martes, 5 de abril de 2016

El regalo de Hernán Oliva

La noticia triste se difundió en todos los noticieros este 2 de abril: murió el mítico saxofonista “Gato” Barbieri, creador -entre otros temas inolvidables-  de “Europa”, esa obra que desborda pasión y erotismo. Barbieri fue uno de los exponentes del jazz argentino, y ya acompaña entre las nubes a otras bestias musicales como el “Mono” Villegas, Lalo Shiffrin, “Fats” Fernández y Hernán Oliva.
Justamente de Hernán Oliva quiero contar una historia que ocurrió hace casi 30 años. Yo estudiaba arquitectura de noche, y había organizado ir a comer con mi papá por San Telmo, a la salida de la facultad. Un compañero mío que se acababa de divorciar estaba un poco bajoneado y lo invitamos a sumarse a la salida. Después de comer unas pizzas fuimos a tomar un café a uno de los típicos bares del barrio, y al salir vimos venir a un hombre algo gastado, de traje y sombrero y con un violín al cuello.
¡Hernán Oliva!, dijo mi papá entusiasmado. ¡Es un fenómeno! Mi amigo y yo no sabíamos quién era, pero él, contador de profesión y músico por adopción, sabía de su talento y lo admiraba mucho. El viejo se nos acercó con pasos titubeantes; se notaba que estaba un poco “entonado” por algunos vinos o whiskies. ¿Les toco algo?, preguntó.
¡Lo que quiera, maestro!, dijo mi papá. ¿Tango o jazz?, preguntó. ¡Tango! pidió el contador pianista mientras le deslizaba un billete en el bolsillo chiquito del saco. Oliva se calzó el violín al cuello y empezó a tocar. Eligió Malena, y empezó a llenar de acordes profundos la calle desierta. 

Ese momento fue sublime, a pesar de la tristeza que despertaba que un músico de su prestigio anduviera yirando y tocando por una limosna. Y así deambulaba por los bares, tomando y tocando. Y lo hacía cada vez mejor a medida que avanzaba la noche y el alcohol le iba dando calor a las venas.   

Y aún en medio del clima de nostalgia y una cierta decadencia, esa calle solitaria de adoquines oscuros se llenó de magia. Había una luna enorme y brillante que parecía querer asomarse a escuchar con nosotros. Y ahí estábamos los tres solos frente al músico, emocionados con la melodía triste, melancólica y bella que nos regalaba en esa noche de otoño. 

Era Hernán Oliva, el violinista errante, al que le gustaba tocar por la calle. Esas mismas veredas donde fue hallado muerto en 1988, casi a los 75, abrazado al estuche de su eterno compañero de aventuras. 

martes, 5 de enero de 2016

Los Reyes Magos, a veces son jodidos

Sí: aunque los Reyes Magos parezcan tres viejitos inofensivos, algunas veces pueden llegar a ser jodidos.Y lo digo porque un año me amargaron la mañana. Lo recuerdo bien, como si hubiera pasado ayer: era muy temprano cuando fui corriendo al hall del departamento de la calle Condarco, esperando encontrar mi  regalo. Pero solo había dos cajas de cartón que abrí deseando poder convertir las piedras en oro, aunque no pasó nada. ¿A cuál de los tres trastornados se le habría ocurrido dejarme 10 tomos de la "Enciclopedia Uthea para la Juventud"?

¿Acaso no habían leído el papelito que les dejé en su propias manos en Gath & Chaves? Ahí estaba todo claramente expresado con letra grande y prolija, para evitar confusiones: “Queridos Reyes Magos: quiero que me traigan una bicicleta, un hermanito o una mesa de luz”. Pero no, los señores habían decidido hacer lo que se les daba la gana haciéndome sentir mal. Como cuando para tu cumpleaños, en lugar del Cerebro Mágico que tanto querías ¡te regalan un pijama! ¿Quién puede querer un pijama? ¡Eso no es un regalo, es un castigo! Y encima tenés que decir “gracias”.

