miércoles, 30 de diciembre de 2015

Un postre de Año Nuevo


Mi abuela no sabía cocinar; los ingredientes que más conocía eran el rimmel, la sombra  compacta, la base y el delineador líquido para ojos. De todos modos, cuando llegaban las fiestas de fin de año ponía empeño y preparaba un postre. Era una de las cuatro recetas que sabía,  y la verdad es que le salía muy bien.

Antes de que se conociera el tiramisú en nuestro país, en las casas de inmigrantes italianos se preparaba el “postre de vainillas”. Es bastante parecido, aunque en lugar de mascarpone lleva bastante manteca y la cubierta llena de nueces picadas.

Antes de empezar con el ritual de cocina, mi abuela ponía un mantel blanco en la mesa del comedor, y disponía todos los utensilios de cocina como seguramente hacía cuando estaba en el quirófano: dos espátulas, una cuchara de madera, una cuchara de té y otra de sopa, un cuchillo, un gran batidor de alambre y otro pequeño. Todo perfectamente ordenado de menor a mayor.

Cuando había puesto el último cubierto alineaba los ingredientes. Y recién ahí echaba una taza de azúcar en un bowl de vidrio;  tomaba un huevo, lo golpeaba ligeramente contra el borde del bowl y hundía los dedos en la frágil cáscara blanca hasta abrirla en dos. Con movimientos rápidos pasaba de una mitad a otra el contenido del huevo, hasta que la clara gelatinosa se deslizaba mágicamente dentro de un recipiente de acero que la esperaba debajo. Repetía este procedimiento hasta vaciar la pequeña caja de cartón lila de 6 huevos, mientras juntaba por otro lado las yemas con el azúcar.

Luego tomaba el pequeño batidor de alambre y revolvía hasta formar una mezcla espesa color amarillo pálido; le agregaba una torre de cuadraditos de manteca, oporto, esencia de vainilla y café. Dejaba esta preparación a un costado, y con el gran batidor de alambre revolvía enérgicamente las claras gelatinosas. Recuerdo cómo me gustaba  escuchar el sonido rítmico de los alambres cuando golpeteaban contra el metal del recipiente. Enseguida se empezaba a formar una espuma que se hacía cada vez más alta, más blanca y más espesa El punto   “nieve” estaba listo cuando ella invertía el molde y las claras no se caían, sino que se quedaban aferradas como si estuvieran pegadas.

Un día se apresuró y equivocó con el punto de batido, y la espuma se volcó íntegra sobre la mesa. Juntó todo entre suspiros, lo tiró a la basura… y comenzó de nuevo con su ritual de abrir otra media docena de huevos. Yo la miraba asustada, y también un poco tentada, pero sabía que estaba prohibido reírse en ese momento tan trágico.

Las veces que todo salía bien y la espuma no aterrizaba en medio del mantel, la unía con la crema amarilla ayudándose con una espátula.  Luego preparaba dos fuentes de vidrio: una grande, rectangular para ella, y otra cuadrada, chiquita,  para mí. En esta yo preparaba mi pequeño postre, en el que cabían exactamente cuatro vainillas alineadas. Entonces cada una comenzaba con el armado: una capa de vainillas mojadas en café, una capa de crema de manteca. Una segunda capa de vainillas, otra capa de crema, hasta completar todo el molde.


La última capa era siempre de crema de manteca, que espolvoreábamos con una lluvia de nueces picadas y ralladura de chocolate. Después guardábamos nuestros postres en la heladera con gran cuidado, y juntábamos las herramientas de trabajo, y con una expresión satisfecha, lavábamos todo en la cocina, orgullosas de nuestras dotes de cocinera y cocinerita. 



Receta (parecida) al postre de vainillas y café de mi abuela Angélica
Ingredientes
1.   300 gramos de manteca
2.    250 gramos de azúcar
3.    2 yemas y 2 claras a nieve
4.    2 tazas de café bien cargado
5.    1 cucharadita de esencia de vainilla
6.    2 paquetes de vainillas
7.    ½  pocillo de oporto
8.    1 pocillo de licor de café (Tía María)
9.    Nueces picadas y chocolate rallado para decorar

+* Batir la manteca con el azúcar hasta que esté bien cremosa. Incorporar las  2 yemas y batir bien. Perfumar con la esencia de vainilla y el oporto y agregar las claras batidas a nieve con una pizca de sal.

