domingo, 12 de abril de 2020

La nena de los huevos emplumados

Como hija única de padre idem, para mi abuela Angélica el día de Pascua era todo un acontecimiento. Y así como en Navidad se hacen colas interminables para comprar el pan dulce de Plaza Mayor, lo mismo pasaba para esta época en dos chocolaterías famosas del centro: Corso y Córcega.

La primera, que creo que todavía subsiste en su local original de Maipú y Corrientes, mano izquierda, tenía unas latas de bombones color marrón o azul. En más de una casa se deben seguir usando como costurero, donde el unoauno no alcanzó para reemplazarlas por las latas de galletitas danesas, mucho más altas y más cómodas para guardar hilos, cierres, frasquitos con botones, ganchitos y otros.


Córcega estaba en Esmeralda o Suipacha...Hace mucho pasé y ví que había cerrado, y fue algo raro o feo, porque sentí que se había cerrado una puertita de mi infancia. El local estaba al lado del Palacio o el Emporio de la Papa Frita, donde la gordita que siempre fui disfrutaba al ir con su  papá a dar cuenta de las milanesas con papas souflé.



Googleando descubrí que la marca fue remozada y
aabrió un coqueto local sobre la calle Florida. También tenían sus clásicas latas de bombones/costureros, y la de muchos colores era la más popular.

Ambos comercios competían cada año para ver quién hacía los huevos de Pascua más originales. En realidad el huevo era un huevo sencillo, de chocolate riquísimo y de buena calidad, pero sin esos horribles adornos de cisnes de azúcar y flores incomibles que le ponían en las panaderías. Adentro traían confites, bombones, "joyas" y juguetitos. Pero el packaging era lo que más garpaba, ya que garantizaba un plus al momento de elegir la compra.
Mi abuela flasheaba porque la mayoría venían en una gran caja con un nidito hecho de paja donde se asentaba el huevo (es la misma paja que traen los cajones de melones, aunque esto termine de destruir totalmente el glamour que traía hasta ahora la descripción). Para tratar de recomponer la atmósfera perdida... este amoroso nidito tenía  plumitas rosadas, celestes o amarillas, según el regalo fuera para nena, varón o niñe (???). El conjunto era súper delicado y subyugaba a nuestros espíritus románticos, tanto el mío como el de mi abuela, que me decía encantada: "Mirá, tiene plumitas".

Hoy, a la distancia, me doy cuenta de toda la ilusión que le ponía al evento, al hecho de ir a hacer la fila para comprarme el huevo emplumado. En ese momento uno solo veía el chocolate, el nidito, la plumita y el anillo de plástico que eventualmente traía. Si es que de verdad existe una energía que nutre, estoy segura de que también estaba rodeado de un montón de cariño, pero ¿qué sabía yo entonces de todo eso? Por suerte, la hojalata perdura en el tiempo... y cada vez que busco un botón o un alfiler de gancho vuelvo por un ratito al pasado, e inevitablemente me arranca una sonrisa de "qué lindo".



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martes, 19 de noviembre de 2019

Marrakesh para armar



Era mi primera vez en un boliche para mayores de 18, y se entraba mostrando el DNI. Con mis 16, me había animado a ir con la cédula de la hermana mayor de mi compañera de banco, y por esa noche fui Daniela Lucía Gáldiz. 

Las tres parejas llegamos a la Galería del Este, donde un portero negro, alto y elegante, franqueaba la puerta con un saco con solapas de raso, camisa blanca y moño. Nos miró largamente a todos y pidió ver mi documento. Le extendí “mi” cédula, la revisó de los dos lados, me miró, lo miré. Sentí que me transpiraban las manos e hice gran esfuerzo para tratar de  conservar una actitud neutral. Finalmente me devolvió el documento y nos indicó que podíamos pasar.



Bajamos una gran escalera curva y alfombrada, contra una pared cubierta de espejos hasta desembocar en un salón poco iluminado, donde había humo y olor a perfume y alcohol. Nos zambullimos en unos sillones y me quedé descansando después de ese momento de tensión.