De todos modos, no todos mis 6 de enero fueron tan trágicos. El regalo más lindo que recuerdo es un monito de peluche que tocaba los platillos. Se activaba deslizando un botón que tenía en la espalda, y el juguete empezaba a mover los brazos y a entrechocar dos platillos de metal dorado  haciendo “chín, chín, chín”. A los seis o siete sonidos daba una vuelta carnero hacia atrás y volvía a caer de pie. Algunas veces la pirueta resultaba un poco fallida y aterrizaba de costado, pero seguía en el piso con su incesante “chin, chin, chin”, aunque ya no podía dar el salto fantástico.


Para ser honesta, la Enciclopedia Uthea para la Juventud fue un buen regalo y tenía sus encantos. En cada tomo había una sección con fábulas y cuentos de todo el mundo, donde conocí muchas de las historias de Las Mil y Una Noches, las originales y no las del gordito autoritario de Onur. Los cuentos venían maravillosamente ilustrados, y me encantaba pasar las tardes apreciando cada detalle de la ropa de los personajes, los animales fabulosos y los monstruos y seres mitológicos más extravagantes.  También había capítulos con juegos, planos para construir juguetes y recetas de cocina para niños. Con el tiempo, ese regalo tan odiado se convirtió en un entretenimiento y una compañía que me duró varios años.

Cuando tuve mis hijos, la tradición del 5 de enero era hacer cuencos de barro para poner el pasto para los camellos. Juntábamos tierra en una palangana de plástico y le agregábamos agua de a poquito hasta formar una pasta chocolatosa. Mis hijos disfrutaban muchísimo metiendo las manos hasta la muñeca dentro de la mezcla, de donde sacaban grandes bolas para modelar. Cada uno hacía su propio recipiente, que dejaban secar toda la tarde al sol.

Al anochecer ya estaban bastante consistentes como para convertirse en bowls donde poníamos el “alimento” para que los animales cansados pudieran recobrar fuerzas. A un costado dejábamos un balde con agua, para que pudieran también saciar su sed. ¡Con qué alegría comprobaban al día siguiente que los camellos se habían comido todo el pasto! De todos modos, siempre quedaba alguna que otra brizna en el suelo; aunque fueran vehículos de la realeza, eran finalmente animales y comían como tales. 

Pasado el primer impacto de ver los cuencos vacíos, venía la apertura de paquetes colocados a un costado de los tres pares de zapatos. Y curiosamente, los Reyes Magos de esa casa nunca, nunca, dejaron ni un pijama ni un libro.




Mi primera pool-party


Cuando yo era chica, ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo se llamaba “ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo” (o amiga). Todo empezaba a media mañana, y al llegar nos acomodábamos en una reposara o lonita. Ahí nomás empezaba el ritual de embadurnarnos con Rayito de Sol, un bronceador que venía en un pomo de aluminio pintado de naranja y verde que se compraba en las perfumerías Ivonne. Era una crema espesa que salía del envase en choricitos como si fuera un dentífrico marrón, y te dejaba un color fantástico sin rostizarte,  ya que tenía un efectivo filtro solar.  


Después de tomar sol un buen rato, comíamos algo liviano. Y mientras escuchábamos un cassette tras otro en un aparato reproductor tan grande como un bebé elefante, tomábamos Coca Cola, fumábamos Marlboro y pasábamos una tarde genial.



El tiempo pasa y algunas cosas cambiaron mucho. Y lo que antes era ir a pasar la tarde a la pileta de algún amigo… se convirtió en “pool party”. Hace poco tuve mi primera experiencia en casa, esta vez no como la adolescente del Rayito de Sol sino como la mamá de un hijo veinteañero que decidió festejar así su cumpleaños. Fue un sábado de noviembre, aunque el día anterior ya habían empezado a traer las bebidas: varios packs de botellas de Coca Cola y cajas de jugo de naranja. ¡Y unas 300 latas de cerveza, Fernet, Speed, vodka, Campari, Cynar y Martini!

