viernes, 13 de junio de 2014

Vasta de vurradas


Atilio, el marido de Ofelia, puso en su portafolio los utensilios para ir al concilio sobre familias en el exilio.

Mientras Atilio se va al concilio, vamos a mirar un rato algún programa en la tele donde enseñen a cocinar. Ahí aprenderemos cómo hacer algún rico plato fusión… y también un nuevo y pobre uso de nuestra vapuleada gramática.

Son varios los jóvenes cocineros que se valen de los “utensiyos” para preparar sus platos de autor. Hasta hace poco, los cucharones, espumaderas y sacacorchos se llamaban utensilios. Hoy han pasado a ser “utensillos”, y por ende, los nombramos a la argentina, con una sonora y reverberante Ye.

Puede ser que en un tiempo, finalmente se resuelva simplificar, y usar indistintamente la c, la s y la z. Amalgamar la v y la b, emparentar la j y la g, erradicar la h inicial. Seguramente leeremos que la casa y la pesca son actividades para jente baliente a la que le gusta acer cosas ejtrabagantes. O algo así. Pero para eso falta, ya que todavía no han dado la orden de descuartizar y archivar para siempre nuestro idioma.

Ya que estamos en el canal de recetas, nay que contar cuántas veces el cocinero usa la palabra incorporar. En el colegio nos habían enseñado que los sinónimos de agregar pueden ser sumar, mezclar, aunar; acá sólo se incorpora, no se suma ni se mezcla ni se agrega. Se incorpora y se incorpora y se incorpora. Entre tanto ejercicio de cortar la cebolla en brunoise, los tomates concassé y la salsa demi-glace, no vendrían mal unos ejercicios de lengua castellana.

¡Vamos chicos y muchachos de los cursos de gastronomía! El mercado esta lleno de échalotes, vieiras y cardamomo, pero el diccionario cuenta con palabras preciosas que le darán algo de riqueza a su forma de expresión.Y no estamos pidiendo que tengan la verba de Mariano Grondona, pero tampoco la de Bernardo, el ayudante del zorro. O la de Tarzán.

Pero si perdemos la batalla, los utensilios serán utensillos para siempre, y los llamaremos utensiYos. Y Atillo, el marido de Ofella, pondrá en su portafollo los utensillos para ir al concillo sobre famillas en el exillo. Y cuando leamos, sabremos que AtiYo, el marido de OfeYa, puso en su portafoYo los utensiYos para ir al conciYo sobre famiYas en el exiYo.

¿No es beYo?

Vos ¿merecés festejar el Día de la Mujer?



Felipe y Lula se están peleando por el control remoto para ver quién elige el programa de TV. En un momento, Lula le rajuña la mano a su hermano, y le deja cuatro surcos bien marcados de los que asoma un poquito de sangre, y le arrebata el control. El chico se pone loco y la agarra de las mechas. “Pará que soy mujer, ¡sos un animal!", le grita mientras sale corriendo a la cocina para contarle a su mamá lo que el bruto Felipe le había hecho.

Situaciones como estas se dan a diario, y carecen de toda ética. No se puede atacar con munición gruesa como el peor de los gurkas (rajuñar duele tanto como una piña, y tiene riesgo de infectarse) y después ponerse en el rinconcito de las niñas adoratrices, impolutas e inocentes. Si jugás rudo, bancatelá hasta el final. O no juegues.

En el colegio siempre había un gordito de anteojos que era un flor de guacho, ya que con la excusa de que no lo podían fajar, hacía algunas cosas por las que hubiera merecido un par de piñas. No es fair play. Merece la piña, por abusar de su impunidad.

Algunas veces escucho que la presidente hace algo parecido. No quiero darle un tinte político a este comentario, solo va como ejemplo de una conducta de alguien conocido por todos, y que no veo ética. Por momentos arremete con todos los misiles, argucias legales, verborrágicas o técnicas capaces de derribar al más fuerte. Pero cuando viene el contraataque, aduce que la atacan “porque es mujer”. Una mina que pega patadas, tira dardos, manda indirectas fulminantes y tiene todo el peso del poder, pelea a la par de un hombre. Y se la tiene que bancar con honor, como si tuviera bigotes y el pecho lleno de pelos.  

Por eso no comparto eso de festejar el Día de la Mujer. ¿A qué tipo de mujer se homenajea? ¿Es lo mismo que el día del animal, el día del niño o el día del empleado público? Y entonces ¿cuándo es el día del hombre? En estos tiempos en que las mujeres trabajan a la par de los hombres, aspiran a los  mismos puestos y con los mismos sueldos, donde se capacitan a la par o más, y tienen cargos políticos que manejan igual que los hombres (Bachelet, Merkel), ¿cuál es la diferencia? 

Andamos por la vida proclamando que queremos igualdad, pero a la vez festejamos el Día de la Mujer. La verdad es que estamos más locas que un plumero, y si después nos dicen bipolares, indecisas, rompebolas o gatafloras, ¡tienen razón!

Por eso me parece más sensato tomar partido: si nos gusta ser mujeres, cantarlo mientras nos peinamos en el baño, dejar que nos atiendan, declinar decisiones importantes y ser las princesitas que esperan dulcemente al galancete, ¡adelante! Si por el contrario, elegimos ser ese tipo de minas que se la bancan y no salen llorando ante la primer adversidad, tal vez no sea una buena idea. Pero hagamos una elección honesta, ya que cuando exigimos "derechos", también tenemos que hacernos cargo de las "obligaciones" que los acompañan.

No me gusta que ser mujer quiera decir estar del bando de las cocoritas o las que juegan sucio, aprovechando una supuesta “debilidad” para sacar ventaja. Esos ejemplares dan vergüenza de género porque cambian las reglas de juego según como sople el viento. Como las Lulas, que lo fajan a su hermano y salen corriendo mientras lloriquea por el pasillo. 
Entre toda la fauna que anda por el mundo, están las que quieren manejar un camión, escupiendo por la ventanilla mientras puteas a los transeúntes. Y se ofenden si no les arriman la silla en el restaurant. Por eso si querés que te abran la puerta del auto, te paguen las cuentas, te atiendan, te corran la silla, te solucionen todos los problemas y sigue la lista, acordate de que también deberás estar dispuesta a asumir que no podés hacer cosas de hombres. O comprás todo el combo, o elegís otro menú.  Si participás, es con todos los números, y no solo con los que te gustan. Aunque siempre hay algún que otro pollerudo que consiente. Débil es la carne del hombre, tierna la de la mujer. Al menos por fuera. 
Por mi parte, no estoy de acuerdo con el día de la mujer. Soy cero feminista, sino más bien machista, pero me parece bastante careta decir que soy "el sexo débil" cuando me conviene, y arremeter ferozmente cuando hace falta. Es un recurso de algunos animales para sobrevivir, pero lo veo como jugar sucio.  Una bestialidad.

Después de todo esto,  ¡Feliz día, a quien recoja el guante… rosa y con puntillas!

Venus va de shopping


Cuando terminó la de Hugh Grant ella lo abrazó se recostó en su hombro. Tenía esos ojos soñadores de la Cenicienta cuando describía la noche del baile en palacio, y esa sonrisa entre suspiros que ponemos las mujeres cuando el romanticismo nos invade desde la pantalla.

Durante un rato recordaron por vigésima vez el día que se conocieron, aquel cumpleaños en la quinta de un amigo de la facultad. Las charlas, las risas, esos momentos que tratamos de rescatar cada vez que podemos.

- Y decime, ¿qué fue lo que te gustó de mí? Porque si mal no recuerdooooo, había varias revoloteando a tu alrededor. Esa Vanesa que no te dejaba de mirar ¡tan tarada! Y Paula, que casi se te tira encima cuando te vio llegar. Para no seguir…. Dale, dale, ¿qué fue lo que te gustó de mí? Porque yo no era tan tarada como esas dos, que lo único que hacían era dar grititos y saltar todo el tiempo. Además no podían decir dos frases coherentes juntas y no sab…

- El culo y los ojos, dijo él.

- ¿Cómo el culo? Me estás jodiendo. ¿Me vas a decir que en medio de ese séquito de cotorras que hablaban estupideces, llegué yo que tengo un poco más de cerebro y no influyó para nada? ¿Me vas a decir que lo mejor que viste en mí fue…

- El culo y los ojos, repitió él.

El portazo fue terrible, y él se quedó toda la tarde solo y feliz disfrutando del control remoto, del partido del Arsenal contra el Tottenham de abril del ‘83 y de la historia de las trompadas de los welter juniors de los últimos años.


Por mucho que nos ofenda, es lo que ellos buscan: lo llevan en la sangre y es una cuestión de supervivencia. Y esto no es nada nuevo ya que para muestra, ¿qué mejor que comprobarlo mirando las redondeces de las Venus paleolíticas? Señoras pura panza, lolas, cola, caderas, una exaltación a la fertilidad, ya que si no procreaban, se les extinguía la especie. A muchas de estas minas ni siquiera les hacían brazos o piernas, ¿Para qué?

No creo que esos salvajes se preocuparan por tener una sexualidad generosa, compartida, ni que se tomaran el tiempo para el disfrute de su mujer. Palo y a la bolsa, y a seguir de cacería. Las primeras Venus ni siquiera tenían cara. Ni boca, así no hablaban.

En la mentalidad primitiva de aquellos semi humanos, las minas estaban para procrear y cuidar los hijos. Ellos mientras tanto salían de cacería para llevar el sustento a la cueva. Y estaba bien. Esta sería la explicación científica o la justificación de porqué los hombres son en general unos trogloditas sin descanso.