Yo estaba con Gonzalo ¡al fin me había invitado a salir! Mis amigas sabían bien cuánto me gustaba, las semanas que esperé su llamada… hasta inventé un encuentro “casual” a la salida de su clase de tae-kwondo, no vaya a ser que se olvidara de mí…

La música empezó a sonar más fuerte y salimos todos a bailar. La pista tenía tres bolas de espejos, luces de colores, y un humo mentolado que salía del piso. Teníamos que hablarnos al oído y casi a los gritos porque el ruido era intenso, y en cada aproximación yo disfrutaba del perfume especiado de Gonzalo y de su pelo lacio rozando mi cara. Al rato nos sentamos y pudimos hablar más normalmente, del club, de amigos en común, de las vacaciones… en cada respuesta yo intentaba decir algo canchero, para que él tuviera la mejor impresión de mí. Era agotador y desafiante a la vez, pero la noche pasó rápido entre charlas, baile y un par de tragos.

Nos apiñamos los seis en el auto, él iba a mi derecha en el asiento trasero. El viaje fue excitante: todo el tiempo me llegaba su perfume y yo disfrutaba del contacto de su pierna bien pegada a la mía, gracias a la ausencia de espacio. Quería que ese momento no terminara nunca. Solo me preocupaba que fuera muy tarde, dos horas después de lo que tenía permitido en casa. Doblamos en la esquina y nos fuimos acercando hasta mi casa...

Suceso 1: Saludé a todos y a él intenté darle un beso para despedirnos que apunté a su mejilla. El hábilmente giró la cara y el beso terminó en su boca. Con una puntada en la panza, causada por la sorpresa y la emoción, me bajé rápido y entré al palier. Subí en el ascensor como flotando, y así seguí hasta dormirme, recordando y disfrutando el aroma del perfume que se me había pegado en la piel.

Suceso 2: Ni bien llegamos al edificio todos pudieron ver a mi mamá en camisón, esperándome en el palier con cara de pocos amigos. Me bajé rápido del auto, y ni bien entré me agarró de una oreja y me metió en ascensor.  Subi con una puntada en la panza, causada por la bronca y la vergüenza. No podía dormirme pensando en el papelón, que volvía una y otra vez con cada aire de perfume especiado que se me despegaba de la piel.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Predestinado


Juan Romero es lo que se dice un predestinado: su apellido indicaba sin lugar a dudas la actividad que ocupaba a su familia. Fue su bisabuelo, Jacinto Romero, quien abrió en 1935 la farmacia y herboristería de la calle Lorenzo López. Y allí empezó como aprendiz su abuelo, más tarde su padre y finalmente él y su hermana, a medida que fueron cumpliendo 12 años.  La cuestión es que un día Juan se cansó del negocio, y lo dejó en manos de su hermana para emprender nuevos rumbos.

Con unos ahorros instaló un local de empanadas muy coqueto y pulcro, y dos motos rojas para hacer el reparto. Sus empanadas eran especiales: haciendo gala de sus conocimientos, condimentaba cada variedad con hierbas exóticas. Lograba un sabor inigualable que maridaba perfectamente con cada ingrediente. Los pedidos llovían, en especial los fines de semana, y Juan se sentía en el paraíso. 

Cuando despachaba en el mostrador le gustaba conversar con los clientes y comentar las novedades del barrio, lo bueno, lo malo, las desgracias, las buenas nuevas, y la vida de unos y de otros. Dos veces por semana hacía él mismo los repartos, y se demoraba hablando con los porteros o las empleadas domésticas, que eran los más proclives a hablar de más y contar intimidades de los vecinos o los patrones. Lo fantástico era que cuando volvía a su casa anotaba todo lo que había incorporado, en prolijas tarjetas que tenían el nombre y la dirección de cada aludido. Todo este minucioso hábito era para cumplir un sueño elaborado durante años: curar el alma de la gente en problemas con sus milagrosas hierbas.