El día “D” resultó lleno de sol y calor, y a eso de las 11 empezaron a llegar los primeros invitados con varios tachos de plástico donde metieron hielo y las primeras latas de cerveza. Al ratito ya estaban abriendo las primeras, con ese clásico “snatch” que escucharía infinitas veces durante el resto de la tarde y la noche. Al rato llegó una camioneta con un castillo inflable, que regaron con agua y detergente de la cocina para convertirlo en un deslizador jabonoso donde se morían de risa con cada revolcón. También instalaron un futbol tenis en el pasto, colgaron banderines multicolores y cuando llegó “el hermano del Bocha”, empezó la música que salía de unos parlantes gigantes. No sé cómo pero también llegó a mi casa un cartel de Personal, que se deben haber robado de algún evento, que le daba a la reunión un aspecto más mundano, ya que hasta parecía que tenían un sponsor.

Como todas las madres, que nos preocupamos de que los chicos no salgan sin un buzo porque hace frío… empecé a preguntar por la comida. Pero no estaba prevista, y me imaginé decenas de chicos tomando cerveza y Fernet con el estómago vacío y vomitando entre mis plantas. Y aunque sé que no tenía que hacerlo ni meterme, me fui a comprar unos combos de panchos y hamburguesas para que al menos tuvieran algo más que alcohol en la panza. Pensé que así evitaría males mayores, descomposturas y malos momentos que empañarían la jornada. Recién ayer, hablando del tema, me dijeron algo así como: “en las pool party, no hay comida, mamá”. A pesar de este postulado,  cuando llegaron los panchos y los devoraron con entusiasmo y sin protestar.

Las horas fueron pasando y a medida que seguían llegando los invitados, las risas eran más sonoras al igual que la música y el “snatch,  snatch”. Chicas a la vista no había, salvo dos que conversaban en un costado tiradas en unas reposeras. A eso de las 4 o 5 llegaron “ellas”, y empezó la verdadera fiesta. La música subió el volumen, la mesa larga que oficiaba de barra estaba a pleno y había dos o tres barman improvisados. Para que nadie cruzara a la zona roja donde estaban las botellas, pusieron unas cintas plásticas coloradas con la inscripción “NO PASAR”, de esas que usan en las obras para impedir el acceso a los transeúntes.

El estímulo, el alcohol, el vértigo, la música y la excitación iban in crescendo, y a medida que fue bajando el sol también se llenó el jardín. Había decenas de chicos y chicas bailando animadamente, todos con su latita o su vaso de plástico en mano. Corrían, gritaban, se reían, y si bien era  un “descontrol controlado”, cada tanto hacía la "ronda del sargento García" (con algo menos de panza y bigote) para ver si había algún problema. Pero uno de los chicos tuvo la mala suerte de pisar el vidrio roto de una botella y se hizo un gran corte en el pie. Entró a la casa, que en principio estaba vedada para todos según había aclarado el anfitrión y en el camino al baño fue dejando botones de sangre a lo largo del living. Cuando lo encontré traté de frenar la hemorragia con agua oxigenada y gasa y una de las chicas lo llevó a la guardia del hospital cercano para que lo atendieran. 

Gracias a Dios, esa fue la mayor complicación del día “P”. En un momento de la noche uno de los “ingenieros de luz y sonido” se trepó al techo y puso unos focos con leds que iluminaban la pileta con destellos multicolores; era una verdadera fiesta, y me sorprendió lo bien que se organizan cuando quieren. Cerca de las 21 un voluntario prendió la parrilla y empezaron a circular las hamburguesas que todos aceptaban con alegría. Aunque en las pool party… no haya comida.

Y así, entre caras risueñas, algunos caminaban dando vueltas como trompo, otros se abrazaban y se hacían la clásica declaración de los borrachos: “te quiero mucho”. Por suerte, el festejo terminó, paró la música y los autos que rodeaban la manzana se fueron yendo. Aunque dejaron las inmediaciones llenas de latitas de cerveza, vasos, y chapitas del “snatch”. Con la promesa de limpiar todo al día siguiente, mi hijo, su novia y un amigo se fueron a dormir. Cuando me levanté al día siguiente fui a inspeccionar el campo de batalla: había miles de vasos, cajas de cigarrillos, latas, panes de hamburguesa aplastados contra los adoquines, colillas, chicles, parvas de botellas vacías, y bastante pegote y barro en el piso de la galería. Ni bien se levantaron, los sobrevivientes juntaron todos los restos en una carretilla y empezaron el operativo limpieza.