Si vamos a seguir con la historia, cuando los hombres se iban de cacería con la lanza o el arpón en busca de algún yak, mamut o fiera prehistórica, ellas se quedaban en la cueva con los críos. Y recolectaban frutos y semillas para el sustento diario mientras esperaban el regreso del hombre. Eso de salier de la cueva con la canastita de piel de oso a juntar bayas, ¿no es lo mismo que ir al shopping? No es entonces que nosotras estamos haciendo pelota la tarjeta comprando cosas superficiales, no señor. Estamos respetando nuestros instintos mas primitivos, sencillamente, ¡estamos recolectando!

Así que por favor no jodan con eso de los gastos, el resumen de la tarjeta y la declaración jurada. Cada uno obedece el llamado de la sangre y la naturaleza; contra esta fuerza no hay nada que hacer. Que ellos miren nomás nuestras redondeces, pero que no protesten cuando llega el resumen del banco. Porque es nuestro grito interno el que nos llama a salir a recolectar para asegurarnos la continuidad de la especie. Y si es un Miércoles Super Mujer o Viernes de CitiWoman, ¡tanto mejor!



Debut ¿y despedida?


El matrimonio de Clara nació con un enamoramiento psicológico más que fisiológico. Si bien él era muy atractivo, a ella lo que más le seducía de su marido eran su inteligencia, su creatividad y su genio. Así fue que llevaron adelante una relación de amor pero sin una gran pasión de los cuerpos, aunque sí de las almas.

El paso de los años y otros ingredientes terminaron con esa relación de la que ella nunca había hablado en forma apasionada. Tal vez por su educación tan austera en esa familia numerosa donde no se permitía o no se usaba demostrar abiertamente las emociones, tal vez porque ella tenía algunos complejos que le impedían disfrutar abiertamente de su cuerpo. Clara tuvo toda su vida un rollo con su altura y con su estampa, como un pudor gigante que la inhibía de considerar eróticamente a su anatomía.

Por esas cosas de la vida, reencontró en su nueva vida de divorciada a un antiguo colega del trabajo. Otro genial ocurrente, lector de todo, hasta del prospecto de los remedios. Y nuevamente ella se enamoró de una mente, olvidando por segunda vez eso de que “de carne somos”.

El la invitó a su casa en La Paloma a fines de marzo, donde tendrían todo el horizonte y todo el mar a su disposición. Y también mucho tiempo para conversar largamente disfrutando de sus códigos mutuos. Preparó su valija con camisolas hindúes que taparían pudorosamente sus caderas y también sus rodillas, para poder circular por la casa y por la arena sin vergüenzas. Pero no supo qué tipo de atuendo elegir para taparse del fantasma y del monstruo; del fantasma de su cuerpo, del monstruo del sexo, de las horribles bestias de la intimidad con un hombre. A su edad…

Llegaron a la casa que ella había visto varias veces por Internet y era realmente más fascinante que en las fotos, porque se agregaba el resplandor de las paredes blancas con el brillo del sol, el ruido de las olas, el olor de la sal. Pasaron el día divertidos caminando en la arena y charlando bajo una sombrilla de paja, hasta que se puso el sol y se fueron adentro a preparar unos tragos.

Ella empezó a sentir nuevamente ese miedo infantil a los espíritus malignos, pero él era un hombre sabio, sabio de anécdotas, de literatura, de biología, de política, de mecánica… y también de detalles. En el living la luz llegaba suave y tamizada desde las lámparas anaranjadas de papel y organza. Como fondo, una bossa de Rita Lee y un tequila generoso para cada uno.

- ¿Vamos para arriba?

Ella empinó el vaso sin respirar, uno, dos, tres, cuatro tragos de esa bebida ardiente para conseguir tomar, junto con el alcohol, un poco de coraje.

Vamos – respondió ella – alineando disimuladamente los botones de su camisola larga que le tapaba las rodillas.


Ella estaba muerta de miedo y vergüenza. Nunca se detuvo a pensar que él también podría sentirse por lo menos, ansioso. El era un hombre con experiencia pero también tenía sus años, y no tenía pudor por sus arrugas o su figura poco atlética, pero sí temía no gustarle y no poder responderle con su masculinidad. Ella nunca cuenta lo que pasó aquella tarde, sólo dice que él vive por allá y ella vive por acá, pero sin aclarar si fue porque esa semana de marzo fue muy mala, o tan buena que no lo pudieron soportar.





La verdad de la milanesa


- Hola querida
- Hola ¿Qué pasa? ¿Hoy salís tarde del trabajo?
- Es que me voy a quedar con los muchachos a ver el partido.
- A ver, esperá un momento
(Voz en off de “querida” gritando): “Juani ¡dejá de mojar el pan en la salsa que es para la cena!”
- Mmm, ¿hiciste salsa casera?
- Sí, pero anda tranquiiii
- Mejor veo el partido en casa, estoy un poco cansado
(Voz en off de “querida” con tono apurado): “Juani, andá rápido a la esquina a comprar una salsa Acme estilo casero”
- Sí mami

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Palabras más, palabras menos, este es el diálogo de una propaganda de salsa que se escucha estos días por la radio. Un asco, no por el producto porque no lo probé, sino por la idea. ¡Fea la actitud! Y en lugar de incitarme a comprarla, esa marca mentirosa sólo me genera rechazo. Por trucha.

Trucha la agencia de publicidad que propuso la idea. Trucha la esposa que hace caer al marido con el cuento de la salsita casera. Truchísima la madre cuando lo manda al Juani a la esquina para engañar a su papá. Y horribleel ejemplo que le da al hijo: mamá usa carnada inventada sólo para joderle la noche a papá y que no pueda ver el partido con los amigos. Espantoso es también que lo haga cómplice. ¡Y flor de pollerudo el Juani ese, que en lugar de defender a viejo sale corriendo al almacén!

Mad Men, esa gran serie que describe el mundo de la publicidad en el New York de los ’60 nos muestra lo bien que cuidan al cliente y cómo se preocupan de que el consumidor reciba una idea clara y que respete la ética. Una buena empresa ofrece productos también buenos. En Argentina lo vemos cuando una marca tradicional como La Serenísima elige a Pancho Ibáñez, María Laura Santillán o Mónica y César como la cara de sus productos. Todos tienen chapa de buena gente, tan buenos como lo que intentan vender. ¿Quién pondría como protagonista de su producto a personajes como la Hiena Barrios? ¿Una marca de bizcochuelo instantáneo con el slogan "La Hiena te hace torta"? Difícil. Y con esta salsa Acme ¡nada bueno puede venir de algo tan retorcido! Y si lo fuera, no se lo merece.

¿Cuánto hay de malo en mentir? Es cuestión de criterio. Si la mujer se lo quiere enganchar al posible novio/marido halagándole el estómago, vale. Ella puede mentir y comentar que se pasó horas en la cocina picando la cebolla y el tomate para él. Pero es un arma de seducción que sólo se utiliza entre ellos dos.

Todos mentimos alguna vez. Lo hicimos con el corpiño con push up y relleno donde parece que hay, pero no. Lo hacen los señores maduros cuando se clavan un Viagra para recuperar por unas horas la turgencia de sus épocas pasadas. Mienten muchos en el chat cuando se describen como el hermano gemelo de Brad Pitt o la fotocopia de Angelina, cuando en realidad sólo tienen de parecido el negro de las pupilas. A la hora de la seducción todo vale, desde una goma espuma alambrada en la ropa interior hasta una comida "casera" comprada en la rotisería. Pero sólo son eso: armas de seducción que deberían quedan entre los dos “con-trincantes”. Stop.

Distinto es cuando la truchada se hace vox populi en el seno de la mesa familiar. Con los chicos no jodamos: en un segundo se derrumba con el (mal) ejemplo varios años de machacar con eso de no mentir. Y lo más peligroso de todo es el mensaje:

- mi mamá le miente a mi papá
- mi mamá me hace cómplice de su engaño
- las mujeres no son tan confiables
- por las dudas siempre hay que andar con cuidado con ellas

Después no se quejen de que no hay hombres. Si nos encargamos de mostrarles nuestros lados más oscuros, nosotras solas nos estamos cavando la fosa. Compremos la salsa, dejemos el envase bien a la vista y banquémonos la cara de desaprobación con valentía. Tal vez 1) la salsa sea realmente buena y zafemos 2) daremos un paso importante para demostrar que lo que se escribe con la mano… no se borra con el cucharón de la cocina.

¿Qué es exo?



Soy adicta a la radio, seguramente porque desde chica siempre estaba encendida en mi casa. Había una en la cocina y otra en el living encima de la estufa, que más la usábamos como estante que como calefactor. En los ’70 estaban de moda los helechos como planta de interior y también la gansada esa de que había que hablarles para que estuvieran lindos. Mi mamá no tenía tiempo para chamuyarse al helecho porque se tenía que ir a trabajar al banco, pero como siempre fue muy práctica le dejaba la radio encendida para que creciera contento. No creo que el helecho fuera tan inteligente como para diferenciar la voz en vivo y en directo de mi mamá de la de la locutora de turno que llegaba a través “del éter”. Así era entonces que la radio funcionaba todo el día en mi casa, aún cuando no hubiera humanos a la vista. Y fueron Betty Elizalde y Nucha Amengual las encargadas de poner turgente al vegetal con el terciopelo de sus palabras ratoneras. ¿Qué tal, mi pretendiente?, le preguntaban al susodicho. Como para no ponerse tieso…

Pero lo de tieso engancha al pelo con mi cuestión de hoy. Dada mi afición a la radio, hoy también está prendida en el auto, y muchas veces cuando llevo o traigo los chicos de algún lado, suelen escuchar algún programa conmigo. Si la audición que elegí habla sobre el arte del medioevo, dura tres segundos ya que ellos mismos manotean las perillas y ponen cualquier otra cosa. Pero si está sintonizada en Metro o la Rock’n Pop la dejo, porque suelen engancharse con los locutores, la música o lo que venga.