Una tarde aprovechó un pedido para hacer el primer experimento: a una media docena de empanadas de espinacas a la crema le agregó un puñadito de melisa.  “La melisa o limoncillo es una hierba perenne apreciada por su fuerte aroma a limón, que se usa como tranquilizante natural”, se decía mientras recordaba visualmente las frases de su vademécum de herbolario. Con precisión metió las empanadas en la caja y las despachó a la casa de la señora tan nerviosa de la calle Rivadavia. También “enriqueció” con polvo de ginko biloba las de carne picante que fueron a la casa del viejito del chalet que caminaba tan lento. Un poco de cola de caballo en las de atún para la gordita de la vuelta. Griffonia a las de queso para la viuda, valeriana en las del cajero flaco del banco. Las quejas no se hicieron esperar: las de jamón y queso ya no tenían el saborcito del principio. Había extrañas partículas verdes entre la humita ¡y el atún despedía un sospechoso olor a menta! 

Pasaban los días y no entraban casi pedidos, como si de pronto una maldición se hubiera apropiado del lugar. La desconfianza se había instalado entre los clientes y para peor ¡alguien había hecho un comentario en Facebook y varios se sumaron a las quejas! las empanadas agonizaban en las heladeras junto con los pequeños frascos con diversas hierbas. El viernes a la noche admitió con amargura que la idea no había sido buena. Sabía que había que darle un aire nuevo al negocio y se puso a pensar si lo mejor sería un aviso en la radio y el diario, volantes y algo en las redes sociales, como le había aconsejado su sobrino. Mientras tanto, revolvía el tupper con el relleno de carne cortada a cuchillo; le agregó un puñado de yuyitos para el amor y armó 6 empanadas bien gorditas. Las puso en una caja y bajó la persiana.

Caminó unas cuadras y tocó el timbre de la petisita del departamento de la calle Gamboa, que sonó encantada a través del portero eléctrico. Mientras ella bajaba a abrirle, él ensayó una sonrisa; hacía tiempo que la chica le gustaba, y le había prometido pasar a visitarla una noche de esas.


sábado, 20 de julio de 2019

Apollo al horno con papas



Me acabo de dar cuenta de que siempre fui una gordita que piensa en la comida. Cada vez que trato de recordar una fecha determinada o tengo que hacerlo en algún ejercicio de introspección, se me viene a la mente la tarde que comimos tal cosa o la noche que nos juntamos para ver una película y comer tal otra. En un Curso de la Abundancia, por ejemplo, teníamos que recordar una tarde en la que nos hubiéramos sentido plenamente felices. Una de las chicas recordó la tarde en que se casó, el paseo con su flamante marido por una plaza y las flores que había regalado. La gordita, en cambio, recordó esa vez que fue al centro a buscar a su abuelo a la oficina, y la vuelta en auto por la Costanera ¡feliz porque los esperaban los zapallitos rellenos de la abuela!

Y el día de la llegada del hombre a la Luna no escapa al caso. Ese día habían ido a casa mis tíos con sus dos hijas, para ver en familia el alunizaje. Era el mes de julio de 1969; nosotras teníamos 7, 5 y 3 años y no entendíamos mucho sobre la importancia de ese acontecimiento aburrido.  

Cerca de las 20.30 se produjo el milagro, y aunque nos insistían diciendo “miren, miren” cada dos segundos, nosotras estábamos más interesadas en las porciones de pizza que comíamos con la mano y directamente de la caja. Las 3 cajas estaban apiladas sobre la mesita ratona junto al televisor; una pizza de muzzarella con aceitunas verdes, otra con cebolla y queso y una tercera con jamón, muzzarella, morrones y aceitunas. Cerveza para los grandes, Fanta para nosotras.