* Mojar las vainillas en el café frío mezclado con licor de café y disponer en una fuente rectangular. Cubrir con una capa de la crema de café, luego con otra de vainillas y así hasta terminar con una capa de crema. Decorar con las nueces y el chocolate y dejar al frío al menos por 6 horas.

* Si lo querés hacer más liviano, reemplazá la manteca por Casancrem azul,  o cualquier queso crema que no sea muy ácido. Y si lo querés más consistente, le podés agregar a la crema de café un sobrecito de gelatina sin sabor bien disuelto en medio pocillo de agua caliente.







jueves, 3 de diciembre de 2015

Hombres desnudos en mi casa


Un día tomaron la costumbre de dormir desnudos, y cuando yo tenía que entrar a sus cuartos a buscar o hacer algo, hacía un esfuerzo para desviar la vista. Con suerte, estaban durmiendo tapados con la sábana…


Un estudio del Instituto del Sueño de EE.UU. enumeró las bondades de dormir desnudo. Por ejemplo, que se aprovecha el termostato natural del organismo que ayuda a regular la  temperatura corporal y evita despertarse sudoroso a la mitad de la noche. Al dormir bien mejora el carácter, se tiene menos hambre y mayor rendimiento, se beneficia la salud genital y propicia el encuentro sexual.

Dudo mucho de que mis hijos hayan leído la investigación; sin embargo decidieron empezar a dormir en traje de Adán… pero sin la hoja. Esta costumbre se les despertó a ambos cuando empezó el verano, y debe ser alguna especie de pulsión ya que ni siquiera comparten el cuarto.
Desde adolescentes empezaron a dormir con la puerta cerrada, sobre todo para tener oscuridad y silencio tras volver de bailar de día.

Este nuevo hábito de la desnudez me empezó a provocar una mezcla de miedo y pudor cada vez que  tengo que entrar en sus cuartos mientras duermen.  ¿Para qué tengo que entrar en sus cuartos cuando están durmiendo? La verdad es que el vestidor de mi hijo mayor tenía unos estantes extra en la parte superior… y se lo usurpé  para guardar las toallas. Antes, si necesitaba sacar alguna toalla abría la puerta y entraba sin hacer ruido para no despertarlo. Pero todo eso era antes.

Mi hijo menor no tiene estantes usurpables. Pero parece ignorar la función “sleep” del televisor, y muchas veces a las 3 o 4 de la mañana me despierto escuchando un grito de gol, la música de una publicidad o un diálogo. Veo que por enésima vez se quedó dormido con el televisor prendido y me levanto para entrar y apagarlo. O me levantaba… antes.

Desde que a estos grandotes peludos duermen desnudos acecha un dragón detrás de sus puertas. Con suerte, puedo entrar y ver que están tapados, aún cuando me esfuerce en mirar para otro lado. Pero siempre me asusta pensar en ese día en el que me encuentre con una versión de carne y hueso de un yacente David de Miguel Ángel, durmiendo en mi propia casa.

¿Qué es lo que temo y qué es lo que me molesta? Creo que me preocupa violar, sin querer, su intimidad y su pudor. También comprobar que los niños que tuve ya  tienen la estampa de un hombre, pero absolutamente asexuado. Como sea, cualquiera sea la respuesta, tengo que hacer sin falta un lugar extra en otra parte de la casa para mis toallas. Y cada noche, dormir con tapones en los oídos. 

martes, 24 de marzo de 2015

La receta mágica de mi abuela Piti

Tuve una época "blue", en la que estaba siempre triste. Me levantaba sin energía y con tal desgano, que solo acordarme ahora me hace sentir lástima de aquella que fui.  Un día no pude aguantar más,  y en un intento de iluminar esa etapa tan gris, recurrí  a una receta de mi abuela. Ella tomaba un vaso de agua tibia cada mañana con una cucharadita de miel “para reactivar el organismo y cargarse de energía”, según decía.

Ni bien me levantaba preparaba la bebida mágica que tomaba de a sorbitos, mientras miraba por la ventana de la cocina a una virgen de cemento blanco que compré alguna vez para sentir que protegía la casa. Si bien no soy de las personas más creyentes, a veces le hablo, le pido, le comento y le agradezco cosas. Y en esa etapa en la que veía todo mal, le rogaba que hiciera que el brebaje mágico de mi abuela funcionara y me trajera alegría.  Y aunque suena surrealista, cada sorbo me parecía un bálsamo que de a poco iba llenando mi cuerpo de algo bueno, que mejoraba mi día, aunque fuera por un rato.