Debo reconocer que todo quedó bastante bien y salió mejor de lo que esperaba, aunque más de una pool party por año prometo no permitir que se festeje en casa. Todavía no creció de nuevo el pasto, aun tengo los enormes parlantes alquilados en la galería, siguen los flecos de la cinta de “NO PASAR” y el cartel de Personal que ya pasó a formar parte del jardín. Allá arriba, en el borde de la rama de un árbol, una latita de cerveza reposa vacía el sueño de los justos. Hasta que alguien se digne a traer una escalera y bajarla para tirar a la basura.

Último momento: acaba de llegar una citación del Tribunal de Disciplina del Club, por quejas de los vecinos. El cargo: ruidos molestos, autos mal estacionados y jóvenes ebrios circulando por las calles y haciendo desmanes. (Ya me parecía raro que todo fuera tan perfecto. Continuará.)

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Un postre de Año Nuevo


Mi abuela no sabía cocinar; los ingredientes que más conocía eran el rimmel, la sombra  compacta, la base y el delineador líquido para ojos. De todos modos, cuando llegaban las fiestas de fin de año ponía empeño y preparaba un postre. Era una de las cuatro recetas que sabía,  y la verdad es que le salía muy bien.

Antes de que se conociera el tiramisú en nuestro país, en las casas de inmigrantes italianos se preparaba el “postre de vainillas”. Es bastante parecido, aunque en lugar de mascarpone lleva bastante manteca y la cubierta llena de nueces picadas.

Antes de empezar con el ritual de cocina, mi abuela ponía un mantel blanco en la mesa del comedor, y disponía todos los utensilios de cocina como seguramente hacía cuando estaba en el quirófano: dos espátulas, una cuchara de madera, una cuchara de té y otra de sopa, un cuchillo, un gran batidor de alambre y otro pequeño. Todo perfectamente ordenado de menor a mayor.

Cuando había puesto el último cubierto alineaba los ingredientes. Y recién ahí echaba una taza de azúcar en un bowl de vidrio;  tomaba un huevo, lo golpeaba ligeramente contra el borde del bowl y hundía los dedos en la frágil cáscara blanca hasta abrirla en dos. Con movimientos rápidos pasaba de una mitad a otra el contenido del huevo, hasta que la clara gelatinosa se deslizaba mágicamente dentro de un recipiente de acero que la esperaba debajo. Repetía este procedimiento hasta vaciar la pequeña caja de cartón lila de 6 huevos, mientras juntaba por otro lado las yemas con el azúcar.

Luego tomaba el pequeño batidor de alambre y revolvía hasta formar una mezcla espesa color amarillo pálido; le agregaba una torre de cuadraditos de manteca, oporto, esencia de vainilla y café. Dejaba esta preparación a un costado, y con el gran batidor de alambre revolvía enérgicamente las claras gelatinosas. Recuerdo cómo me gustaba  escuchar el sonido rítmico de los alambres cuando golpeteaban contra el metal del recipiente. Enseguida se empezaba a formar una espuma que se hacía cada vez más alta, más blanca y más espesa El punto   “nieve” estaba listo cuando ella invertía el molde y las claras no se caían, sino que se quedaban aferradas como si estuvieran pegadas.

Un día se apresuró y equivocó con el punto de batido, y la espuma se volcó íntegra sobre la mesa. Juntó todo entre suspiros, lo tiró a la basura… y comenzó de nuevo con su ritual de abrir otra media docena de huevos. Yo la miraba asustada, y también un poco tentada, pero sabía que estaba prohibido reírse en ese momento tan trágico.

