miércoles, 23 de octubre de 2019

Predestinado


Juan Romero es lo que se dice un predestinado: su apellido indicaba sin lugar a dudas la actividad que ocupaba a su familia. Fue su bisabuelo, Jacinto Romero, quien abrió en 1935 la farmacia y herboristería de la calle Lorenzo López. Y allí empezó como aprendiz su abuelo, más tarde su padre y finalmente él y su hermana, a medida que fueron cumpliendo 12 años.  La cuestión es que un día Juan se cansó del negocio, y lo dejó en manos de su hermana para emprender nuevos rumbos.

Con unos ahorros instaló un local de empanadas muy coqueto y pulcro, y dos motos rojas para hacer el reparto. Sus empanadas eran especiales: haciendo gala de sus conocimientos, condimentaba cada variedad con hierbas exóticas. Lograba un sabor inigualable que maridaba perfectamente con cada ingrediente. Los pedidos llovían, en especial los fines de semana, y Juan se sentía en el paraíso. 

Cuando despachaba en el mostrador le gustaba conversar con los clientes y comentar las novedades del barrio, lo bueno, lo malo, las desgracias, las buenas nuevas, y la vida de unos y de otros. Dos veces por semana hacía él mismo los repartos, y se demoraba hablando con los porteros o las empleadas domésticas, que eran los más proclives a hablar de más y contar intimidades de los vecinos o los patrones. Lo fantástico era que cuando volvía a su casa anotaba todo lo que había incorporado, en prolijas tarjetas que tenían el nombre y la dirección de cada aludido. Todo este minucioso hábito era para cumplir un sueño elaborado durante años: curar el alma de la gente en problemas con sus milagrosas hierbas.

Una tarde aprovechó un pedido para hacer el primer experimento: a una media docena de empanadas de espinacas a la crema le agregó un puñadito de melisa.  “La melisa o limoncillo es una hierba perenne apreciada por su fuerte aroma a limón, que se usa como tranquilizante natural”, se decía mientras recordaba visualmente las frases de su vademécum de herbolario. Con precisión metió las empanadas en la caja y las despachó a la casa de la señora tan nerviosa de la calle Rivadavia. También “enriqueció” con polvo de ginko biloba las de carne picante que fueron a la casa del viejito del chalet que caminaba tan lento. Un poco de cola de caballo en las de atún para la gordita de la vuelta. Griffonia a las de queso para la viuda, valeriana en las del cajero flaco del banco. Las quejas no se hicieron esperar: las de jamón y queso ya no tenían el saborcito del principio. Había extrañas partículas verdes entre la humita ¡y el atún despedía un sospechoso olor a menta! 

Pasaban los días y no entraban casi pedidos, como si de pronto una maldición se hubiera apropiado del lugar. La desconfianza se había instalado entre los clientes y para peor ¡alguien había hecho un comentario en Facebook y varios se sumaron a las quejas! las empanadas agonizaban en las heladeras junto con los pequeños frascos con diversas hierbas. El viernes a la noche admitió con amargura que la idea no había sido buena. Sabía que había que darle un aire nuevo al negocio y se puso a pensar si lo mejor sería un aviso en la radio y el diario, volantes y algo en las redes sociales, como le había aconsejado su sobrino. Mientras tanto, revolvía el tupper con el relleno de carne cortada a cuchillo; le agregó un puñado de yuyitos para el amor y armó 6 empanadas bien gorditas. Las puso en una caja y bajó la persiana.