Los problemas empiezan cuando en el programa de Andy está el sexólogo doctor K respondiendo las consultas de los oyentes. Y así es como mis hijos y yo, de vuelta del colegio, nos enteramos de que UNA oyente tiene una NOVIA pero además disfruta del cibersexo con otras mujeres, y quiere saber si eso está bien o no. El doctor K es muy criterioso, y le pregunta a la enviciada si además de estar colgada con las hormonas tiene una vida, ya sea una facultad, un trabajo, actividad social, etc.

Ese día en especial me pasó que dejé escuchar por la mitad de la consulta y empecé a sentirme incómoda, mientra la oyente describía con lujo de detalles las intimidades y prácticas sexuales que tiene con su pareja mujer. Y mientras lo contaba trataba de imaginar qué le pasaría a mi hijo que estaba sentado en el asiento de al lado. ¿Qué pensará? ¿Estará escuchando? ¿Le gustará oír esto? ¿Lo calentará? ¿O definitivamente estará en otra mirando por la ventanilla? ¿Tendré que cambiar de dial o quedará muy evidente que lo hice porque estaban hablando de un tema escabroso? Lo único que tengo claro es que no me molesta que escuchen hablar de esos temas; el problema es que no me banco del todo que lo hagan cuando están conmigo porque me empieza a dar cosita.

Algo parecido me pasó un sábado estábamos mirando una película de unos surfistas lindos y lindas estilo Baywatch que intentaban recuperar un tesoro de un galeón hundido. Y entre búsqueda y búsqueda se metían entre las palmeras y daban vía libre a las lujurias del verano. Y otra vez me dio esa mezcla de turbación y vergüenza de tener que poner cara de póker mientras miraba soft porno con mis hijos un mediodía en el sillón del living.

Gran dicotomía, entre parecer del cenozoico, ser una madre moderna, hacer lo que hay que hacer y no provocar a Freud y a sus principios. No es normal ver escenas de sexo por la tele con los hijos y tampoco es normal que las pasen a las doce del mediodía por un canal de cable de los comunes, ni Venus, ni Playboy. Tampoco es normal que una trastornada cuente por la radio sus intimidades sexuales abiertamente a medio Buenos Aires en el horario del pool. Y no es que quiera censurar, no es ese el tema. Lo que me preocupa es que no sé qué actitud tomar cuando estoy con mis hijos porque me siento incómoda, y hago como que no pasa nada. Desde afuera todo controlado, todo civilizado, todo joya, man. Pero por adentro quisiera con toda la fuerza que venga la propaganda… Me falta evolucionar, parece. Estoy como mi abuela, o la abuela de mi abuela. Caracho.


La otra media


Empecemos por aquí: no me gusta el verano. Nunca me gustó, y no lo digo ahora que nos estamos derritiendo con estos días insoportables, también lo puedo repetir en pleno julio con dos bajo cero. Con el frío me puedo abrigar o quedar adentro. Con el calor no me dan ganas de nada, y no puedo estar todo el día encerrada con el aire acondicionado o chapoteando en el agua. Es verdad que hay noches agradables en las que es lindo caminar y tomar helado, pero para tener dos o tres de esas hay veinte cuyos días las chicharras, ya desde las diez de la mañana, te auguran un suplicio para el resto de la jornada. Las chicharras y un relato de fútbol de domingo por radio son lo más parecido que conozco a un pasaje al suicidio. Y además de ser verano, me tengo que soportar a mí misma y no lo logro. Me siento como “la otra media”.

¿Pero qué es la otra media? Basta con recordar cualquier propaganda de jabón para lavar la ropa en la que hagan la “Prueba de la blancura”. Una vez que abren la tapa de los lavarropas y sacan las dos medias, las estiran prolijamente sobre la mesa y la que tuvo la suerte de estar tratada con el producto estrella en promoción, se verá nívea, lisita, perfecta y resplandeciente. La otra será una especie de tubo grisáceo, deforme y arrugado, increíblemente idéntico a mi estado de ánimo ¡y todo por no haber utilizado ESE jabón! Por eso no pasó la prueba de la blancura. Ni yo.

Me rechifla el verano, pero también me rechifla que algunas veces los hijos, todos los hijos, algunos hijos o tal vez sólo los míos…se vayan de vacaciones dos semanas y ni se ocupen de mandar un mísero mensaje que diga “Hola vieja”. Yo sé que históricamente las sensaciones se repiten y a la edad de ellos también me recontrapudría hablar con mis viejos. Pero lo hacía, cumplía con el ritual de contestar lo que me preguntaban, y entre monosílabos y gruñidos más o menos se ponían al día de cómo andaba. Ahora ni eso, y seguramente debe ser mi culpa por no haber exigido que me llamaran.

¿Pero es realmente necesario exigirles eso? ¿No debería yo haberlos criado de tal modo que se generara esa necesidad de ellos de saber sobre de mí? ¿Cómo es que no nace en ellos ese gesto amoroso - como dirían mi amiga counselor - en el que se acuerdan y se preocupan por mí? Ni siquiera pedidos habituales como “Vieja, si pasa Brenda dale el buzo de Mickey que es de una amiga de Martu” o “Vieja, llevame a arreglar las sandalias de las piedritas que se les salió una tira”. Ni siquiera.

El resto del tiempo estoy acá leyendo en stereo con mi hijo menor que no pudo ir a esta parte de las vacaciones porque tienen muuuuucho que estudiar. Y pasamos largos ratos leyendo Ricardo III  y comentando entre bostezos los distintos capítulos. Más el calor, más la opresión rara que siento cuando sólo somos dos a la mesa, ya que los otros dos “extraños” están borrados del universo sin dar señales.

Y bueno, llamalos vos, me diría una amiga. Y si, bueno, no los llamo pero les escribo, pero si no fuera por eso no tendríamos ningún contacto. Y sigue el calor. Pero me arreglo con poco: me compré una botella de piña colada, que me encanta tomar con hielo molido. No digo que voy a vivir borracha para olvidar, pero si tomo un par de vasitos a la semana, ya que el brebaje tiene una apariencia medio lechosa, sin duda voy a poder superar… ¡la prueba de la blancura!

Ultimo momento: después de haber mandado un mail enojado a los chicos reclamando atención, me llegó éste:

Beatriz por si no te diste cuenta te mande 3 mails para contarte como estabamos, dos cuando estuvimos en XXXX y otro cuando llegamos a XXX…. De los cuales no me contestaste ninguno. Asi que en vez de decir huevadas porque no te fijas mejor en tu mail. Saludos enojados
Enviado desde mi BlackBerry® de Claro Argentina


Me llaman “Beatriz” para darme rabia. Odio llamarme Gabriela Beatriz, y ellos lo saben. Como sea, ahora me siento feliz, y hasta creo que hay un vientito re lindo que me refresca la casa, el cuerpo ¡el corazón! Cómo los quiero a estos tarados…

¿Te hago té?


La situación no era de las mejores: estaba en medio de una bronquitis. Tenía tos y la garganta cerrada y rasposa. Además me dolía la espalda y los ojos me picaban. Mi humor dejaba bastante que desear y el señor que me corteja había venido a acompañarme y pasar la tarde. Pusimos una película de esas románticas que a mí me gustan, fáciles de ver ya que todo es lindo y transcurre aceitadito y sin problemas. Tuvimos que parar la peli tres o cuatro veces para que yo tosiera, me quejara, protestara, etc. pero cuando terminó ya me sentía mejor y con el alma contenta porque la chica se quedaba con el muchacho. Me levanté para ir al baño y de paso le dije:

- ¿Te hago té?

El me puso una mirada comprensiva y me dijo:

- No ME AGOTASTE, estás enferma y hay que tenerte paciencia.

Me hizo reír. Nunca se me hubiera ocurrido preguntar si lo había agotado con mis toses, protestas, carrasperas y mocos. Después de todo, cuando una se enferma tienen que cuidarnos y tenernos paciencia. Ahora cuando ya nos sanamos y todo vuelve a la normalidad, muchas veces seguimos siendo agotadoras, aunque esta vez sin la inmunidad de los enfermos.

Estamos curadas, pero somos agotadoras cuando…

- él está tranquilo mirando la tele o divagando, pero nos parece que tiene cara de traste. Y le empezamos a preguntar si le pasa algo, si va a estar así toda la noche, que no sabemos para qué lo esperamos todo el día para encontrarnos con esa momia. Finalmente logramos darle una razón de ser a esa cara de traste, y el flaco que hasta entonces estaba pensando en los pajaritos y divagando vaya a saber qué, ¡ahora está enojado y tiene las tarlipes llenas porque lo volvimos loco con el interrogatorio!

- nosotras estamos caracúlicas durante toda la cena. Cuando él nos pregunta algo le contestamos con monosílabos. A los quince minutos explotamos y le recordamos que estábamos peleados, porque el martes de la semana anterior él nos había contestado mal delante de su madre. No sé cómo hacen para tener esa memoria tan frágil, una pelea de hace una semana, sigue siendo motivo de hostilidad. ¡Esas cosas no se olvidan!