Cerca del final de la transmisión, algo pasó que cambió drásticamente el panorama. Laurita, la de 3 años, se había atragantado con una aceituna y tenía dificultades para respirar. Y ya no recuerdo nada más: directamente se me aparece otra escena, como cuando en las películas hacen un cambio de plano. Estábamos en el Hospital de Niños, en un pasillo con dos vitrinas llenas de objetos: el brazo de una muñeca, monedas de todo tipo de color y tamaño, alfileres de gancho, dedales, dados, botones ¡y hasta una ranita de plástico!
“Son todas las cosas que tuvieron que sacarle a los nenes que se atragantaron”, nos explicó mi papá. Nunca me había imaginado que alguien podría comerse el brazo del bebé de Pamela Primeros Pasos… pero pasaba. Todavía recuerdo muy bien la impresión, la sensación de peligro y esa revelación inesperada. Además de la pizza y los zapallitos, parece que hay chicos que tienen otras preferencias.




jueves, 14 de febrero de 2019

La mesa del fondo

Llevaba varios años de separada y ya estaba con ganas de conocer a alguien con quien recuperar mi vida de mujer, no madre, no chofer, no hija. Esperé sin éxito durante meses que alguna amiga me presentara al vecino, al hermano, o al amigo del compañero de oficina del primo. Nada. Nadie. Tampoco tuve uno de esos encuentros casuales que describen algunas  suertudas en el sector de vinos del supermercado; pero fue sin duda porque no tenía las antenas en estado de alerta y sencillamente, no miraba a nadie.


En ese tiempo no existían Tinder ni Happn; no había escuchado hablar de match.com ni de alguna otra plataforma para buscar pareja. Pero en un programa de radio que escuchaba a la mañana oí que pedían que la gente sola, en busca de pareja, escribiera para tratar de hacer un “encuentro de almas a través del éter”. O algo así.  

Con mucha vergüenza, pero sabiendo que era casi mi única alternativa, me presenté como “la morocha argentina”, esa fiel compañera gamba para todo. Y agregué que buscaba un hombre con su situación emocional y económica resuelta (así pedían todos, y me lo copié en mi carta). Me pareció lógico porque no tenía ganas de sumarme problemas o nuevas preocupaciones: ya bastante tenía con lo mío.  Como la morocha argentina recibí una docena de mails con ganas de conocerme. Descarté al guardavidas veinteañero que de cada tres palabras, dos tenían errores de ortografía. También al sexagenario que se sentía horriblemente solo, y al que vivía a 160 kilómetros de mi casa. No le respondí al casado con tres hijos que buscaba una aventura apasionada, ni al que se moría por saber si yo usaba tanga o culotte.

A los demás les respondí uno por uno, y también me encontré a tomar un café. Con el pediatra petiso que me llegaba al hombro,  cuyos encantos no fueron suficientemente convincentes como para hacerme olvidar mi preferencia por los altos grandotes entre cuyos brazos poder cobijarme. Con el vendedor de autos que se me puso a llorar porque extrañaba mucho a su mujer y a sus hijos. Y con el sesentón de peinado raro que sin disimulo alguno me relojeaba las piernas por el costado de la mesa, con una mirada un poco turbia. Posta.  


Con el último de la lista me encontré una tarde de invierno en un pub de San Isidro que ya no existe; hoy es una cervecería. Habíamos hablado por teléfono y sonaba cálido y varonil. Sabía que era divorciado, con una hija adolescente, ex rugbier ¡seguramente sería alto y grandote! ¿Podría, con el tiempo, cobijarme entre sus brazos como yo quería?

Con miedo y curiosidad entré al lugar, donde había unas pocas mesas ocupadas con parejas, cerca de la chimenea encendida. Al fondo, en una mesa redonda, un hombre solo. Sentí algo en el estómago, como ese vértigo que te agarra cuando entrás en la bajada gigante de la montaña rusa. No podía ser más buen mozo. ¿Era él? ¿Era el “mío”? ¿Podría yo tener tanta suerte? Respiré hondo, me acerqué a la mesa y me presenté.

Sentate, me dijo, tenía muchas ganas de conocerte.

miércoles, 18 de abril de 2018

Cara de bolú

"que los cuuuuumplas, que los cuuuumplas, que los cuuuumplas feeeeeliiiiiiiiz!"

Ricardo sopló fuerte la dos velas celestes y su familia y amigos lo llenaron de besos y aplausos. Más tarde, mientras ayudaba a su muer a acomodar las últimas copas en el aparador, se dio cuenta de que necesitaba estar un rato solo, para pensar. Besó a su mujer y le avisó que se iba a fumar un cigarrillo al balcón, ya que la noche estaba preciosa.