Caminó unas cuadras y tocó el timbre de la petisita del departamento de la calle Gamboa, que sonó encantada a través del portero eléctrico. Mientras ella bajaba a abrirle, él ensayó una sonrisa; hacía tiempo que la chica le gustaba, y le había prometido pasar a visitarla una noche de esas.


sábado, 20 de julio de 2019

Apollo al horno con papas



Me acabo de dar cuenta de que siempre fui una gordita que piensa en la comida. Cada vez que trato de recordar una fecha determinada o tengo que hacerlo en algún ejercicio de introspección, se me viene a la mente la tarde que comimos tal cosa o la noche que nos juntamos para ver una película y comer tal otra. En un Curso de la Abundancia, por ejemplo, teníamos que recordar una tarde en la que nos hubiéramos sentido plenamente felices. Una de las chicas recordó la tarde en que se casó, el paseo con su flamante marido por una plaza y las flores que había regalado. La gordita, en cambio, recordó esa vez que fue al centro a buscar a su abuelo a la oficina, y la vuelta en auto por la Costanera ¡feliz porque los esperaban los zapallitos rellenos de la abuela!

Y el día de la llegada del hombre a la Luna no escapa al caso. Ese día habían ido a casa mis tíos con sus dos hijas, para ver en familia el alunizaje. Era el mes de julio de 1969; nosotras teníamos 7, 5 y 3 años y no entendíamos mucho sobre la importancia de ese acontecimiento aburrido.  

Cerca de las 20.30 se produjo el milagro, y aunque nos insistían diciendo “miren, miren” cada dos segundos, nosotras estábamos más interesadas en las porciones de pizza que comíamos con la mano y directamente de la caja. Las 3 cajas estaban apiladas sobre la mesita ratona junto al televisor; una pizza de muzzarella con aceitunas verdes, otra con cebolla y queso y una tercera con jamón, muzzarella, morrones y aceitunas. Cerveza para los grandes, Fanta para nosotras.

Cerca del final de la transmisión, algo pasó que cambió drásticamente el panorama. Laurita, la de 3 años, se había atragantado con una aceituna y tenía dificultades para respirar. Y ya no recuerdo nada más: directamente se me aparece otra escena, como cuando en las películas hacen un cambio de plano. Estábamos en el Hospital de Niños, en un pasillo con dos vitrinas llenas de objetos: el brazo de una muñeca, monedas de todo tipo de color y tamaño, alfileres de gancho, dedales, dados, botones ¡y hasta una ranita de plástico!
“Son todas las cosas que tuvieron que sacarle a los nenes que se atragantaron”, nos explicó mi papá. Nunca me había imaginado que alguien podría comerse el brazo del bebé de Pamela Primeros Pasos… pero pasaba. Todavía recuerdo muy bien la impresión, la sensación de peligro y esa revelación inesperada. Además de la pizza y los zapallitos, parece que hay chicos que tienen otras preferencias.




jueves, 14 de febrero de 2019

La mesa del fondo

Llevaba varios años de separada y ya estaba con ganas de conocer a alguien con quien recuperar mi vida de mujer, no madre, no chofer, no hija. Esperé sin éxito durante meses que alguna amiga me presentara al vecino, al hermano, o al amigo del compañero de oficina del primo. Nada. Nadie. Tampoco tuve uno de esos encuentros casuales que describen algunas  suertudas en el sector de vinos del supermercado; pero fue sin duda porque no tenía las antenas en estado de alerta y sencillamente, no miraba a nadie.


En ese tiempo no existían Tinder ni Happn; no había escuchado hablar de match.com ni de alguna otra plataforma para buscar pareja. Pero en un programa de radio que escuchaba a la mañana oí que pedían que la gente sola, en busca de pareja, escribiera para tratar de hacer un “encuentro de almas a través del éter”. O algo así.  

Con mucha vergüenza, pero sabiendo que era casi mi única alternativa, me presenté como “la morocha argentina”, esa fiel compañera gamba para todo. Y agregué que buscaba un hombre con su situación emocional y económica resuelta (así pedían todos, y me lo copié en mi carta). Me pareció lógico porque no tenía ganas de sumarme problemas o nuevas preocupaciones: ya bastante tenía con lo mío.  Como la morocha argentina recibí una docena de mails con ganas de conocerme. Descarté al guardavidas veinteañero que de cada tres palabras, dos tenían errores de ortografía. También al sexagenario que se sentía horriblemente solo, y al que vivía a 160 kilómetros de mi casa. No le respondí al casado con tres hijos que buscaba una aventura apasionada, ni al que se moría por saber si yo usaba tanga o culotte.