- él llega de trabajar y nosotras lo estamos esperando con el Noticiero Doméstico. El tiene hambre, ganas de desensillar y quedarse un rato tranquilo, cambiarse y entrar despacito en la comodidad de su casa. La Reporter de la Noche le cuenta el parte a toda velocidad: lo que pasó con los chicos en el colegio, la pelea que tuvo con la vecina, el problema con el pago de la boleta del gas y la taradez que se mandó la mucama mientras planchaba las camisas. A él le zumban los oídos y tiene ganas de meter la cabeza debajo de la almohada

- se acerca nuestro cumpleaños o el día de la madre y nos manda a los chicos para averiguar qué queremos. Nosotras empezamos con el “no sé / que sea sorpresa / lo que a ustedes les parezca / algo que les guste, etc.”. Cuando aparecen con la bolsa decimos “qué lindo”…y al día siguiente lo vamos a cambiar. Encima nos enojamos porque era un talle más grande y nos trataron de gorda.

- salimos a comer con dos parejas amigas, todos nos reímos y charlamos amigablemente y cuando volvemos en el auto empezamos a descuartizar minuciosamente a todos. El dice que no le gusta hablar de los demás, que dejemos que cada uno sea como quiere o como puede. Nosotras le damos a la matraca de nuevo durante todo el camino de regreso, pero organizamos una cena con la misma gente para el fin de semana.

Por todas estas cosas, a veces ellos merecen que les hagamos un té. De tilo.



Celestina viperina


Hace un tiempito, un divorciado conocido me pidió que le presentara a una amiga, ya que andaba buscando compañera con derecho a roce. Hoy está lleno de conocidas sin pareja que estaría bueno poder "colocar", así que acepté enseguida. “Yo te voy a hacer de Celestina”, le prometí. Y después de haber analizado el caso en profundidad, sopesar sesudamente defectos, virtudes, similitudes, aptitudes, latitudes y altitudes, arreglamos una salida en grupo. La cosa anduvo aceitada por un tiempito, y luego sobrevino la ruptura, el desencanto, y todo ese rollo de las separaciones.

El personaje de La Celestina es el estereotipo del que te consigue pareja, pero, ¿se acuerdan bien de esa historia que nos hicieron leer en el secundario? La portada del libro tenía un grabado de la protagonista, una vieja bastante fulera vestida de negro, y el texto era complicado y aburrido. Sin embargo, tal como está hoy en la Wikipedia, parece mucho más jugoso y lleno de condimentos interesantes. Pero de todo eso no se hablaba en aquella época, primero porque éramos chicos, segundo porque mi colegio no era para nada progre, y tercero, porque estábamos en pleno proceso militar y controlaban mucho los contenidos pedagógicos.

La historia se situaba en la época de los Reyes Católicos, por allá por el siglo XV, y contaba las desventuras del joven Calixto. Como pasa siempre, el pobre se había enamorado de la bella Melibea, que por supuesto no le daba ni la hora. (Es evidente que los argumentos son siempre los mismos, ya sea en el Medioevo o en la quinta temporada de Casi Ángeles). Como sea, alguien aconsejó al joven despechado que buscara ayuda en lo de la Celestina.

¿Quién y cómo era esta famosa Celestina? Hoy lo tomamos como sinónimo de una buena viejecita casamentera. ¡Error! Era una bruja de lo peor. Había sido prostituta en sus años mozos y ya de vieja se hacía pasar por vendedora de cremas, hierbas y adornos diversos para entrar en las casas, una especie de agente de Mary Kay de nuestros días. Ese era su modus operandi para fisgonear, hacer gancho o concertar citas de amantes. Como changuita extra, también regenteaba un prostíbulo con varias pupilas. La cosa es que luego de un hechizo y un conjuro a Platón, se chamuyó a Melibea y logró que se enamorara de Calixto, el joven despechado.

Historias aparte, ¿cuántas veces quisiéramos ponernos en el papel de “Celestinas” para hacerle el favor a nuestra prima separada con el cuñado viudo de una de tus amigas? Pero la cosa no es tan fácil, ya que no se trata solamente de arreglar una salida en grupo y de paso, presentar a los sueltos. Muchas veces intentamos hacer un estudio previo de la psicología de cada personaje, una suerte de Test Match casero para ver si son compatibles, y si de esa unión podrá surgir algo medianamente aceptable o duradero.

En ese trucho test que hacemos los que no entendemos un pepino de esas cosas, deducimos que si ella es una maniática del orden y él tiene el auto lleno cosas como si fuera un viajante de comercio, la cosa no va. Si él tiene fobia a los chicos y ella tiene como para formar su propio equipo de fútbol, tampoco. Si él es un intelectual que vive con el librito bajo el brazo, y ella sólo lee el prospecto de la crema antiage, no pinta bien.

Nos disfrazamos de especialistas truchos para tratar de entender la psiquis de el o de ella para pronosticar si se van a gustar. Si el es un pirado de aquellos, tal vez ella con su master de neuropsiquiatría logre contenerlo. O si el es un autoritario insoportable, tal vez se lleve bien con ella, que es sexto dan de Tae Kwon Do. Ella es una chica verde que ama las planta, y él también está verde, aunque de tanta biblioteca y sólo ver la luz del sol en una foto del monitor. Algunas parejas no se aguantan cuando están juntos, pero cuando están lejos uno del otro se extrañan. Es que no tienen con quien pelear y eso les provoca un vacío insoportable.

Y ya que congeniar es tan difícil, alguna vez me sentí culpable de haber sido Celestina. Y me pregunto si hice bien. El periodo que duró la relación inducida, ¿los hizo felices? ¿O hubiera sido mejor decirle a aquél divorciado “no conozco a nadie para presentarte”?

Definitivamente, no es bueno que el hombre este solo, tampoco la mujer. Y doy fe de que mientras duró, los vi bien, contentos y risueños. Por eso cuando me pidan, yo hago de nuevo de Celestina en versión Disney, sin burdeles ni conjuros. Y que después se arreglen entre ellos, que ya somos gente grande. ¡Platón o Cupido seguro los van a ayudar!

Huevadas


Ya estamos en Semana Santa, y por suerte, ¡qué distinta es a las de antes!
Cuando éramos chicos, pasar jueves y viernes en casa era muy aburrido: en la radio sólo pasaban música sacra, como decían las abuelas, lúgubre, trágica, sin canciones ni locutores. En la tele, sólo daban películas alegóricas, como Rey de reyes, Ben-Hur, Barrabás o Cleopatra. Todos los años las mismas películas, durante esos días interminables, y en los escuetos cuatro canales, cinco con suerte si lograbas sintonizar canal 2. El clima en el ambiente era de una triste melancolía, como cuando volvés del entierro de un ser querido.

A la hora de almorzar, el menú era espeluznante para nosotros los chicos, a los que no nos gustaban esas empanadas de atún con sus bordes de hojaldre extra large. Lo peor era el infaltable bacalao, que se compraba seco en el mercado: un cartón romboidal con olor nauseabundo, que cocinaban con garbanzos, papas y salsa de tomate. La casa apestaba y los platos soperos circulaban con ese potaje que de solo verlo te revolvìa las tripas. Por suerte siempre llegaba alguna tarta de verdura o ravioles con manteca, que nos permitìan comer sin pecar.

El domingo era un almuerzo de fiesta, y lo mejor era recolectar los huevos de chocolate que nos regalaban los familiares. Mi abuela Angélica hacía la cola durante la semana, para comprarme uno grandote en Córcega, una bombonería clásica del centro. El huevo venía en una caja dorada, sobre un nido de paja lleno de plumitas rosadas y celestes. Yo estaba encantada de tener algo tan delicado, y hasta me daba lástima profanarlo con un puñetazo para partirlo en dos. Una vez abierto, el tesoro quedaba a la vista: un anillo o una pulserita, y confites de colores de los ricos. Mi otra abuela prefería regalarnos plata para que nos compráramos algo lindo.

Otras ricuras que recibíamos eran los huevos y conejos de Bonafide, hechos de un chocolate muy preciado. También nos llegaban esos grandotes clásicos de panadería, en los que el chocolate no era tan rico, ya que al masticarlo te dejaba en la boca un sabor grasoso. Traían una decoración que cercenábamos minuciosamente con las uñas para no comerla. Resulta gracioso imaginar a un maestro panadero munido de una manga, dando rienda suelta a su veta artìstica y dibujando cisnes barrocos, entre flores, firuletes y ondas de azùcar.

Ahora hay una oferta variadìsima, pero en casa los preferidos siempre fueron los conejos de chocolate blanco. Aunque no tengan cacao, anque sean pura grasa, ¡les gusta! Cuando eran más crédulos, me encantaba esconder los chocolates en el jardìn para que los buscaran, ya que el conejo habìa pasado màs temprano a dejarles huevos y gallinitas para buscar entre las plantas. La vedette era el Kinder gigante, que traìa un una gran càpsula con el clàsico juguete para armar. Era increíble que adentro de algo tan reducido pudiera caber lo que màs tarde se convertìa en un velero, un auto o un avioncito del tamaño de un melòn. Esa semana habìa tanto chocolate en casa que no sabía què hacerle; un año mi papá trajo uno que seguro era de gliptodonte, de casi un metro de alto, y una gran parte terminò cortado en pedacitos adentro de media docena de budines.