Las veces que todo salía bien y la espuma no aterrizaba en medio del mantel, la unía con la crema amarilla ayudándose con una espátula.  Luego preparaba dos fuentes de vidrio: una grande, rectangular para ella, y otra cuadrada, chiquita,  para mí. En esta yo preparaba mi pequeño postre, en el que cabían exactamente cuatro vainillas alineadas. Entonces cada una comenzaba con el armado: una capa de vainillas mojadas en café, una capa de crema de manteca. Una segunda capa de vainillas, otra capa de crema, hasta completar todo el molde.


La última capa era siempre de crema de manteca, que espolvoreábamos con una lluvia de nueces picadas y ralladura de chocolate. Después guardábamos nuestros postres en la heladera con gran cuidado, y juntábamos las herramientas de trabajo, y con una expresión satisfecha, lavábamos todo en la cocina, orgullosas de nuestras dotes de cocinera y cocinerita. 



Receta (parecida) al postre de vainillas y café de mi abuela Angélica
Ingredientes
1.   300 gramos de manteca
2.    250 gramos de azúcar
3.    2 yemas y 2 claras a nieve
4.    2 tazas de café bien cargado
5.    1 cucharadita de esencia de vainilla
6.    2 paquetes de vainillas
7.    ½  pocillo de oporto
8.    1 pocillo de licor de café (Tía María)
9.    Nueces picadas y chocolate rallado para decorar

+* Batir la manteca con el azúcar hasta que esté bien cremosa. Incorporar las  2 yemas y batir bien. Perfumar con la esencia de vainilla y el oporto y agregar las claras batidas a nieve con una pizca de sal.

* Mojar las vainillas en el café frío mezclado con licor de café y disponer en una fuente rectangular. Cubrir con una capa de la crema de café, luego con otra de vainillas y así hasta terminar con una capa de crema. Decorar con las nueces y el chocolate y dejar al frío al menos por 6 horas.

* Si lo querés hacer más liviano, reemplazá la manteca por Casancrem azul,  o cualquier queso crema que no sea muy ácido. Y si lo querés más consistente, le podés agregar a la crema de café un sobrecito de gelatina sin sabor bien disuelto en medio pocillo de agua caliente.







jueves, 3 de diciembre de 2015

Hombres desnudos en mi casa


Un día tomaron la costumbre de dormir desnudos, y cuando yo tenía que entrar a sus cuartos a buscar o hacer algo, hacía un esfuerzo para desviar la vista. Con suerte, estaban durmiendo tapados con la sábana…


Un estudio del Instituto del Sueño de EE.UU. enumeró las bondades de dormir desnudo. Por ejemplo, que se aprovecha el termostato natural del organismo que ayuda a regular la  temperatura corporal y evita despertarse sudoroso a la mitad de la noche. Al dormir bien mejora el carácter, se tiene menos hambre y mayor rendimiento, se beneficia la salud genital y propicia el encuentro sexual.

Dudo mucho de que mis hijos hayan leído la investigación; sin embargo decidieron empezar a dormir en traje de Adán… pero sin la hoja. Esta costumbre se les despertó a ambos cuando empezó el verano, y debe ser alguna especie de pulsión ya que ni siquiera comparten el cuarto.
Desde adolescentes empezaron a dormir con la puerta cerrada, sobre todo para tener oscuridad y silencio tras volver de bailar de día.

Este nuevo hábito de la desnudez me empezó a provocar una mezcla de miedo y pudor cada vez que  tengo que entrar en sus cuartos mientras duermen.  ¿Para qué tengo que entrar en sus cuartos cuando están durmiendo? La verdad es que el vestidor de mi hijo mayor tenía unos estantes extra en la parte superior… y se lo usurpé  para guardar las toallas. Antes, si necesitaba sacar alguna toalla abría la puerta y entraba sin hacer ruido para no despertarlo. Pero todo eso era antes.

Mi hijo menor no tiene estantes usurpables. Pero parece ignorar la función “sleep” del televisor, y muchas veces a las 3 o 4 de la mañana me despierto escuchando un grito de gol, la música de una publicidad o un diálogo. Veo que por enésima vez se quedó dormido con el televisor prendido y me levanto para entrar y apagarlo. O me levantaba… antes.