A los demás les respondí uno por uno, y también me encontré a tomar un café. Con el pediatra petiso que me llegaba al hombro,  cuyos encantos no fueron suficientemente convincentes como para hacerme olvidar mi preferencia por los altos grandotes entre cuyos brazos poder cobijarme. Con el vendedor de autos que se me puso a llorar porque extrañaba mucho a su mujer y a sus hijos. Y con el sesentón de peinado raro que sin disimulo alguno me relojeaba las piernas por el costado de la mesa, con una mirada un poco turbia. Posta.  


Con el último de la lista me encontré una tarde de invierno en un pub de San Isidro que ya no existe; hoy es una cervecería. Habíamos hablado por teléfono y sonaba cálido y varonil. Sabía que era divorciado, con una hija adolescente, ex rugbier ¡seguramente sería alto y grandote! ¿Podría, con el tiempo, cobijarme entre sus brazos como yo quería?

Con miedo y curiosidad entré al lugar, donde había unas pocas mesas ocupadas con parejas, cerca de la chimenea encendida. Al fondo, en una mesa redonda, un hombre solo. Sentí algo en el estómago, como ese vértigo que te agarra cuando entrás en la bajada gigante de la montaña rusa. No podía ser más buen mozo. ¿Era él? ¿Era el “mío”? ¿Podría yo tener tanta suerte? Respiré hondo, me acerqué a la mesa y me presenté.

Sentate, me dijo, tenía muchas ganas de conocerte.

miércoles, 18 de abril de 2018

Cara de bolú

"que los cuuuuumplas, que los cuuuumplas, que los cuuuumplas feeeeeliiiiiiiiz!"

Ricardo sopló fuerte la dos velas celestes y su familia y amigos lo llenaron de besos y aplausos. Más tarde, mientras ayudaba a su muer a acomodar las últimas copas en el aparador, se dio cuenta de que necesitaba estar un rato solo, para pensar. Besó a su mujer y le avisó que se iba a fumar un cigarrillo al balcón, ya que la noche estaba preciosa.

¡Sesenta años, que lo reparió! Se había convertido en un sexagenario, como dicen en los noticieros. Que rima con dinosaurio y obituario. Por primera vez en su vida se sintió viejo, pero viejo de adentro. Físicamente estaba bien, su familia y su trabajo marchaban sin problemas. Carla, su segunda mujer, era una buena compañera: sus dos hijos se habían casado con buenas chicas, agradables y simpáticas. Todavía no le habían dado nietos, pero ya llegarían.

No toleraba lo de sexagenario, porque estaba orgulloso de sus dotes de "galán maduro". Recordó a Laura, la secretaria del estudio de un amigo: unos 45 años, divorciada, de caderas rotundas, pechera apretadita y tentadora como cajón de frutillas. Cada vez que iba a ver a Jorge le divertía ver cómo ella buscaba hacerse notar. "psé... todavía este dinosaurio tiene las garras afiladas", pensó entre divertido y conforme, mientras jugaba con el humo del cigarrillo.

Pero no era un tema de verse gastado como hombre sino que sentía que se le había pasado la vida y todavía tenían tantos sueños por cumplir... El sábado siguiente caminó treinta cuadras hasta la estación Colegiales, hasta aquél terrenito que conocía tan bien, el de la calesita donde había llevado a sus hijos durante tanto tiempo. El lugar estaba casi igual, el espacio contenido entre dos medianeras, la casilla de madera y los dibujos en las paredes. Ya no estaban Hijitus, Anteojito y Petete; ahora había un Mickey anoréxico , un pato Donald bastante bien logrado y algunos otros personajes de Disney.