Yo creo mucho en el poder de la convicción,  aunque mi psicoanalista se muera de  risa de esas teorías del “tú puedes”. Pero no solo a mí me dan resultado las recetas mágicas. Tengo una muy buena amiga abogada, especialista en detectar las trampas de la letra chica de los contratos. Y si bien jamás se le escapan los términos engañosos en su trabajo, a veces en su vida personal parece pasarlos por alto, o mirar con algo de indulgencia.

Para fin de año la habían invitado a una fiesta especial y quería estar espléndida, y aunque tenía el vestido ideal, había subido un par de kilos y no le quedaba del todo bien. Entonces recordó unas pastillas que vendían en un programa de televisión: unos comprimidos de garcinia cambogia y centella asiática que tenían el poder de hacer bajar de peso en forma casi mágica.

Con ella muchas veces nos habíamos burlado de esos anuncios de productos maravillosos, con tantas bondades que sería imperdonable no aprovecharlos. Como mi trabajo me lleva a leer sobre la variedad de productos y métodos para adelgazar, me llamó para consultarme si estos comprimidos me parecían efectivos. Le volví a decir lo que ya sabía: que hasta ahora la ciencia no ha descubierto ese producto natural capaz de eliminar la grasa. De otro modo, los países no convivirían con los problemas terribles que tienen con la obesidad de la población y lo caro que les cuesta. 

Volvimos a hablar sobre lo engañoso de los avisos publicitarios, la famosa letra chica y las etiquetas de los envases. Y coincidimos en que en ellas nunca falta la indicación de que el producto ayuda a bajar de peso… ¡si se acompañaba con dieta y ejercicio! Pero como ella estaba decidida a tomarlas, le dije lo que quería escuchar: si creía que le iban a servir, así sería. El pasaporte al paraíso de la delgadez consistía en dos frascos que entregaban a domicilio en  el día,  y prometía cambios increíbles por el equivalente a $80 dólares.

La promoción del elixir capaz de vencer el sobrepeso es cosa de todos los días, y le causó una visita a los tribunales al famoso cardiólogo Memeth Oz. En 2014  fue acusado de fraude por un grupo de senadores que adujeron que desde su programa televisivo promovía el consumo de productos y métodos milagrosos para bajar de peso sin fundamento científico. En su defensa, Oz afirmó que
no alcanza con decir "hay que comer menos y moverse más", por eso estas sustancias son una herramienta a corto plazo que ayudan a que la gente se aferre más a sus programas para bajar de peso.

La teoría de Oz, y también lo que le dije a mi amiga, es que tomar estos productos sirve como incentivo, ya que el que lo consume quiere creer que le va a hacer efecto. Y deposita tal cuota de esperanza que hasta intenta complementar la toma con dieta y ejercicio para potenciar su efecto, algo que no haría en otras circunstancias. Los resultados son obvios: la dieta y el ejercicio hacen lo suyo en el metabolismo, como la píldora en la mente del usuario. Por eso sirve.

Por eso los productos milagrosos del doctor Oz, las pastillas mágicas de mi amiga abogada o la receta de mi abuela demuestran que todo sirve si lo creemos. El poder de nuestra mente es tal que muchas veces puede ser el remedio más efectivo, ya sea para bajar de peso, conseguir un trabajo, tener piernas más bonitas, quedar embarazada… o simplemente ser un poco más feliz. 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Tardes de siesta

Como varios 24 de diciembre, el 31 era un día de dormir la siesta. Santiago y Tomi llevaban un  colchón al cuarto de Victoria, se acostaban los tres atravesados en los dos colchones. Ponían todo bien oscuro y era de rigor prender el ventilador a máxima velocidad y taparse con una frazada. No querían prender el aire acondicionado ni desechar la frazada si hacía mucho calor. Así era el ritual, ya que según aseguraban, el ruido del ventilador los ayudaba a que llegara el sueño.

Después de un par de horas de siesta para llegar sin esfuerzo a las doce de la noche, empezaba el operativo de bañarse y vestirse para llegar impecables a la hora de la comida. En sus bolsillos nunca faltaba una pelota marrón del tamaño de las de metegol. Era un bodoque áspero que tiraban al piso una y otra vez para que estallara dando un chispazo como pequeños cohetes instantáneos sin fuego. Y la tiraban, y la juntaban, y la volvían a estrellar con fuerza contra el piso. Creo que el envase prometía 100 estallidos, pero se terminaban antes, cuando no sucedía que un tiro demasiado vehemente hacía partir en dos a la esfera de los ruidos.