Desde que a estos grandotes peludos duermen desnudos acecha un dragón detrás de sus puertas. Con suerte, puedo entrar y ver que están tapados, aún cuando me esfuerce en mirar para otro lado. Pero siempre me asusta pensar en ese día en el que me encuentre con una versión de carne y hueso de un yacente David de Miguel Ángel, durmiendo en mi propia casa.

¿Qué es lo que temo y qué es lo que me molesta? Creo que me preocupa violar, sin querer, su intimidad y su pudor. También comprobar que los niños que tuve ya  tienen la estampa de un hombre, pero absolutamente asexuado. Como sea, cualquiera sea la respuesta, tengo que hacer sin falta un lugar extra en otra parte de la casa para mis toallas. Y cada noche, dormir con tapones en los oídos. 

martes, 24 de marzo de 2015

La receta mágica de mi abuela Piti

Tuve una época "blue", en la que estaba siempre triste. Me levantaba sin energía y con tal desgano, que solo acordarme ahora me hace sentir lástima de aquella que fui.  Un día no pude aguantar más,  y en un intento de iluminar esa etapa tan gris, recurrí  a una receta de mi abuela. Ella tomaba un vaso de agua tibia cada mañana con una cucharadita de miel “para reactivar el organismo y cargarse de energía”, según decía.

Ni bien me levantaba preparaba la bebida mágica que tomaba de a sorbitos, mientras miraba por la ventana de la cocina a una virgen de cemento blanco que compré alguna vez para sentir que protegía la casa. Si bien no soy de las personas más creyentes, a veces le hablo, le pido, le comento y le agradezco cosas. Y en esa etapa en la que veía todo mal, le rogaba que hiciera que el brebaje mágico de mi abuela funcionara y me trajera alegría.  Y aunque suena surrealista, cada sorbo me parecía un bálsamo que de a poco iba llenando mi cuerpo de algo bueno, que mejoraba mi día, aunque fuera por un rato.

Yo creo mucho en el poder de la convicción,  aunque mi psicoanalista se muera de  risa de esas teorías del “tú puedes”. Pero no solo a mí me dan resultado las recetas mágicas. Tengo una muy buena amiga abogada, especialista en detectar las trampas de la letra chica de los contratos. Y si bien jamás se le escapan los términos engañosos en su trabajo, a veces en su vida personal parece pasarlos por alto, o mirar con algo de indulgencia.

Para fin de año la habían invitado a una fiesta especial y quería estar espléndida, y aunque tenía el vestido ideal, había subido un par de kilos y no le quedaba del todo bien. Entonces recordó unas pastillas que vendían en un programa de televisión: unos comprimidos de garcinia cambogia y centella asiática que tenían el poder de hacer bajar de peso en forma casi mágica.

Con ella muchas veces nos habíamos burlado de esos anuncios de productos maravillosos, con tantas bondades que sería imperdonable no aprovecharlos. Como mi trabajo me lleva a leer sobre la variedad de productos y métodos para adelgazar, me llamó para consultarme si estos comprimidos me parecían efectivos. Le volví a decir lo que ya sabía: que hasta ahora la ciencia no ha descubierto ese producto natural capaz de eliminar la grasa. De otro modo, los países no convivirían con los problemas terribles que tienen con la obesidad de la población y lo caro que les cuesta. 

Volvimos a hablar sobre lo engañoso de los avisos publicitarios, la famosa letra chica y las etiquetas de los envases. Y coincidimos en que en ellas nunca falta la indicación de que el producto ayuda a bajar de peso… ¡si se acompañaba con dieta y ejercicio! Pero como ella estaba decidida a tomarlas, le dije lo que quería escuchar: si creía que le iban a servir, así sería. El pasaporte al paraíso de la delgadez consistía en dos frascos que entregaban a domicilio en  el día,  y prometía cambios increíbles por el equivalente a $80 dólares.

La promoción del elixir capaz de vencer el sobrepeso es cosa de todos los días, y le causó una visita a los tribunales al famoso cardiólogo Memeth Oz. En 2014  fue acusado de fraude por un grupo de senadores que adujeron que desde su programa televisivo promovía el consumo de productos y métodos milagrosos para bajar de peso sin fundamento científico. En su defensa, Oz afirmó que
no alcanza con decir "hay que comer menos y moverse más", por eso estas sustancias son una herramienta a corto plazo que ayudan a que la gente se aferre más a sus programas para bajar de peso.