Estiró el cuello buscando al tano, y se acercó a la casilla. "¿Está Salvatore?", preguntó.
- Salvatore era mi viejo, respondió un hombre desde adentro. Murió el año pasado. Cáncer.
- Lo lamento mucho, che. Era joven, comentó Ricardo. Yo venía acá a traer a mis hijos cuando eran chicos. Creo que vos no habías nacido todavía.
- Bueno, le doy la bienvenida, en nombre de mi viejo que ya no está. Y en el mío también. ¿En qué lo puedo ayudar?
- Esteeee, ¿no me vendés una vuelta... para mí?, preguntó Ricardo casi en un susurro.
- La casa invita. Suba nomás.

Ricardo se trepó a la calesita con cierta vergüenza. Solo había tres chicos en unos autitos. Empezó la vuelta con unas estrofas de Xuxa "es la hora es la hora, es la hora de bailar". Y mientras tanto el sexagenario, el obituario, el dinosaurio  se sentía nuevamente chico, divertido mientras daba vueltas semisentado en la cola de un avioncito de madera.

En un banco, a un costado, dos mucamas veinteañeras esperaban mientras sus "patroncitos" giraban una y otra vez adentro de los pequeños autos. Mientras tanto chateaban con sus celulares, se reían y cuchicheaban. "Para mí que está loco, se está riendo, mirá qué cara de bolú..."

sábado, 13 de enero de 2018

El micro verde de Coelho

Gracias a Guillermo Laguna, de quien tomé "prestada" una foto suya
junto al micro verde, un tiempo antes de ser tuneado (este último)
No hay nada más aburrido que la bicicleta fija, y mucho peor si te olvidaste el celular en tu casa y no podés escuchar música o la radio. En esos casos no queda otra que entretenerse con los recuerdos, como hice yo, por ejemplo, con el micro verde de Coelho. .

El micro verde de Juan Coelho era el más grande y moderno de todos, y estacionaba primero, justo frente a la salida del colegio Horacio Watson. Había otros micros identificados con colores según el recorrido:  rosa, marrón, rojo y no me acuerdo más, y recuerdo tener un estúpido orgullo infantil porque "mi" micro era el más lindo de todos. Leyendo un grupo de Facebook de ex alumnos, alguien dijo que Coelho había "tuneado"el micro para que quedara más moderno;  por eso tenía una trompa cuadrada que lo hacía parecer más nuevo y grande que los demás. Pero yo ya lo conocí así impactante como lo recuerdo.

Cuando subíamos para volver a casa a las 4 de la tarde tratábamos de sentarnos en una de las ventanillas del lado derecho. Era porque había un viejito con barba blanca que tenía una bandeja colgando del cuello, como los vendedores de golosinas del cine. Tenia algunos dulces y los más baratos eran los pirulines y los bocaditos Holanda que se te pegaban en los dientes, que le comprábamos para ir comiendo en el camino de vuelta a casa.

Coelho era un hombre bajo y regordete de mediana edad, con bigotito fino y un extraño peinado engominado para el costado con el que trataba de disimular la falta de pelo. Usaba ese típico recurso de los pelados de dejarse crecer más un costado para "enrollarlo" sobre el casco despoblado como si fuera la toca. Tenía un aspecto exótico y recargado, pero era puntual, respetuoso con los padres de los alumnos y buen conductor. 

Cuando yo era chica lo acompañaba una "azafata"que iba en un pequeño asiento a la derecha del micro. Ella se bajaba a tocar el timbre si el pasajero no estaba en la puerta de su casa, y ayudaba a subir o bajar a los mas chiquitos. Recuerdo haberle dicho alguna vez a mi mamá que Coelho le decía "cositas" a la azafata, andá a saber a qué me refería. Pero estoy segura de que se hacía el galán con la chica que sería joven y linda, aunque leyendo comentarios en el grupo de Facebook que mencioné, si había conservado la misma de los años '50 y pico, era la esposa.