¡Sesenta años, que lo reparió! Se había convertido en un sexagenario, como dicen en los noticieros. Que rima con dinosaurio y obituario. Por primera vez en su vida se sintió viejo, pero viejo de adentro. Físicamente estaba bien, su familia y su trabajo marchaban sin problemas. Carla, su segunda mujer, era una buena compañera: sus dos hijos se habían casado con buenas chicas, agradables y simpáticas. Todavía no le habían dado nietos, pero ya llegarían.

No toleraba lo de sexagenario, porque estaba orgulloso de sus dotes de "galán maduro". Recordó a Laura, la secretaria del estudio de un amigo: unos 45 años, divorciada, de caderas rotundas, pechera apretadita y tentadora como cajón de frutillas. Cada vez que iba a ver a Jorge le divertía ver cómo ella buscaba hacerse notar. "psé... todavía este dinosaurio tiene las garras afiladas", pensó entre divertido y conforme, mientras jugaba con el humo del cigarrillo.

Pero no era un tema de verse gastado como hombre sino que sentía que se le había pasado la vida y todavía tenían tantos sueños por cumplir... El sábado siguiente caminó treinta cuadras hasta la estación Colegiales, hasta aquél terrenito que conocía tan bien, el de la calesita donde había llevado a sus hijos durante tanto tiempo. El lugar estaba casi igual, el espacio contenido entre dos medianeras, la casilla de madera y los dibujos en las paredes. Ya no estaban Hijitus, Anteojito y Petete; ahora había un Mickey anoréxico , un pato Donald bastante bien logrado y algunos otros personajes de Disney.

Estiró el cuello buscando al tano, y se acercó a la casilla. "¿Está Salvatore?", preguntó.
- Salvatore era mi viejo, respondió un hombre desde adentro. Murió el año pasado. Cáncer.
- Lo lamento mucho, che. Era joven, comentó Ricardo. Yo venía acá a traer a mis hijos cuando eran chicos. Creo que vos no habías nacido todavía.
- Bueno, le doy la bienvenida, en nombre de mi viejo que ya no está. Y en el mío también. ¿En qué lo puedo ayudar?
- Esteeee, ¿no me vendés una vuelta... para mí?, preguntó Ricardo casi en un susurro.
- La casa invita. Suba nomás.

Ricardo se trepó a la calesita con cierta vergüenza. Solo había tres chicos en unos autitos. Empezó la vuelta con unas estrofas de Xuxa "es la hora es la hora, es la hora de bailar". Y mientras tanto el sexagenario, el obituario, el dinosaurio  se sentía nuevamente chico, divertido mientras daba vueltas semisentado en la cola de un avioncito de madera.

En un banco, a un costado, dos mucamas veinteañeras esperaban mientras sus "patroncitos" giraban una y otra vez adentro de los pequeños autos. Mientras tanto chateaban con sus celulares, se reían y cuchicheaban. "Para mí que está loco, se está riendo, mirá qué cara de bolú..."

sábado, 13 de enero de 2018

El micro verde de Coelho

Gracias a Guillermo Laguna, de quien tomé "prestada" una foto suya
junto al micro verde, un tiempo antes de ser tuneado (este último)
No hay nada más aburrido que la bicicleta fija, y mucho peor si te olvidaste el celular en tu casa y no podés escuchar música o la radio. En esos casos no queda otra que entretenerse con los recuerdos, como hice yo, por ejemplo, con el micro verde de Coelho. .

El micro verde de Juan Coelho era el más grande y moderno de todos, y estacionaba primero, justo frente a la salida del colegio Horacio Watson. Había otros micros identificados con colores según el recorrido:  rosa, marrón, rojo y no me acuerdo más, y recuerdo tener un estúpido orgullo infantil porque "mi" micro era el más lindo de todos. Leyendo un grupo de Facebook de ex alumnos, alguien dijo que Coelho había "tuneado"el micro para que quedara más moderno;  por eso tenía una trompa cuadrada que lo hacía parecer más nuevo y grande que los demás. Pero yo ya lo conocí así impactante como lo recuerdo.