En estos días, las góndolas de Pascua te marean con tan diversa oferta de formas de chocolate con grandes envoltorios de papel metalizado. Más papel que contenido, con chocolate finito y montado encima de una tacita de plàstico para que parezca màs alto. Una caricatura de los tiempos modernos, con mucha espuma y poca sustancia. Hay huevos de Boca, de River, de Racing, ¡y tambièn de Barbie! Hasta hay unos para perros, hechos con una masa marrón, con olor a chocolate, pero con gusto a carne. Tambièn traen flores y cintitas de colores como los "humanos", pero nada de cacao, ya que el estómago de los perros no puede digerir el chocolate. No faltarà alguna señora gorda que le compre el huevito a su mascota, En vez de anillos o pulseras, seguro que en su interior traen una chapita con forma de hueso con el nombre (del amo): Ridículo.

Derecho a roce


Hoy los noticieros nos cuentan sobre un proyecto de ley para que existan vagones de subte exclusivos para mujeres y niños, con la idea de evitar lo que llamaron “situaciones de roce”. Si algo tienen de bueno estos tiempos es que ahora se habla de todo: los roces existieron desde siempre, sólo que nadie se atrevía a tratar el tema en un medio de comunicación. Hasta ahora.


Ya durante nuestra adolescencia, cuando íbamos al colegio en el bondi, empezamos a padecer nuestros primeros roces. Si nos tocaba el asiento del lado del pasillo, no era infrecuente sentir unos pantalones masculinos demasiado apretados contra nuestro hombro. Y el colectivo no iba tan lleno y apiñado como para justificar tanta confraternidad.


La juventud tiene también su cuota de inocencia o incertidumbre, y cuando te pasaba sabías que la situación no era normal, pero dudabas de que fuera realmente lo que te parecía. Sin embargo, no te animabas a reaccionar, y mientras tanto por adentro la vocecita te taladraba como el pájaro carpintero. ¿Por qué se apoya tanto en mi hombro este tipo? ¿Por qué me frota? ¿Me parece a mí o está demasiado cerca? Y cuando concluíamos que en efecto, era un degenerado que nos estaba acosando, ¿cómo vencer la enorme vergüenza como para decirle algo? Para peor, estos muchachos son insistentes, y a esa altura acalorada del partido, si te movías en el asiento se retiraba hacia atrás, pero en el primer sacudón del colectivo aprovechaban y volvían con la matraca. Por suerte los viajes al colegio eran cortos, y enseguida nos llegaba el momento de bajarnos y hacer un frotis interruptus. Cuando sos más grande ya te animás a pararle el carro un poco más. Parar que se le pare.  


Otro individuo deplorable de la fauna del transporte público es el toquetón, que aprovecha la muchedumbre para palpar la mercadería sin permiso ni tapujos. Son odiosos, y no se puede creer que un tipo pueda ser tan atrevido. Por suerte, esta pesadilla habrá llegado a su fin con los nuevos "vagones preservativos".



Pero el problema acá son los silogismos, y si
a. Todos los hombres son mortales
b. Sócrates es un hombre
c. Sócrates es mortal.

podrìamos deducir que:


a. En el vagón para mujeres y niños se eliminan las situaciones de roce
b. En el vagón común existen las situaciones de roce
c. Las mujeres que vayan al vagón común tendrán situaciones de roce

Por todo esto, cualquiera puede argumentar que si una señorita viaja en el vagón común, es porque quiere que le toquen el traste ya que de otro modo, ¡elegiría viajar en el vagón especial!

Estamos ante un problema, y todo por querer regular hasta el aire que se respira. Más adelante debería haber vagones para los que no quieren respirar malos olores ajenos. También para los que no quieren que les estornuden gérmenes extraños encima, y otros a prueba de vendedores ambulantes o pasajeros que te miran feo y te dan miedo. Así tendremos subtes larguísimos, pero sin duda estaremos a salvo de todo tipo de amenazas.

Enamorados manipulados


El sábado estuve en Sótano Beat con un grupo de amigos. La idea era festejar San Valentín, que empezaba a las doce. Ya sé eso de que es comercial, bla, bla, bla, pero esas fechas son también una buena excusa para juntarse a festejar, ya sea el día de los enamorados, el día del amigo o el día del asado.  Que existe. (Nº de Expediente 7251-D-2006 Trámite Parlamentario 187 Sumario: INSTITUIR COMO DIA NACIONAL DE LA PARRILLA AL PRIMER DOMINGO DEL MES DE OCTUBRE DE CADA AÑO. Firmantes WEST, MARIANO FEDERICO. Artículo 1°.- Institúyase el primer Domingo de Octubre de cada año como "Día Nacional de la Parrilla", a fin de promover el reconocimiento permanente de nuestra tradición asadora).

Pero el tema era otro: el festejo del sábado consistió en cena, show y DJ. El espectáculo fue de 4 BeatleBand, una banda tributo muy buena. En realidad a mí los Beatles me cansaron un poco: soy hija única, no tuve hermanos con quien jugar o pelear. La tele empezaba después de las 11 y había pocos programas para chicos. Entonces me pasaba el día escuchando el álbum rojo y el azul, y conozco las canciones para arriba y para abajo, porque gasté los discos de tantas veces que los escuché. Necesito un largo descanso beat, pero de verdad que estos chicos eran buenos.

Todo marchaba OK. el sábado; el problema empezó cuando a algunos de otras mesas se le ocurrió ponerse a bailar en medio del concierto. Un señor de mi mesa se rebeló, y dijo, amenazando con el dedito fuck you que ni loco pensaba ir a bailar con esos imberbes de la edad de su hija. Todo para que después digan “ay, mirà cómo hicimos bailar a los viejitos”. (Igual después lo hizo, cuando el DJ empezó con su retro-selección de Sabú, Leonardo Fabio y Juan Marcelo).

La noche en Sótano Beat fue un éxito, y la gente tenía la mejor onda. Bailaban lo que les ponían, desde un chamamé - que salticaban agarrando a la compañera con la manito para atrás – hasta una zamba cantada por la Sole, y revoleaban la servilleta a modo de poncho. Creo que si después ponían “El lago de los cisnes”, empezaban nomás a hacer el pas de quatre, ya que la gente estaba divertida y totalmente compenetrada con cada ritmo.

Por un momento me molestó sentirme un poco manipulada. Un DJ avezado sabe con qué temas levantar la fiesta, cuándo la gente hace los pasitos, baila un simil flamenco o hace pogo. Es casi seguro que todos hacemos las mismas payasadas cada sábado, cuando empieza Salta pequeña langosta. Y de pronto sentí cierto recelo de ser obvia, y bailar el flamenco del toro enamorado de la luna aplaudiendo como supongo que jamás hará una bailaora de las de verdad.

Pará, parà, parà - me dijo mi otro yo de psicoanalista - dejate de joder con eso. ¿Cuál es el problema de seguir la corriente? Es mil veces mejor bailar y divertirse que estar pensando noquierosercomounavacaquellevandelanariz.

Definitivamente, es mucho más divertido ser obvio y previsible, saltar, cantar como Madonna, bailar como Michael Jackson, revolear las manos con el no culpes a la playa de Luis Miguel y hacer el pasito del Club Med. Así que fui obvia y previsible, y me dejé manipular mansamente. Por suerte me divertí mucho, y el señor del dedito fuck you también. Es que para momia, ¡tenemos toda la eternidad!
Otra cosa: la de la foto soy yo con mi tío Oscar. El modelito se ve muy retro ¿no? La campera era de "piel de mono", una cosa muy rara que me habìan traìdo de un viaje. Color verde petróleo, no era de un mono de verdad, tal vez uno de peluche.

¡Llame Ya!


Algunas veces, queremos usar para una reuniòn ese vestidito que nos queda divino. Ese que exige que de perfil, sì o sì, sólo nos veamos con dos ondulaciones: la de las lolas y la de la cola. Stop. Prohibido que sobresalgan protuberancias a la altura del ombligo y mucho menos, alrededor de la cintura.

Por suerte, el mercado tiene soluciones para todo, como esas milagrosas medias modeladoras push up y slim fit que todas usamos alguna vez. En criollo, son un combo de pantys con faja, que traen una bandas oblicuas que te levantan el traste, un tejido resistente a los lados que te aplasta el llamado “pantalón de montar”, y un sistema de malla compacta que te comprime la panza. Tal como hacía Ultra Sónico, que con sólo apretar un botòn, salía vestida, peinada y maquillada, ahora nosotras, gracias a la push-up-slim-fit podemos lucir como la guacha de Ingrid Grudke, aunque no tan rubias.

Ahora viene el bajón: la push-up-slim-fit serà maravillosa, ¡pero no es David Copperfield! Y lo que aplasta, comprime y levanta por un lado, no desaparece sino que, invariablemente, sale por otra parte. Y asì, a la altura de la cintura, por arriba de la milagrosa push-up-slim-fit, asoman indeseables que vienen de por allà abajo, y que no tienen porquè estar ahí, donde habitualmente sòlo hay piel y costillas.

Por suerte, los Llame YA nos traen la soluciòn con su sensacional Super Extra Confort fit’n lift. Con ella, no sólo tenemos los contornos de un maniquì, sino que los excesos ya no van a desbordar por encima de la cintura, porque ahì, ¡està la faja que contiene todo! Bueno, pero, ¿dónde termina la faja? Sube, sube y se pierde, tanto que te llega desde el corpiño hasta la rodilla, y es tan modeladora que tus amigas no te reconocen cuando llegàs a la fiesta.