Cuando termanaban los estallidos de la pelota se abrían las cajitas de Chasquibun. Cada una traían unos 30 micro paquetitos envueltos en papel blanco y rodeados de aserrín. Se arrojaban contra el suelo y hacían un estruendo importante, dado el diminuto tamaño del proyectil. Y lo más divertido era el “premio”: cada caja traía un regalo que podía ser una calavera fosforescente y luminosa que sería de llavero, o algún insecto de plástico de gran realismo con el que se podían asustar a las abuelas.

En aquellos tiempos, hace más de 10 años, ellos ya no querían usar las estrellitas porque eran de “bebés” o cosa de mujeres. Pero todavía recuerdo el placer de sus primeros años de pirotecnia infantil, cuando movían extasiados esas varitas rosadas  y flameantes haciendo dibujos en el aire  en la oscuridad de la Nochebuena o el año recién nacido.

Pasaron tantos años… hoy ellos están festejando por su cuenta en otros lugares. La noche de Año Nuevo dejó de ser un encuentro familiar, y aunque en este último día del año no se hacen regalos, porque ya nos los hicimos junto al arbolito el 24, no quiero terminar este 2014 sin darles algo. Elegí escribirles este texto que tiene un montón de recuerdos. Seguramente, les arrancará una sonrisa llena de melancolía, pero también la certeza de que tuvieron una infancia muy feliz.

Feliz 2015, que llegue lleno de proyectos, felicidad, buenas oportunidades, salud, amor, en síntesis, lo mejor. Los quiero hasta el infinito, y más alláaaaaaaa.

Mamá.


sábado, 20 de septiembre de 2014

Día de picnic: sucios, cansados y felices




Ni bien empieza septiembre todo el mundo empieza a hablar de la primavera. Y cuando se acerca la semana del 21, aparece el tema del picnic. Siempre y cuando uno sea un adolescente.

¿Cómo olvidar los del secundario? Uno de los que más recuerdo fue en la quinta de un compañero, pero de verdad no sé si era en Moreno, Maschwitz o Del Viso. Era endemoniadamente lejos, de modo tal que si me dijeran que era en Tartagal, hasta podría aceptarlo como una posibilidad. 

Esa mañana madrugamos en serio para ver si llovía, si “se hacía”. Históricamente los 21 de septiembre suelen ser fríos y grises, como para arruinar todos los programas. En aquél tiempo no había celular y muchos ni siquiera tenían teléfono en su casa, de modo que había que empezar a hacer una cadena para decidir si íbamos igual, a pesar del clima hostil.

El día del que estoy hablando obviamente decidimos desafiar al pronóstico dudoso, y ahí partimos a las 7 de la mañana, en feliz aglomeración, a tomar un colectivo de media distancia con dirección desconocida. Semi dormidos y cargados como Ekekos, pero felices.

Los días previos al picnic las chicas habíamos hecho los deberes: pasar por Cabildo para comprar una remera y una bermuda o shortcito para estrenar ese día. Ir a depilarse para tener las piernas tersas como una Barbie y encargar en casa que nos prepararan una milanesa para el sándwich, o pasar por el almacén a comprar jamón y queso. Las habilidosas preparaban alguna torta o pasta frola para la tarde, las que no eran tan amantes de la cocina, elegían alfajorcitos de maicena…que para la hora del té ya estaban chorreados y pegajosos ¡pero ricos igual!

Los varones se encargaban de la música y el deporte. El idóneo llegaba cargando un minicomponente del tamaño de una heladera, una bolsa de cassettes y varios blisters de pilas de las grandes. Algún artista llevaba la guitarra y otro la pelota y algunos mazos de cartas para el truco.

Después de más de dos horas de viaje, bajábamos del colectivo para tomar un camino de tierra que nos conducía al paraíso. Había que recorrer algunas cuadras de campo hasta llegar a la tranquera: ocho. Con los bolsos, las bolsas, el equipo de música, la pelota y el sándwich que cada vez se aplastaba más en la mochila.

Pero ni bien aparecía la tranquera empezaba la gloria: todos corriendo a la casa, un cuarto para las chicas otro para ellos. ¡A cambiarse! Shorts para todo el mundo, fulbito instantáneo, y las nereidas ¡a tomar sol en bikini al borde de la pileta! La temperatura no era la mejor, había como 15 grados, pero ¡había llegado la primavera! Bajo ese sol tímido, las piernas no eran sin duda las de Barbie, sino que más bien parecían las de un pollo de supermercado: pálidas y frías.