Con el tiempo dejó de tener la azafata, y las pasajeras más grandes hacíamos de ayudantes bajando a tocar timbre y dándole una mano para subir a los bajitos. En ese trabajo que nos hacía sentir especiales vimos a la madre de la mayoría de mis compañeros de viaje... en deshabillé. Se usaban en aquél tiempo unos largos hasta el piso hechos de matelassé estampado, obviamente con pantuflas de paño, o peludas. ¿Cómo saldrán las madres de hoy a despedir a los chicos? Supongo que con calzas y zapatillas para ir al gimnasio o a medio vestir antes de ir al trabajo...

El micro tenía una luneta delantera donde había todo tipo de objetos, desde papeles, útiles escolares, llaves, herramientas y repuestos diversos. Pero también se podía encontrar ahí la joya más preciada de la corona: los botones plateados perdidos del blazer marrón, que en aquél tiempo tenían acuñado el logo del colegio. Era un haz de trigo con el lema "Ut Severis Seges", o "Como siembres, cosecharás". Era imposible conseguir botones de repuesto si se te había perdido uno, así que lo mejor que te podía pasar es encontrar uno en ese revoltijo ecléctico de la luneta.

Coelho tenía paciencia, y se bancaba bastante bien nuestros desbandes de a bordo. Cuando tenía la azafata la mandaba a retarnos o hacernos sentar. Pero en el tiempo que no hubo más, cuando la cosa se ponía descontrolada estacionaba, paraba el motor y ¡agarrate! Literalmente nos cagaba gritos con un vozarrón de trueno y después de eso no volaba una mosca por el resto del viaje. Y recuerdo un día que estaba muy sacado y agarró por las axilas a uno que estaba haciendo demasiado bardo y lo metió ¡en el portaequipaje que estaba encima de los asientos! No tenía tapa como los de los aviones, así que no viajó encerrado pero sí muerto de miedo.

Otro detalle gracioso que recuerdo de esos viajes era nuestra pérdida de identidad. No éramos García, Dagnino, Faverio o Chiantore sino que él nos había rebautizado con el nombre de la calle donde vivíamos. Así, "Condarco", "Altolaguirre", "Aizpurúa" o "Plaza" pasábamos las mañanas y tardes a bordo del emblemático micro verde donde nunca, nunca, faltaba la emoción.

sábado, 30 de abril de 2016

Una torta consistente

La semana pasada me puse a hacer un lemon pie para llevar a un cumpleaños, y uno de mis hijos llegó a la cocina con la nariz levantada, siguiendo el rastro del perfume de la masa horneada. “Hmmmm qué rico”, dijo.

No me preocupé mucho de que la atacara como tantas veces, porque en estos tiempos está encantadísimo con el crossfit y la dieta Paleo. Aunque le dije  que hay que comer de todo, según dicen los especialistas en nutrición, sigue entusiasmado entrándole a las proteínas y mirando con asco las harinas, la papa  y el azúcar.


Como le encanta cocinar me preguntó cómo se hacía esa tarta que no iba a comer, y le expliqué que tenia la clásica base de galletitas dulces, azúcar y manteca. Y encima una mezcla de leche condensada batida con 4 yemas y media taza de jugo de lima, que se lleva a horno mediano durante 20 minutos.  

Mientras yo lavaba el bowl y el batidor empezamos a hablar de un asador criollo que se está haciendo con su hermano en el jardín. En realidad hace más de dos meses que entre los dos se pusieron a hacer una especie de “piletita” en una zona que les cedí, donde quieren clavar la cruz de hierro para cocinar cordero, chancho, etc. El proyecto empezó con un entusiasmo que luego decayó, y ante mis quejas de tener una especie de tumba en medio del jardín, resolvieron retomar. Me comentó que había visto modelos de asadores con paredes de ladrillo refractario, adoquines, bloques de cemento y pensamos que tal vez podríamos comprarle piedritas blancas en el medio para que quede más lindo.