Cuando subíamos para volver a casa a las 4 de la tarde tratábamos de sentarnos en una de las ventanillas del lado derecho. Era porque había un viejito con barba blanca que tenía una bandeja colgando del cuello, como los vendedores de golosinas del cine. Tenia algunos dulces y los más baratos eran los pirulines y los bocaditos Holanda que se te pegaban en los dientes, que le comprábamos para ir comiendo en el camino de vuelta a casa.

Coelho era un hombre bajo y regordete de mediana edad, con bigotito fino y un extraño peinado engominado para el costado con el que trataba de disimular la falta de pelo. Usaba ese típico recurso de los pelados de dejarse crecer más un costado para "enrollarlo" sobre el casco despoblado como si fuera la toca. Tenía un aspecto exótico y recargado, pero era puntual, respetuoso con los padres de los alumnos y buen conductor. 

Cuando yo era chica lo acompañaba una "azafata"que iba en un pequeño asiento a la derecha del micro. Ella se bajaba a tocar el timbre si el pasajero no estaba en la puerta de su casa, y ayudaba a subir o bajar a los mas chiquitos. Recuerdo haberle dicho alguna vez a mi mamá que Coelho le decía "cositas" a la azafata, andá a saber a qué me refería. Pero estoy segura de que se hacía el galán con la chica que sería joven y linda, aunque leyendo comentarios en el grupo de Facebook que mencioné, si había conservado la misma de los años '50 y pico, era la esposa.

Con el tiempo dejó de tener la azafata, y las pasajeras más grandes hacíamos de ayudantes bajando a tocar timbre y dándole una mano para subir a los bajitos. En ese trabajo que nos hacía sentir especiales vimos a la madre de la mayoría de mis compañeros de viaje... en deshabillé. Se usaban en aquél tiempo unos largos hasta el piso hechos de matelassé estampado, obviamente con pantuflas de paño, o peludas. ¿Cómo saldrán las madres de hoy a despedir a los chicos? Supongo que con calzas y zapatillas para ir al gimnasio o a medio vestir antes de ir al trabajo...

El micro tenía una luneta delantera donde había todo tipo de objetos, desde papeles, útiles escolares, llaves, herramientas y repuestos diversos. Pero también se podía encontrar ahí la joya más preciada de la corona: los botones plateados perdidos del blazer marrón, que en aquél tiempo tenían acuñado el logo del colegio. Era un haz de trigo con el lema "Ut Severis Seges", o "Como siembres, cosecharás". Era imposible conseguir botones de repuesto si se te había perdido uno, así que lo mejor que te podía pasar es encontrar uno en ese revoltijo ecléctico de la luneta.

Coelho tenía paciencia, y se bancaba bastante bien nuestros desbandes de a bordo. Cuando tenía la azafata la mandaba a retarnos o hacernos sentar. Pero en el tiempo que no hubo más, cuando la cosa se ponía descontrolada estacionaba, paraba el motor y ¡agarrate! Literalmente nos cagaba gritos con un vozarrón de trueno y después de eso no volaba una mosca por el resto del viaje. Y recuerdo un día que estaba muy sacado y agarró por las axilas a uno que estaba haciendo demasiado bardo y lo metió ¡en el portaequipaje que estaba encima de los asientos! No tenía tapa como los de los aviones, así que no viajó encerrado pero sí muerto de miedo.

Otro detalle gracioso que recuerdo de esos viajes era nuestra pérdida de identidad. No éramos García, Dagnino, Faverio o Chiantore sino que él nos había rebautizado con el nombre de la calle donde vivíamos. Así, "Condarco", "Altolaguirre", "Aizpurúa" o "Plaza" pasábamos las mañanas y tardes a bordo del emblemático micro verde donde nunca, nunca, faltaba la emoción.

La herencia del capitán Metralla

En Argentina, el servicio militar fue instaurado a partir de 1901. Era un entrenamiento para todos los varones de 20 años que duraba entre 1...

La mesa del fondo