En las anuncios del Llame Ya, hay testimonios, donde felices señoras curvilìneas describen las virtudes de este engendro de nombre impronunciable. Una de las caracterìsticas de los productos de venta telefónica es que son complicados para nosotros, los hispanoparlantes. Imaginen a Mirta de Villa Crespo pidiendo el Power Hair Comb a la operadora, el Super Sweat’n Clean o tal vez el Ultra Cardio Twister. Otra guachada son las fotos: un premio para quien me sepa decir para qué necesita la faja la señorita que ilustra esta entrada. ¡Para que la odiemos!

Pero una vez superada la barrera idiomática, y ya con la Super Extra Confort fit-n lift en casa, la feliz poseedora podrá ir a la fiesta con el vestidito soñado, ya que pasará de la talla 12 a la 4 en cuestiòn de segundos. También se sentirá tiesa como si estuviera embalsamada, y va a transpirar hasta perder 5 kilos (que tambièn quita centímetros hasta que se decida a tomar algún líquido, pero no viene mal). No va a poder probar un solo bocado, y verá pasar el finger food sin inmutarse, ya que la compresión es tal que se corre peligro de que el bocadito se le quede trabado en la laringe.

La vuelta a casa es otro problema. A la hora de despojarse del engendro, a esta altura estará un poco enroscado y adherido a la piel pegoteada por la transpiracion. Si una está sola, cuenta con toda la noche para forcejear. Pero no hay problema: a la larga, sale. Pero si nos están esperando en la cama, habrá que hacer de tripas corazón, ignorar la autoestima y rogarle al marido/novio/amante que tironee para ayudar a sacarnos el disfraz de momia. Y entonces sí, bienvenidos los desniveles naturales de nuestro cuerpo. A ponernos el camisolín, para cantar a viva voz las líneas de nuestro Himno Nacional, ¡Libertad, libertad, libertad!

Leyes de tránsito


Escribo esto desde Ushuaia, mientras miro nevar desde la ventana. ¡Qué lindo es tomarse unos días de vacaciones! Me gusta llegar y ocupar los placares y cajones vacíos, o disponer todo el arsenal de cosmética y perfumería en los estantes del baño.

Estamos con un grupo de amigos, lo que hace que todo sea bullicioso y divertido. Las cenas son dignas del canal Gourmet: panes tibios (muchos) untados con pastitas sutiles y gustosas. Vinos requete ricos (muchos) que te impiden rechazar el refill de la copa. Entrada, plato, postre, café, masitas (muchas). A todo decimos que sí, para volver rodando hacia el hotel, con la panza llena y el corazón contento. Y así durante un par de noches. Todo fantástico, ¡qué geniales que son las vacaciones! (¿ya lo dije, no?).

Pero ellos, los hombres, cada mañana parten con su libro, revista o diario, a reflexionar mientras alivianan sus tripas, su organismo, su conciencia. ¿Nosotras? Miramos la tele y hojeamos la revistita, esperando inútilmente el llamado de la naturaleza. Lamentando una y mil veces haber ordenado esos fettuccini a los cuatro quesos. Es que los hombres no extrañan ni su cama, ni su almohada ni su baño. Para nosotras, en cambio, la geografìa incide directamente sobre nuestras hábitos más íntimos. Y ese lugar que nos es tan ajeno, no propicia para nada la liberación de la mente, entre otras cosas.

Después de todo un día de ski o excursiones, ¡otra vez tenemos hambre! Y el programa es ir a aquel restaurante de los mariscos imperdibles. Pero hoy elegimos de la panera los bollitos integrales, por eso de la fibra. ¿La pastita para untar tiene queso? Pasamos. ¿El vino estriñe? Por las dudas, agua mineral.

El mozo recomienda el risotto di mare, especialidad de la casa. Todos al unísono dicen "yo quiero eso". Nosotras reaccionamos como si estuvieran hablando del hijo de Bin Laden y Yiya Murano. Y elegimos el salmón grillé con vegetales ídem: mucha fibra. De postre, ensalada de frutas: más fibra. Y así rumbeamos a dormir, casi deslizándonos por la calle con suavidad, con la conciencia tranquila y el interior fibroso. Los demás van pesadamente calle abajo, contentos y ensayando cantitos de cancha.

Las noches se suceden más o menos parecidas, aunque variando el menú: hoy cordero, mañana merluza negra, pasado cazuela de centolla. Más los panes, los vinos, las masitas. Pero nosotras, ¡meta fibra! Tanto que ya estamos a punto de engullirnos los individuales de bambú, a ver si ayuda.

Y llega el momento feliz en que el cosmos resuelve favorecer a nuestros intestinos. El tránsito lento, hasta hoy paralizado por una serie de piquetes gastronómicos, decide comenzar a circular. Al cuarto día de “Atrapados, sin salida”, algo pasa. ¡Aleluya, hemos derrotado al enemigo!

Pero ¿es que en estos días habremos mutado en cabras? ¿En "eso" se convirtió todo lo que comimos? Y bueno, peor es nada. Y con gran satisfacción y calma espiritual (e intestinal), volvemos a pensar en los pancitos de la otra cuadra. Eso de la levedad del ser, es sin duda algo muy bueno; Kundera no entendía nada sobre leyes de tránsito.

Diseños del enemigo


Decididamente, hay algunos objetos diseñados para complicarnos la vida. Los sachets de ketchup y mayonesa de los locales de hamburguesas, por ejemplo. ¿Cuántas veces tratamos de tirar del plastiquito dentado sin éxito? Se supone que donde dice "Abra aquí" tiene un troquelado, una línea de puntos o alguna parte vulnerable que nos permita rasgar el sachet. Pero no: los muy condenados redoblan su esfuerzo y toman la consistencia del caucho más resistente y elástico. Invariablemente optamos por sostenerlo entre los dientes y dar un tiròn. Mi odontólogo no está del todo conforme, ya que alguna vez fui al consultorio con el pedacito de diente roto. Ese día me preguntó si yo sabía lo que era un cuchillo, una tijera o un cutter. La verdad es que desde entonces ando con la Victorinox en la cartera, por las dudas.En algunos restaurantes, vi que ponían una tijerita de plástico ¡geniossssss!

Los sachets son un invento de los seres maléficos. Al igual que con la mayonesa, el champú y la crema enjuague, son imposibles de abrir en la ducha. Esta vez el vapor, el jabón y el apuro empeoran la situación, tanto que a veces, no se puede ni con los dientes porque se patina. Cuando yo era chica, el Sedal venía con una especie de capsulita en la punta que había que retorcer, se abría enseguida, y no había necesidad de entrar a la ducha con armas blancas.

Pero de todos los objetos malignos, los peores son los paquetes de galletitas. Me pregunto para qué dice "Abra aquí", por qué le ponen esa cintita colorada y esa inútil muesca en el borde del papel. Si uno tira de ahí, no pasa nada. Entonces interviene el Tramontina: hay que calcular más o menos a qué altura del envase termina una galletita y empieza la otra, para asestar ahí la puñalada certera y cortar el papel. Más de una vez, el cuchillo fue a parar en medio del relleno de una Melba o Sonrisa, y no entre dos galletitas como intentaba. Para peor, una vez abierto el paquete aparece burlona la cintita colorada como diciendo "ves que estaba acá, tarada".

Hay otros objetos que no son tan malditos pero sí ingratos. El pomo de cemento de contacto, por ejemplo. Si no lo limpiamos bien después de usarlo, al tiempo ya es imposible enroscarle la tapita porque está lleno de pegote alrededor del pico, tan adherido que no se puede despegar, ni cerrar, ni nada. El de “La gotita”, se tapa, se seca y tiene que ir a la basura, a menos que con una aguja y toda la paciencia del mundo tratemos de hacer fluir el pegamento. Dejo para el final el frasco de cola de carpintero, adhesivo de empapelar o similares. Son esos productos que pegan de todo menos plástico. A excepción del plástico de la tapa del envase; ese sí que se pega fantástico al pote. Y queda firme, tanto que más de una vez es imposible abrir y usar el pegamento.

Todos estos son sin duda, objetos diseñados por el enemigo, al solo efecto de complicarnos la vida. ¿Habrá  otros?

Niguiris y gomitas para el pelo


La semana pasada estuve en el barrio chino de Belgrano, en la calle Arribeños. Fui en busca de algunos ingredientes para cocinar, con la idea de que ahì era màs fresco, màs variado y màs barato.

Lo de màs barato, creo que a esta altura es una leyenda urbana. Muchas veces uno tiene la ilusiòn de que porque son chinos, todo lo que venden es casi regalado, y hasta al principio de los tiempos creíamos que como no entendían... no sabían. ¡Craso error!, dirìa Mariano Grondona. ¡Mingaaaaaaa!, dirìa Lita de Làzari. Son màs vivos que vos y yo juntos, y cada vez que la cosa se les pone castaño oscuro te miran desconfiados (que mucho no les cuesta por la forma de sus ojos). Y ahì nomás te dicen: "Nontendo", que en porteño significa no entiendo. Pero cuando la cosa es al revès, y existe una mìnima posibilidad de que quede un centavo a tu favor, ahì pasan a ser eminencias del sistema cambiario mundial, unos sabelotodos de la numismática. Así son estas dos caras de una misma moneda, china y ¿por què no? con agujerito en el medio, de esas que se usan en el Feng-shui.

Asi fue que en mi tour de compras conseguì todo lo que necesitaba, y tengo que reconocer que habìa buen surtido y calidad. Traje todo lo de la lista: algas, ajinomoto, sèsamo blanco y negro, wasabi, salsa de soja, salmòn, harina integral superfina. ¡Y tambièn un abanico, gomitas y hebillas para el pelo, una linterna a dínamo y tres docenas de sahumerios!