Pero a medida que avanzaba el día, la primavera nos había regalado un lindo día de sol tibio. Y formamos un grupete homogéneo mientras comíamos sentados en ronda sobre un mantel en el paso. Tal como veíamos los picnics en las películas, aunque en la casa hubiera mesas y sillas para todo el mundo.

El artista del curso aparecía con la guitarra para tocar las canciones de siempre: Pastoral, Sui Generis, Vox Dei, León Gieco, Serrat. Las mismas que siguen asesinando hoy cuando se junta un grupo de aquella época (!!!!!!!!!!). Algunas parejitas se apartaban y se iban a caminar entre los árboles, arbustos y yuyos porque la sensualidad flotaba en el aire. ¡Y qué fuerte nos latía el corazón!  

El día iba pasando con todo tipo de actividades, gastronómicas, deportivas, musicales, eróticas, sociales, sensuales. Cuando llegaba la merienda, todos cansados y transpirados arremetíamos con lo dulce y lo quedaba de las gaseosas, sabiendo que nos quedaban dos horas de bondi por delante. 

En cámara lenta juntábamos todo, llevábamos las bolsitas de la basura a la calle, cerrábamos las puertas y la tranquera y caminábamos las ocho cuadras de tierra para esperar el colectivo. Los que conseguían asiento se quedaban dormidos inmediatamente, y el resto no conversaba demasiado, sino que se sumía en sus cavilaciones y luchaba contra el cansancio.

Finalmente llegábamos a casa, con suerte tres horas después y ya de noche, cansados y sucios, pero con el alma llena de juventud. ¡Qué linda es la primavera!





viernes, 13 de junio de 2014

Vasta de vurradas


Atilio, el marido de Ofelia, puso en su portafolio los utensilios para ir al concilio sobre familias en el exilio.

Mientras Atilio se va al concilio, vamos a mirar un rato algún programa en la tele donde enseñen a cocinar. Ahí aprenderemos cómo hacer algún rico plato fusión… y también un nuevo y pobre uso de nuestra vapuleada gramática.

Son varios los jóvenes cocineros que se valen de los “utensiyos” para preparar sus platos de autor. Hasta hace poco, los cucharones, espumaderas y sacacorchos se llamaban utensilios. Hoy han pasado a ser “utensillos”, y por ende, los nombramos a la argentina, con una sonora y reverberante Ye.

Puede ser que en un tiempo, finalmente se resuelva simplificar, y usar indistintamente la c, la s y la z. Amalgamar la v y la b, emparentar la j y la g, erradicar la h inicial. Seguramente leeremos que la casa y la pesca son actividades para jente baliente a la que le gusta acer cosas ejtrabagantes. O algo así. Pero para eso falta, ya que todavía no han dado la orden de descuartizar y archivar para siempre nuestro idioma.

Ya que estamos en el canal de recetas, nay que contar cuántas veces el cocinero usa la palabra incorporar. En el colegio nos habían enseñado que los sinónimos de agregar pueden ser sumar, mezclar, aunar; acá sólo se incorpora, no se suma ni se mezcla ni se agrega. Se incorpora y se incorpora y se incorpora. Entre tanto ejercicio de cortar la cebolla en brunoise, los tomates concassé y la salsa demi-glace, no vendrían mal unos ejercicios de lengua castellana.

¡Vamos chicos y muchachos de los cursos de gastronomía! El mercado esta lleno de échalotes, vieiras y cardamomo, pero el diccionario cuenta con palabras preciosas que le darán algo de riqueza a su forma de expresión.Y no estamos pidiendo que tengan la verba de Mariano Grondona, pero tampoco la de Bernardo, el ayudante del zorro. O la de Tarzán.

Pero si perdemos la batalla, los utensilios serán utensillos para siempre, y los llamaremos utensiYos. Y Atillo, el marido de Ofella, pondrá en su portafollo los utensillos para ir al concillo sobre famillas en el exillo. Y cuando leamos, sabremos que AtiYo, el marido de OfeYa, puso en su portafoYo los utensiYos para ir al conciYo sobre famiYas en el exiYo.

¿No es beYo?

Vos ¿merecés festejar el Día de la Mujer?