Cuando terminé de lavar y acomodar me acercó el teléfono para mostrarme unas fotos. Yo las miré atentamente y le dije que era muy rara esa base de tarta bicolor, que cómo habrían hecho para que sea así y de qué sería la masa. También comenté que estaba muy prolija y seguramente quedaría muy rica.

Ví que mi hijo se reía. Y me agrandó las fotos. No era una base de tarta de galletitas sino un asador criollo con un prolijo borde de ladrillos de dos colores. Todo esto me pasa por no tener los anteojos a mano. "No te dije nada porque estaba causando mucha gracia lo que me decías", comentó. 

Por eso es que ahora tengo varios pares de anteojos de esos descartables, repartidos en cada rincón de la casa. No quiero que crean que tengo Alzheimer o que me volví loca por haberle puesto yerba a la pizza o yoghurt al café. Lo que ocurre, sencillamente, es que en esta casa ¡hay muy poca luz! 



martes, 5 de abril de 2016

El regalo de Hernán Oliva

La noticia triste se difundió en todos los noticieros este 2 de abril: murió el mítico saxofonista “Gato” Barbieri, creador -entre otros temas inolvidables-  de “Europa”, esa obra que desborda pasión y erotismo. Barbieri fue uno de los exponentes del jazz argentino, y ya acompaña entre las nubes a otras bestias musicales como el “Mono” Villegas, Lalo Shiffrin, “Fats” Fernández y Hernán Oliva.
Justamente de Hernán Oliva quiero contar una historia que ocurrió hace casi 30 años. Yo estudiaba arquitectura de noche, y había organizado ir a comer con mi papá por San Telmo, a la salida de la facultad. Un compañero mío que se acababa de divorciar estaba un poco bajoneado y lo invitamos a sumarse a la salida. Después de comer unas pizzas fuimos a tomar un café a uno de los típicos bares del barrio, y al salir vimos venir a un hombre algo gastado, de traje y sombrero y con un violín al cuello.
¡Hernán Oliva!, dijo mi papá entusiasmado. ¡Es un fenómeno! Mi amigo y yo no sabíamos quién era, pero él, contador de profesión y músico por adopción, sabía de su talento y lo admiraba mucho. El viejo se nos acercó con pasos titubeantes; se notaba que estaba un poco “entonado” por algunos vinos o whiskies. ¿Les toco algo?, preguntó.
¡Lo que quiera, maestro!, dijo mi papá. ¿Tango o jazz?, preguntó. ¡Tango! pidió el contador pianista mientras le deslizaba un billete en el bolsillo chiquito del saco. Oliva se calzó el violín al cuello y empezó a tocar. Eligió Malena, y empezó a llenar de acordes profundos la calle desierta. 

Ese momento fue sublime, a pesar de la tristeza que despertaba que un músico de su prestigio anduviera yirando y tocando por una limosna. Y así deambulaba por los bares, tomando y tocando. Y lo hacía cada vez mejor a medida que avanzaba la noche y el alcohol le iba dando calor a las venas.   

Y aún en medio del clima de nostalgia y una cierta decadencia, esa calle solitaria de adoquines oscuros se llenó de magia. Había una luna enorme y brillante que parecía querer asomarse a escuchar con nosotros. Y ahí estábamos los tres solos frente al músico, emocionados con la melodía triste, melancólica y bella que nos regalaba en esa noche de otoño. 

Era Hernán Oliva, el violinista errante, al que le gustaba tocar por la calle. Esas mismas veredas donde fue hallado muerto en 1988, casi a los 75, abrazado al estuche de su eterno compañero de aventuras. 

Hoy es “fecha de mamá”

 Así decía mi suegra en cada aniversario de la muerte de su mamá, doña María, a quien no conocí. Ese día iba con una de sus hermanas a la bó...

La mesa del fondo