¿Què clase de receta combina pescado con gomitas para el pelo? Ninguna, claro està. Pero se apoderò de mì esa manía de entrar en esos negocios que venden chucherìas baratas, y llenè el canastito de artìculos que no necesitaba. ¿Quièn puede reconocer que nunca lo hizo?

Algo por el estilo pasa con las promociones de los mièrcoles en los shoppings. Esos dìas aprovechamos para comprar los regalos de cumpleaños de las amigas, asì podemos elegir algo mejor por un precio màs conveniente. Un ahorro con mejoras. Hasta acà, todo bien. El problema empieza cuando, ya que estamos, nos compramos algo para nosotras. Al diablo con el ahorro y el 15% de descuento.

Otra calamidad son las liquidaciones. Como con el abanico y la linterna, más de una vez volvì a casa con un sweater que ni siquiera me convencìa del todo. ¡Pero estaba tan barato que me daba làstima no aprovechar! Y ahì se quedò, durmiendo para siempre en el estante.

Pese a todo esto, hasta tengo un argumento justifica nuestra conducta. En la prehistoria, mientras el hombre se iba a cazar animales para comer, la mujer se quedaba en la cueva con los hijos y de paso juntaba frutos y semillas. Cada mièrcoles en el shopping, nosotras obedecemos nuestros instintos más ancestrales. Sencillamente, ¡estamos recolectando! Sin lugar a dudas, es una cuestiòn de supervivencia.

Las peripecias de la mesa cuadrada


Hoy mis hijos ya están festejando el día del amigo. Parece que ahora se hace en la víspera, para empezar esa fecha todos juntos, ¡pero la noche del día D se vuelven a juntar! Festejos por todos lados, y es entendible, ya que para ellos los amigos son más importantes que el aire.

Para entender tanto desborde, sólo hay que tener buena memoria y volver a aquellos tiempos en que nuestra madre sólo sabía de cocina, fósiles y tiranosaurios. Hoy los tiranosaurios somos nosotras, que tenemos que hacernos invisibles cuando nuestros hijos están con sus amigos, y curtir perfil bajo cuando osamos aparecer ante ellos…Pero no los critico, y me consuela pensar que ya les tocará mañana, cuando tengan sus propios hijos. ¿Cómo era, la venganza es un plato que se come frío? Ya van a tener su antipasto, ensalada o cualquiera sea lo que elijan del buffet froid que les va a llegar tarde o temprano.

Mañana yo también voy a comer con mis amigas, y ya me estoy imaginando esa reunión de mujeres. En primer lugar, siempre es bueno tratar de conseguir una mesa redonda. Si no la hay, la mesa alargada es un problema, sobre todo si las comensales rondan la docena. Entonces, suele haber situaciones como las que siguen:

A B C D E
(-------- esta es la mesa de amigas
F G H I J

* (A) habla con (G) sobre un tema en particular

* Al mismo tiempo, (B) habla con (F) de otro asunto. Todo esto al unísono, de modo tal que TODAS tienen el zumbido de la conversación de al lado que versa sobre otra cosa. Y para peor, se mezclan un poco las palabras

* Sucede que en algún momento, la conversación entre (A) y (G) se gasta y no da para más, pero por algún motivo se siguen redondeando los mismos conceptos. De pronto (A) escucha que las de la otra punta de la mesa (D, E, I, J) se ríen muchísimo, entonces trata de captar algo de lo que pasa, mientras deja una expresión de “te estoy escuchando” para que (G) no se ofenda y la mande a planchar mondongo. Es como dejar la cara pero irse con la mente y las orejas al lugar de la mesa donde pinta más divertido.

* Las de la punta siguen cacareando y se ríen mucho. Tanto que (B), que estaba enfrascada en su charla, quiere saber de qué se trata y pregunta tomando lo último que logro escuchar ¿Qué pasa con tu suegra? Y ahí le tienen que contar tooooda la historia de nuevo para que entienda lo que pasa con la suegra, o le dicen llanamente “puf, ya contamos todo, después te explicamos”.

Y así sigue la cosa, pero siempre la reunión de amigas es super divertida, aunque no se pueda hablar con todas. En general, hay que agarrarse a las de cerquita ya que ese imposible estar en todos los temas. A veces, hasta parece que la charla es más divertida en la otra punta de la mesa, como cuando en un restaurante el plato que le llevan a otro es más tentador que el que pedimos nosotros. Gataflorismo, así se llama.

De vuelta a casa, sentimos que no cruzamos una sola palabra con I, ni con E, ni con J, ni con D. Pero como las queremos, sigue siendo una fiesta cada vez que salimos todas juntas a celebrar. ¡Feliz dìa a todas mis amigas!

No te puedo ni ver


La semana pasada estuve leyendo el nuevo blog de un amigo que vive lejos, y sus palabras me hicieron llorar. Pero no de emociòn; ¡el muy desgraciado eligiò un diseño de fondo negro con letras blancas! Tratar de descrifrar esas letritas entre tanta oscuridad - sumado al brillo del monitor - me dejò con dolor de cabeza, los ojos brillosos y hasta un leve mareo.

Algo asì me pasò en la peluquerìa, con una revista con ese tètrico diseño de blanco sobre azul noche. Pero ¿què les pasa, diseñadores gráficos? Esas combinaciones son un atentado a la salud de la córnea y el cristalino. Y al amor propio.

Otra misión imposible es la de reconocer los frascos de shampoo y crema enjuague en la ducha. Entre el vapor y las letras diminutas, es difícil diferenciarlos, a menos que una ya haya aprendido cuál es el de tapa blanca y cuál el de tapa azul. Para peor, no podemos bañarnos con lentes, y si lo intentàramos, el vapor harìa que los cristales se empañaran al toque, imposibilitando todo intento de lectura. Entonces, no queda otra que tomar el frasco con desconfianza, mirando en què parte de la etiqueta dice de què producto se trata. Después sólo resta focalizar si la palabra es corta o larga. Así sabremos fácilmente cuál es cuál. Problema solucionado, si es que no nos confundimos, en medio de la niebla, con Industria Argentina o Contenido neto.

De chica me causaba gracia ver a mi abuela tratando de enhebrar la aguja. Le pasaba con el hilo un par de centímetros por encima o por debajo. Cuando se pudrìa y me pedìa ayuda, yo lo hacía en dos segundos. Hoy si no tengo los anteojos a mano, estoy diez minutos jugando a ver si puedo. Y si no andan mis hijos por ahì, tal vez me quede sin coser. Tratè de enseñarle a mi perro, pero me resultò medio animal con estas cosas de la costura. Por eso es que la mayorìa de las veces, coso los botones con la aguja de la lana y chau. Son puntadas de diseño, di-señora que no ve un corno.

Mi otra abuela, que era re coqueta, no salía sin maquillarse. En los últimos tiempos, cuando no veìa bien y el pulso le temblaba un poco, sus ojos parecìan un electrocardiograma, donde el delineador subìa y bajaba sobre el pàrpado en lugar de ser una fina lìnea bordeando las pestañas. Hoy la entiendo tanto...y me pasa.

Por suerte, se inventaron los lentes que permiten levantar uno de los cristales para maquillarse, como esos horribles corpiños para amamantar en los que sacàs una tapita. Y tambièn tenemos los espejos con doble aumento, en los cuales te ves perfecto el ojo. Y las arrugas, las lìneas de expresiòn y las manchas, magnificando las impurezas de la piel como si fuera la superficie de la luna. Son asquerosamente reveladores, aunque ùtiles.

Dicen que los años traen experiencia. Y es verdad: ahora aprendì lo que es dioptrìa, colirio, astigmatismo y miopìa. Y sì, hay que resignarse a usar los lentes màs de una vez. Lo que tienen de bueno, es que las cosas lindas, las vemos más grandes. Eso sì que es genial, ¿o no?

Máscaras de ensalada



En cada cambio de estación las revistas empiezan con los tratamientos shock para revitalizar la piel y prepararla para la nieve/las flores/el sol o la caìda de las hojas de los àrboles, segùn corresponda.

Vimos muchas veces fotos de una preciosa modelo, con un turbante de toalla blanquìsima y esponjosa. Sobre los pàrpados, dos rodajas de pepino, tomate, frutilla o rabanito. ¿Quien no se ha tentado alguna vez, pensando que con sòlo llenarse la cara de vegetales íba a quedar así de linda?

Tal vez con la firme convicción “yo quiero quedar como ella”, hasta hemos preparado concienzudamente las rodajas de pepino para aplicar sobre los ojos cansados, con la ilusiòn de que las vitaminas y los flavonoides nos devuelvan la lozanìa perdida con los años, el stress o el trajinar de la semana.

Así, nos preparamos en un cuarto en semipenumbra, con mùsica New age, ruiditos de agua que corre, pàjaros y viento. En la mano, un bowl con las rodajas frìas de tomate. En la cabeza, el turbante hecho con una toalla verde o rosa. Las blancas y esponjosas son para los hoteles, las peluquerìas y los Spa. En las casas siempre son de colores pastel, a menos que una haya comprado todo net, en medio de un ataque minimalista.

Estamos entonces con los pepinos o los tomates en la punta de los dedos, tanteando a ciegas para embocarlos en los pàrpados cerrados. Menuda tarea: la rodaja es plana, el ojo es convexo y ofrece una pequeña superficie de apoyo. Resultado: el pepino queda bailando sobre el pàrpado, y no puede regalarnos sus propiedades mágicas. Con paciencia, y siempre a ciegas, vamos modelando el vegetal hasta que se amolda a las redondeces de nuestro globo ocular.