Felipe y Lula se están peleando por el control remoto para ver quién elige el programa de TV. En un momento, Lula le rajuña la mano a su hermano, y le deja cuatro surcos bien marcados de los que asoma un poquito de sangre, y le arrebata el control. El chico se pone loco y la agarra de las mechas. “Pará que soy mujer, ¡sos un animal!", le grita mientras sale corriendo a la cocina para contarle a su mamá lo que el bruto Felipe le había hecho.

Situaciones como estas se dan a diario, y carecen de toda ética. No se puede atacar con munición gruesa como el peor de los gurkas (rajuñar duele tanto como una piña, y tiene riesgo de infectarse) y después ponerse en el rinconcito de las niñas adoratrices, impolutas e inocentes. Si jugás rudo, bancatelá hasta el final. O no juegues.

En el colegio siempre había un gordito de anteojos que era un flor de guacho, ya que con la excusa de que no lo podían fajar, hacía algunas cosas por las que hubiera merecido un par de piñas. No es fair play. Merece la piña, por abusar de su impunidad.

Algunas veces escucho que la presidente hace algo parecido. No quiero darle un tinte político a este comentario, solo va como ejemplo de una conducta de alguien conocido por todos, y que no veo ética. Por momentos arremete con todos los misiles, argucias legales, verborrágicas o técnicas capaces de derribar al más fuerte. Pero cuando viene el contraataque, aduce que la atacan “porque es mujer”. Una mina que pega patadas, tira dardos, manda indirectas fulminantes y tiene todo el peso del poder, pelea a la par de un hombre. Y se la tiene que bancar con honor, como si tuviera bigotes y el pecho lleno de pelos.  

Por eso no comparto eso de festejar el Día de la Mujer. ¿A qué tipo de mujer se homenajea? ¿Es lo mismo que el día del animal, el día del niño o el día del empleado público? Y entonces ¿cuándo es el día del hombre? En estos tiempos en que las mujeres trabajan a la par de los hombres, aspiran a los  mismos puestos y con los mismos sueldos, donde se capacitan a la par o más, y tienen cargos políticos que manejan igual que los hombres (Bachelet, Merkel), ¿cuál es la diferencia? 

Andamos por la vida proclamando que queremos igualdad, pero a la vez festejamos el Día de la Mujer. La verdad es que estamos más locas que un plumero, y si después nos dicen bipolares, indecisas, rompebolas o gatafloras, ¡tienen razón!

Por eso me parece más sensato tomar partido: si nos gusta ser mujeres, cantarlo mientras nos peinamos en el baño, dejar que nos atiendan, declinar decisiones importantes y ser las princesitas que esperan dulcemente al galancete, ¡adelante! Si por el contrario, elegimos ser ese tipo de minas que se la bancan y no salen llorando ante la primer adversidad, tal vez no sea una buena idea. Pero hagamos una elección honesta, ya que cuando exigimos "derechos", también tenemos que hacernos cargo de las "obligaciones" que los acompañan.

No me gusta que ser mujer quiera decir estar del bando de las cocoritas o las que juegan sucio, aprovechando una supuesta “debilidad” para sacar ventaja. Esos ejemplares dan vergüenza de género porque cambian las reglas de juego según como sople el viento. Como las Lulas, que lo fajan a su hermano y salen corriendo mientras lloriquea por el pasillo. 
Entre toda la fauna que anda por el mundo, están las que quieren manejar un camión, escupiendo por la ventanilla mientras puteas a los transeúntes. Y se ofenden si no les arriman la silla en el restaurant. Por eso si querés que te abran la puerta del auto, te paguen las cuentas, te atiendan, te corran la silla, te solucionen todos los problemas y sigue la lista, acordate de que también deberás estar dispuesta a asumir que no podés hacer cosas de hombres. O comprás todo el combo, o elegís otro menú.  Si participás, es con todos los números, y no solo con los que te gustan. Aunque siempre hay algún que otro pollerudo que consiente. Débil es la carne del hombre, tierna la de la mujer. Al menos por fuera. 
Por mi parte, no estoy de acuerdo con el día de la mujer. Soy cero feminista, sino más bien machista, pero me parece bastante careta decir que soy "el sexo débil" cuando me conviene, y arremeter ferozmente cuando hace falta. Es un recurso de algunos animales para sobrevivir, pero lo veo como jugar sucio.  Una bestialidad.

Después de todo esto,  ¡Feliz día, a quien recoja el guante… rosa y con puntillas!

La herencia del capitán Metralla

En Argentina, el servicio militar fue instaurado a partir de 1901. Era un entrenamiento para todos los varones de 20 años que duraba entre 1...

La mesa del fondo