvenes ebrios circulando por las calles y haciendo desmanes. (Ya me parecía raro que todo fuera tan perfecto. Continuará.)

Don Sigmund y las casualidades

Esta entrada tiene dos partes; la segunda es la del perro, por eso la foto. Pero ambas están curiosamente vinculadas.  Va la primera. Como c...

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