¡Horror! Con la presiòn el pepino empieza a largar su juguito que nos cae por el borde del ojo, las orejas, el cuello y finalmente la almohada. Es que nos olvidamos de colocar una toalla para proteger la cama, ¿quién toma tantas precauciones?

Nuevamente hay que sacarse a tientas las rodajas, ahora babosas y tibias, meterlas en el bowl, limpiarnos el juguito, tirar todo al diablo y darnos una ducha para ir a la farmacia a comprar una buena crema hidratante y dejarnos de pavadas. Pepinos, tomates, frutillas, ¡a la ensalada, de donde nunca debian haber salido!

Lugares comunes


Uno de los temas recurrentes en los talleres literarios es escribir claro y sencillo, sin hacerse el Cervantes. Un desborde de vocabulario no es para cualquiera, y puede terminar en una maraña barroca imposible de leer. Otro vicio con el que te machacan para que evites es el de los lugares comunes, como "las làgrimas que rodaban como perlas por sus mejillas" (¡puaj!).Lugares comunes de talleres.


Otro lugar común, casi el que más me fastidia es el de los viajeros arquitectos. Esos que cuentan: "hicimos Florencia, Venecia y Siena, y despuès hicimos Atenas y Estambul". ¿Què te pasa, Clarín? Uno no hace Siena como si se tratara de una torta, ¡ya està hecha y desde hace varios años!

No termino de entender què ciudades califican para ser hechas. Por ejemplo, nunca escuchè que alguien dijera "hice Mar del Plata, Miramar y Sierra de los Padres". ¿Será que el itinerario tiene que empezar en Ezeiza? Es un misterio.

Por el momento, me voy a hacer una torre, pero no de Pisa sino de panqueques. ¡Buenas noches!

Tres no es multitud


Hoy tuve dos invitaciones para ir al cine: una de mi novio y otra de una amiga. Como no me gusta contrariar, les dije a los dos que sì.

Al rato, como soy una ridìcula rollera me puse a pensar què le parecerìa a mi amiga venir con nosotros. E hice un flash back de mi vida, unos años atrás. Mis diàlogos internos eran: ¿pero què tengo que hacer yo con ellos, que son una pareja y yo voy ahì de miércoles, siempre en el medio? ¿Será que me invitan porque les da làstima que estè sola? ¿Y què hago al momento de pagar? Nunca me dejan pagar mi parte y a mì me da vergüenza, parece que ademàs de sacar a la solterona tienen que hacerse cargo de sus gastos..."

Estas y varias otras eran las cosas que pensaba cada vez que alguna pareja de amigos me invitaba a salir con ellos. Un horror. Un día, acuciada por mis meditaciones le preguntè a una de las samaritanas que me sacaban a pasear, còmo se sentìa de salir con mochila (yo). Pacientemente, ella me explicó que despuès de algunos años, dècadas, semestres, lo que sea, de tener una pareja estable, es divertido incorporar a otras personas a las salidas. Que era algo asì como refrescante.

Creo que tenìa razón. Y no porque la salida de a dos sea aburrida, sino porque aporta algo distinto, otro punto de vista, experiencias, etc. Digamos que la ida al cine, de la que hubo y habrà montones, al ser de a tres tiene otra dinàmica y està re bueno.

Espero que mi amiga no sea tan absurda como yo, y que no empiece con las cavilaciones. Ojalà que sea màs simple, y que venga con nosotros al cine, que lo vamos a pasar re bien. Y que no me diga que no va a poder venir porque tiene que comprarle la comida al loro (cuando las dos sabemos muy bien que NO TIENE LORO).

Indicios inequìvocos


Todo empezó cuando decidimos ir al centro en busca de un programa distinto, porque queríamos ver algo de jazz, tango o algo por el estilo. Después de buscar en la web, encontramos una banda llamada Blues Motel, en La Trastienda de la calle Balcarce. Sacamos las entradas por Ticketek y allà nos fuimos, a esperar que se hicieran las 12 de la noche. Era algo tarde para nosotros pero el combo bohemia/sábado/San Telmo merecìan ese sacrificio.

Mientras tanto, fuimos a cenar y sobre la hora llegamos al lugar. En la vereda y en el hall, había chicos de entre 18 y 25 años, con rastas, atuendos dark, peinados raros y piercings. Confieso que mirè la cartelera por las dudas: Blues. "Què raro que no haya gente de nuestra edad", decíamos. Y aunque somos de mente abierta, poco tenemos de progres-transgresores, y empezamos a sentir que algo estaba fuera de lugar. Nosotros.

Finalmente entramos a la sala y vimos que la cosa era de parado. Cuando empezò el show, cinco muchachos disfrazados de modernos arremetieron con un rock estridente onda Callejeros...pero malos. No puedo decir que no nos gustò, la mùsica era pegadiza y alegre, tanto que a la tercer canciòn decidimos ir al  Tortoni, para codearnos con nuestros contemporàneos.

Moraleja: hay que prestarle atenciòn a los indicios. Por ejemplo, si un show es en San Telmo y empieza a medianoche, por màs que se llame Tributo a Matusalèn...¡seguro que no es para nosotros! Despuès que no vengan con eso de no-te-avisè...

La madre de Frankenstein


Finalmente...me engripè. No creo que sea porcina, sólo una gripe común pero suficiente como para sentirme cansada, con fiebre y dolor de huesos, uñas, pelo, piel etc. Los chicos, en casa de vacaciones forzadas.

A mis hijos los adoro, pero tengo que confesar que son tres monstruos. ¿Cómo puede ser que la vean a una despeinada, en pijama a las 4 de la tarde, con los cachetes colorados por la fiebre, ojerosa y cansada y pregunten "Mááá, qué pasa con la comida" como si nada? Lo malo, malìsimo, es que ni se les cruza por la cabeza pensar en que mamà se siente mal o no tiene todas las pilas como para hacerles ravioles caseros justo en ese dìa. Ni que hablar de ofrecerte un tecito, o en un rapto de locura filial...lavar los platos del almuerzo. Ahì yace el cementerio de fuentes, tazas, vasos y jarras esperando que la fiebre nos afloje para calzarnos los Pirelli y empezar a lavar con energìa.

Sé que no soy la ùnica; siempre recuerdo las quejas de una amiga que habìa pasado por el quiròfano (involuntariamente) y esperaba que los hijos le alcanzaran un tè a la cama. A ella le encanta poner la taza de porcelana inglesa con su plato y hasta el mantelito de broderie debajo, la cuchara de plata y la sacarina en una cajita primorosa. Bueno... sin esperar tanto, le llevaban el mug màs horroroso de la cocina, cachado y viejo, sin platito, sin cuchara, sin azùcar, ¡sin amor!

Por eso es que me siento la mamà de Frankenstein, el Hombre Lobo y la Bruja de Hansel y Gretel. ¿Què tipo de monstruos hemos creado, que no son capaces de reparar en nosotras cuando estamos mal?
Recuerdo que a mi mamà, cuando la veìa enferma, le llevaba el desayuno a la cama, le lavaba los platos para tratar de ayudar y esas cosas. Pero hoy...estàn todos muy ocupados mirando sus ombligos y exigiendo màs y màs a cambio de nada. Digo yo... ¿cómo llegamos a parecernos tanto a Neurus? ¿Qué fue lo que hicimos mal?

Volver a la aldea


Esta semana anduve por varias calles de Belgrano, cerca de Barrancas. Pasé por mi colegio, en la calle Federico Lacroze, y descubrì que en esa misma cuadra, una casa divina tipo petit hotel se habìa convertido en un nuevo colegio de nombre tipo nosequè Hills, o nosecuanto Oaks. No sè qué pasa con los colegios de ahora que se llaman todos parecido: basta con agrupar un par de adjetivos y sustativos, y ya tenemos el nombre. San Alguien of the Hills, Oak Hills, Green Hills o Cachamai Hills, la cosa es que sea en inglès, para que parezca prestigiso y bueno.

Pero el tema era otro. Despuès seguì caminando  y vì que el Banco Provincia de Luis Marìa Campos, al que acompañaba a mi papà a hacer tràmites no está más, y el local dice "Se alquila". El Nike de Lacroze tambièn cerrò, al igual que la heladerìa a la que ìbamos al mediodìa antes de entrar a clase. Es triste ver que los lugares a los que ìbamos de chicos ya no existen o son màs feos de lo que nos acordàbamos. Una vez volvì a la casa de mis abuelos, y la vi chiquita y vieja, ¡y zas!, se me borrò ese recuerdo tan lindo que tenìa.

Los viejitos sabios dicen algo asì como "No vuelvas a aquèl lugar en que una vez fuiste feliz". Porque nos puede pasar como con la casa de mi abuela. Una amiga me contò que su marido volviò a un club de golf en Suiza en el que empezò como profesor,y sólo encontró un yuyal y unas casillitas de madera hechas bolsa. Error. Error. Estos viajes al pasado en general nos deparan sorpresas mas bien feìtas.

Está claro que no hay nada mejor que vivir mirando para adelante, y dejar lo pasado en un rinconcito de los recuerdos. Y dejarlos como combustible cuando tenemos alguna nostalgia, y nada màs.


Una caricia en el monitor

  Hace un tiempo terminé de vaciar el departamento de mi papá, y entre las pocas cosas que dejaron mis “hermanastras” encontré una fotito de...

La mesa del fondo