La teoría de Oz, y también lo que le dije a mi amiga, es que tomar estos productos sirve como incentivo, ya que el que lo consume quiere creer que le va a hacer efecto. Y deposita tal cuota de esperanza que hasta intenta complementar la toma con dieta y ejercicio para potenciar su efecto, algo que no haría en otras circunstancias. Los resultados son obvios: la dieta y el ejercicio hacen lo suyo en el metabolismo, como la píldora en la mente del usuario. Por eso sirve.

Por eso los productos milagrosos del doctor Oz, las pastillas mágicas de mi amiga abogada o la receta de mi abuela demuestran que todo sirve si lo creemos. El poder de nuestra mente es tal que muchas veces puede ser el remedio más efectivo, ya sea para bajar de peso, conseguir un trabajo, tener piernas más bonitas, quedar embarazada… o simplemente ser un poco más feliz. 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Tardes de siesta

Como varios 24 de diciembre, el 31 era un día de dormir la siesta. Santiago y Tomi llevaban un  colchón al cuarto de Victoria, se acostaban los tres atravesados en los dos colchones. Ponían todo bien oscuro y era de rigor prender el ventilador a máxima velocidad y taparse con una frazada. No querían prender el aire acondicionado ni desechar la frazada si hacía mucho calor. Así era el ritual, ya que según aseguraban, el ruido del ventilador los ayudaba a que llegara el sueño.

Después de un par de horas de siesta para llegar sin esfuerzo a las doce de la noche, empezaba el operativo de bañarse y vestirse para llegar impecables a la hora de la comida. En sus bolsillos nunca faltaba una pelota marrón del tamaño de las de metegol. Era un bodoque áspero que tiraban al piso una y otra vez para que estallara dando un chispazo como pequeños cohetes instantáneos sin fuego. Y la tiraban, y la juntaban, y la volvían a estrellar con fuerza contra el piso. Creo que el envase prometía 100 estallidos, pero se terminaban antes, cuando no sucedía que un tiro demasiado vehemente hacía partir en dos a la esfera de los ruidos.



Cuando termanaban los estallidos de la pelota se abrían las cajitas de Chasquibun. Cada una traían unos 30 micro paquetitos envueltos en papel blanco y rodeados de aserrín. Se arrojaban contra el suelo y hacían un estruendo importante, dado el diminuto tamaño del proyectil. Y lo más divertido era el “premio”: cada caja traía un regalo que podía ser una calavera fosforescente y luminosa que sería de llavero, o algún insecto de plástico de gran realismo con el que se podían asustar a las abuelas.

En aquellos tiempos, hace más de 10 años, ellos ya no querían usar las estrellitas porque eran de “bebés” o cosa de mujeres. Pero todavía recuerdo el placer de sus primeros años de pirotecnia infantil, cuando movían extasiados esas varitas rosadas  y flameantes haciendo dibujos en el aire  en la oscuridad de la Nochebuena o el año recién nacido.

Pasaron tantos años… hoy ellos están festejando por su cuenta en otros lugares. La noche de Año Nuevo dejó de ser un encuentro familiar, y aunque en este último día del año no se hacen regalos, porque ya nos los hicimos junto al arbolito el 24, no quiero terminar este 2014 sin darles algo. Elegí escribirles este texto que tiene un montón de recuerdos. Seguramente, les arrancará una sonrisa llena de melancolía, pero también la certeza de que tuvieron una infancia muy feliz.

Feliz 2015, que llegue lleno de proyectos, felicidad, buenas oportunidades, salud, amor, en síntesis, lo mejor. Los quiero hasta el infinito, y más alláaaaaaaa.

Mamá.


La herencia del capitán Metralla

En Argentina, el servicio militar fue instaurado a partir de 1901. Era un entrenamiento para todos los varones de 20 años que duraba entre 1...

La mesa del fondo